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Las huellas de la trata son difíciles de borrar

Rosario (nombre protegido) encontró refugio en una fundación en Guayaquil. Su expareja intentó vender a su bebé. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Su viaje estaba por finalizar. Bastaba atravesar una trocha clandestina para empezar una nueva vida en Ecuador; ese sueño quedó atrás, por un tiempo.

La joven madre que había pensado en buscar un empleo y reencontrarse con sus hijas fue secuestrada. Los hombres que custodiaban el paso la condujeron por una tortuosa ruta de prostíbulos camuflados.

En los últimos cinco años, 425 mujeres han vivido la pesadilla de la trata, según el Ministerio de Gobierno.

En su mayoría han sido obligadas al trabajo sexual. Cada historia está registrada en un mapa, aunque las cifras podrían ser más elevadas porque a muchas les cuesta despertar de esta pesadilla.

El enamoramiento, la seducción, el engaño y el uso de la fuerza son los tentáculos que sumergen a las víctimas en este delito. Coralía Sáenz los ha identificado al hablar con las sobrevivientes mientras sanan sus heridas y reconstruyen sus proyectos de vida.

La trata sexual es un problema de género, dice Sáenz, punto focal nacional de Trata de Personas de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en Ecuador. “Las captan a través de redes sociales, con falsos anuncios de trabajo o son secuestradas en pasos fronterizos”.

Entre 2020 y 2021, la OIM de Ecuador ha brindado soporte a 275 personas, en gran parte mujeres, en riesgo de ser víctimas de este delito. El 73% es del extranjero.

La migración, como tal, no es un riesgo, aclara Sáenz. ­Pero el contexto en el que se está migrando, “precarizado por la falta de acceso a servicios y derechos, genera más vulnerabilidad”.

Antes de subir a un bus rumbo a Perú, una joven venezolana de 16 años se armó de valor. Estaba rodeada por sus captores que fingían ser amigos y permaneció en silencio hasta que vio a un agente de la Unidad Contra la Trata. Tras pedir su rescate a gritos fue acogida en el Centro Rosa Vivar Arias, de Machala (El Oro).

Por ese centro han pasado tres víctimas de trata en lo que va del año. La abogada Johanna Rosero ha apoyado a mujeres que eran obligadas, a diario, a tener relaciones sexuales con más de 15 hombres.

“Algunos casos son tipificados como prostitución forzada, no como trata. La diferencia es que en el primero se implica a un solo agresor, pero como trata -con penas de 16 a 26 años de cárcel- se puede atacar a una red”.

En Ecuador esas redes suelen ser más domésticas o pequeñas, conformadas por parejas o familiares. Eso no descarta la presencia de organizaciones más grandes, incluso transnacionales, que durante la pandemia modificaron su forma de operar.

En El Oro se hallaron a grupos de mujeres en viviendas que se convirtieron en prisiones. Desde allí eran trasladadas a los domicilios de quienes contactaban a los tratantes.

Hay casas que ofrecen refugio, como la sede de Oasis en el Desierto, en Guayaquil. Lissette Vázquez dirige este espacio donde las víctimas de violencia y sus hijos tienen un techo, comida caliente y atención.

A lo largo de cinco años, Vázquez ha visto las heridas profundas de la trata, como el caso de una madre de cinco niños que era obligada por su esposo a prostituirse. “Sentía que lo hacía por amor a su familia. Le ofrecimos una ruta de ayuda y cuidar de sus hijos mientras buscaba un empleo, pero estaba atada a esa relación”.

Las rutas de ayuda enlazan a organizaciones de la sociedad civil. Algunas de ellas forman la Red de Movilidad Humana de la región Costa, adscrita al Grupo de Trabajo para Refugiados y Migrantes (GTRM).

En conjunto tejen estrategias para dar protección, asesoría legal, cubrir derechos básicos como alimentación, vivienda y salud, y ayudar a trazar el camino hacia los emprendimientos. “Aquí tienen un tiempo para sanar. Lo mejor para mí es verlas volar hacia sus propios departamentos, con sus negocios”, dice Vázquez.

Rosario (nombre protegido) llegó a Oasis en el Desierto hace nueve meses, la edad que tiene su último hijo. Esta joven venezolana fue víctima indirecta de la trata cuando el bebé, de apenas 15 días de nacido, le fue arrebatado por su pareja.

“Lo tenía bajo el sol mientras pedía dinero en las calles para comprar droga. Hasta intentó venderlo en USD 1 000”, cuenta Rosario llorando.

La mujer que fue acorralada en la trocha logró escapar. Luego de un largo proceso abrió un pequeño negocio en Ecuador y ahora está con su familia.

Sanar por completo no es fácil. Para Sáenz, las cosas que han vivido las víctimas dejan cicatrices emocionales. “Nunca volverán a ser como antes”.

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