20 de mayo de 2018 00:00

Las tentadoras, y peligrosas, parajusticias

Manifestantes impugnan un fallo y exigen justicia en el caso de La Manada. Foto: EFE

Manifestantes impugnan un fallo y exigen justicia en el caso de La Manada. Foto: EFE

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Ivonne Guzmán
para EL COMERCIO (O)

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“Tenemos que hablar”, suelen ser las tres palabras que anteceden a una conversación incómoda. Pues bien: Tenemos que hablar de las ideas de legalidad y de justicia que nos permiten convivir en sociedad. Con lo incómodo, y riesgoso, que pueda resultar es hora de hacernos preguntas sobre esta atmósfera de parajusticia que empieza a materializarse a nombre de distintas causas justas.

“Causa justa”: en estas dos palabras radica la clave. ¿Quién, en sus cabales, puede oponerse a una causa justa? A veces, por increíble que parezca, la propia ley. Como vienen discutiendo durante siglos los doctos en materia legal, hay dos ramas por las cuales la administración de justicia puede decantarse: Positivismo o iusnaturalismo, ley o justicia, reglas o principios.

En casos tan sonados, como el de La Manada, en España, el tribunal se decantó por la ley, las reglas, no por la justicia ni los principios. De haberlo hecho, les hubieran dado 22 años a los cinco hombres que violaron a la chica en los Sanfermines, en lugar de darles solo nueve.

La parajusticia, la que se manifiesta en redes sociales y en la calle, condena la sentencia y la impugna; no por la vía legal, sino ejerciendo presión social y generando opinión pública. La pregunta indignada (porque es imposible tomarlo con otro talante) que se hacen quienes abominan de esa decisión es: ¿por qué los jueces pueden decidir que eso que a todas luces es una violación no es una violación? Puede haber un sinnúmero de razones, desde machismo hasta desconocimiento (que, sin embargo, no exime de la falta) de que es común que -como un mecanismo de autoprotección- una víctima de violación no oponga resistencia para evitarse más daños físicos.

Leila Guerriero, en su columna de El País, explica con precisión lo ocurrido: “Los jueces concluyeron que la chica se quedó demasiado quieta, que no pataleó, ni chilló, ni arañó, ni forcejeó como debe hacer una mujer honesta para defender su honra. Así, después de siglos de barbarie, cuando parecía que habíamos aprendido algo, unos jueces españoles nos arrojaron a la cara El Manual del Buen Comportamiento de la Mujer Violada”.

Sí, la sentencia es un problema, pero no es el único ni el mayor. El problema real es qué se entiende por violación. A eso es a lo que hay que dedicarle energía, para que cambien los conceptos en la sociedad y junto con ellos, las leyes. Hasta hace no mucho el trabajo y la explotación infantil eran legales en varios lugares, igual que el ‘apartheid’ en Sudáfrica o EE.UU. Son las leyes las que tienen que cambiar para enfrentar con más herramientas al horror y las injusticias. Pero, claro, las leyes las cambia la sociedad.

Y si bien la protesta colectiva y multitudinaria no sirvió para cambiar el veredicto, sí sirvió para introducir, en la sociedad y en los sistemas de justicia, nuevas miradas sobre los delitos sexuales. Este viernes 18 de mayo, el mismo diario El País informaba que en España las “mujeres serán finalmente mayoría en el grupo de juristas que asesora al Ministerio de Justicia para la reforma del Código Penal en el capítulo de delitos contra la libertad sexual”.

Las fallas del sistema se corrigen desde adentro, como en España, donde finalmente habrá más mujeres legislando sobre un tipo de violencia que generalmente recae más sobre las mujeres; seguramente lo harán con más empatía y definitivamente con más conocimiento. Y lo harán desde adentro, en el marco legítimo del juego democrático.

Un ejemplo cercano de la necesidad de no claudicar ante las injusticias de la justicia, usando herramientas legales, es la sentencia en contra del hombre que mató a golpes a Vanessa en Ambato, el 2013. Ante un primer fallo que lo libraba de culpa, hubo reclamos, plantones, gritos, pero también hubo acciones legales, y a inicios de mayo, la familia de Vanessa logró que la ley hiciera justicia. No total, por eso apelará.

No es fácil y no es automático cambiar los cimientos de un sistema de justicia, que a veces permite injusticias. Sin embargo, es peor minar por completo su legitimidad. Fuera de un Estado de derecho, los más débiles quedarían en una indefensión mayor.

Ese es uno de los argumentos de la escritora canadiense Margaret Atwood, hoy atacada por ciertos sectores feministas. La sola sugerencia de no coquetear con posibilidades parajudiciales le valió una arremetida feroz; claro que otras feministas también defendieron su voz sensata que pedía no caer en la lógica del linchamiento ni de los tribunales de las brujas de Salem -en los que la acusada ya era culpable por el simple hecho de haber sido acusada-. Atwood advierte que así es como nacen los fascismos: a nombre de causas justas que se pasan por encima de la ley.

Quizá la trampa sea creer que hay que escoger entre la justicia y la ley. ¿Por qué no plantearse tener ambas? Porque cuesta trabajo, porque las vías exprés son tentadoras. En palabras del articulista español Rafael Padilla: “si la ley se evapora, si tu destino pende del ambiente y del criterio de lo justo que tenga quien te juzga, el sistema se desmorona. La presunta superioridad de la justicia alegal y populista descansa sobre un pedestal inicuo: el de la mera e imprevisible arbitrariedad”. Porque algún día la presión puede venir del lado de una causa no tan justa o abominable del todo. Ejemplos sobran.

Estas justicias alegales o parajusticias queriendo hacer bien, muchas veces hacen mal, porque imponen la lógica del chivo expiatorio, según la cual, resuelto el tema específico sobre el que se hace presión se vive la ilusión de la justicia, cuando el sistema que la permite, en realidad, permanece intocado; o la ley del Talión, en cuya espiral solamente se abren espacios para más violencia e injusticia. Con la consiguiente deslegitimación de los sistemas judiciales, que genera climas propicios para el abuso.

No son las escenas multitudinarias y emocionantes sino los tras bastidores de esas escenas, lo que parece sacado de una ficción distópica escrita por la misma Margaret Atwood. Una de esas escenas distópicas bien pudiera describirse en clave de trabalenguas: mujeres haciendo escarnio público a otras mujeres por no pensar ni decir lo que se suponía que deberían decir para defender la causa de las mujeres; lo triste es que ambos lados defienden los derechos de las mujeres, que no son más que derechos humanos, que deben estar amparados por un sistema que sirva a todos y que, también, sea reconocido por todos. De otra forma, no funciona.

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