13 de April de 2010 00:00

Es hora…

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Antonio Rodríguez Vicéns

Es necesario no olvidar. El país ha soportado durante más de tres años, con la complacencia ilusa y ciega de amplios sectores ciudadanos y la indiferencia o el miedo de otros, un proceso atropellador que pretende consolidar a largo plazo un proyecto político autoritario, concentrador del poder, retardatario y excluyente, disimulado bajo un lenguaje demagógico, falsamente democrático y popular. La democracia, que debe ser construida diariamente con el esfuerzo de todos, ha sido reducida a un simple electoralismo. La supuesta participación ciudadana, ni consciente ni crítica, manipulada y dirigida, ha degenerado en farsa y vergonzoso engaño.

El silencio, ominoso y cómplice, ha sido la respuesta que los ecuatorianos -con las excepciones que enaltecen- hemos dado a los abusos y la manipulación. Silencio ante las violaciones constitucionales y legales. Silencio ante la degradación y el sometimiento de las instituciones. Silencio ante la paulatina creación de un sistema jurídico tramposo y represivo. Silencio ante los insultos y sarcasmos de las chacotas sabatinas. Silencio ante el crecimiento de la delincuencia. Silencio ante el desmesurado e irresponsable gasto público, la falta de inversión y el ínfimo crecimiento económico. Silencio ante el aumento del desempleo y de la pobreza. Silencio ante la corrupción, la ausencia de fiscalización y la impunidad.

Esta actitud pasiva y temerosa me ha recordado, más allá de las diferencias de tiempo y de lugar, un poema de Bertold Brecht, el gran dramaturgo marxista alemán, sobre el silencio de la mayoría ante los atropellos del poder y la indiferencia ante el dolor ajeno, que contiene una advertencia para todos: “Primero cogieron a los comunistas,/ y yo no dije nada porque no era comunista./ Luego se llevaron a los judíos,/ y yo no dije nada porque yo no era judío./ Luego vinieron por los obreros,/ y yo no dije nada porque no era ni obrero ni sindicalista./ Luego se metieron con los católicos,/ y yo no dije nada porque yo era protestante./ Y cuando finalmente vinieron por mí,/ no quedaba nadie para protestar”.

Es hora entonces de asumir otra actitud. Es hora de comprender que el anhelo de cambiar y mejorar no puede ser reducido a un peligroso revanchismo, la confrontación, el resentimiento y la descalificación ajena. Es hora de comprender que el aumento del poder del Estado será siempre en perjuicio de las libertades individuales. La limitación de las libertades nos afecta a todos. El atropello y el agravio a un ciudadano -a uno solo- es un atropello y un agravio a todos. Es hora de protestar y de actuar. El hombre se dignifica en la lucha. No en la sumisión. “El hombre se realiza, afirma y engrandece -escribió Reinaldo Arenas-, en la medida en que cuestiona y niega; se disminuye, en la medida en que acepta y aplaude”.

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