23 de July de 2009 00:00

Los intelectuales…

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Alfredo Negrete T.

¿Quienes son o qué es eso? La única definición conocida, para no recurrir al Diccionario de la Real Academia  Española, es la que dicen, dijo un académico guayaquileño, experto en derecho internacional, pero muy mal canciller: ‘intelectual es aquel que otro intelectual dice que es intelectual’.

No solo se trata de una perogrullada, sino de una extraña manifestación solidaria de un espíritu de cuerpo. Sin embargo, lo que no dice la definición es que los intelectuales que se precian de tales y no dependen de ningún credo deben observar tres principios: la duda permanente, la incredulidad frente a las primeras manifestaciones de los hechos y la distancia crítica frente a cualquier poder que se exprese omnipresente. El tema viene a colación respecto a quienes, ostentando tal acreditación, han decidido una militancia moral a un régimen que para unos es de la primera revolución ciudadana y para otros la de los contratos familiares. Para unos, el gran cambio histórico, para otros los obscuros o brillantes pasillos de Petroecuador.

En este enredado entorno hay que preguntarse qué pasó con algunos o muchos de los intelectuales de izquierda de Quito.  No son todos, pues algunos andan guarnecidos de los malos tiempos; son otros los que han optado por la adhesión a la revolución ciudadana, a que la patria es de todos -supuestamente no en el sentido fascista- y a tantos otros dichos que produce la hermandad de la Secretaría de Comunicación.

Estas manifestaciones que parecen más religiosas que ideológicas se hicieron también en los cafetines parisienses respecto a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Se trata de un proceso que implica adhesión incondicional, despertar aturdido, discrepar y rechazar. Es sistémico como dirían los banqueros, pero así sucedió ante las purgas de Stalin, el desconcierto frente a los acontecimientos de Alemania Oriental en 1953; Poznan en Polonia y la espantosa represión que escenificaron los tanques T-54 en Budapest de 1956. Se excluye la primavera de Praga por cuanto, para ese entonces, siguiendo a Camus, Sartre y a muchos otros y, en nuestras tierras, a Octavio Paz, la vergüenza había recuperado terreno.

Estos vericuetos, probablemente indescifrables,  de la memoria o de la razón obligan a una pregunta cuya respuesta no puede evadirse con los recursos de la anécdota.  Estamos ante un panorama político incierto y volátil, dirigiéndose hacia un escenario de difícil previsión. Si el desenlace lamentablemente no es positivo, serán necesarias las voces más solventes y criticas, incluso los que estarán en el purgatorio por la militancia burocrática de nuestros días. Si la patria lo necesita -aunque no coincidan con la fecha- sería una especial conmemoración del Bicentenario de la Independencia que ahora dudamos si se celebra en La Paz o en Quito.

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