19 de December de 2010 00:00

‘Culto a la personalidad’

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Rodrigo Borja

Frase acuñada por el congreso del Partido Comunista en 1956 para referirse al gobierno autoritario de Joseph Stalin, a quien se rindió culto semidivino bajo la custodia de la policía secreta NKVD. Durante los 28 años de su dictadura se bautizaron con su nombre ciudades y montañas: Stalingrado, Stalino, Stalinogorsk, Stalinsk, Pico Stalin. Su efigie ubicua formaba parte del paisaje de la URSS y de los países satélites, a pesar de que Marx y Engels aborrecieron el culto a la personalidad por ser contrario a sus principios.

Francisco Franco se hacía llamar “Generalísimo de los Ejércitos”,”Supremo Caudillo del Movimiento”, ”Jefe de la Cruzada” y su efigie aparecía en los timbres postales y las monedas, rodeada de la leyenda: “Caudillo de España por la gracia de Dios”.

Los barrocos títulos del dictador dominicano Rafael Trujillo cayeron en la cursilería: “Generalísimo y Doctor”, “Benefactor de la Patria” y “Padre de la Patria Nueva”. Los esbirros solían referirse a la madre del tirano como la “matrona de vientre privilegiado”. La capital dominicana se llamaba “Ciudad Trujillo” y la calle principal de todas las ciudades llevaba su nombre.

El culto a la personalidad del sanguinario bufón musulmán Idi Amin en Uganda 1971-1979 fue proverbial. Se hacía llevar en andas por esclavos ingleses. Ostentó los títulos de "Mariscal de Campo", "Presidente Vitalicio", "Conquistador del Imperio Británico", "Señor de Todas las Bestias y los Peces del Mar" y otros títulos no menos extravagantes.

Joseph Mobutu, 32 años de ejercicio del poder en Zaire, adoptó como su nombre oficial: Mariscal Mobutu Sese Seko Koko Ngbendu wa za Banga, que significaba “el Todopoderoso Guerrero que gracias a su Resistencia e Inflexible Voluntad de Vencer irá de Conquista en Conquista dejando tras de sí una Estela de Fuego”.

El del déspota iraquí Saddam Hussein —24 años de poder omnímodo— fue otro caso emblemático. Sus retratos formaban parte del paisaje urbano y rural. Los billetes llevaban su efigie. Se autonombró "mariscal". Los súbditos le besaban la mano. Tenía 78 lujosos palacios. Las avenidas estaban adornadas por sus estatuas ecuestres y pedestres. Fue el dictador más rico del mundo: su fortuna se calculaba en 6.000 millones de dólares.

Al caudillo norcoreano Kim Il-Sung, que gobernó por 46 años, se le llamaba “grande y bienamado líder”, “héroe”, “guerrero más grande de todos los tiempos”. En 1986 fue sucedido por su hijo Kim Jong-il, de la dinastía de esa inédita “monarquía comunista”, con quien se prolongó el más abyecto culto a la personalidad y quien acaba de designar a su hijo Kim Jong-un de 25 años para sucederlo.

En el retrógrado régimen político-clerical de Irán —presidido por un exculpador de Hitler en el holocausto— el clérigo chiita Mohammad Taqi Mesbah-Yazdi sostiene que “obedecer al presidente Mahmoud Ahmadinejad es como obedecer a Dios”.

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