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Lorena (nombre protegido), una mujer quiteña de 41 años, tuvo a su hijo a los 32. Durante cuatro años vivió sumida en una depresión posparto tan profunda que la maternidad, lejos de ser ese ‘milagro’ que todos prometen se convirtió en una experiencia solitaria y oscura.
La sociedad, explica, te vende una idea de que la maternidad es “difícil pero maravillosa”. Esta es una frase “vacía y preparada”. “Yo sólo quería ser feliz y tener un bebé sano. Esas eran mis únicas expectativas. Ninguna se cumplió”. Su hijo nació con una severa alergia a la proteína de la leche materna. Lo que debía ser el comienzo de un vínculo natural se convirtió en una lucha diaria contra la desnutrición, alergias a los alimentos, y dolor físico por pañalitis constantes. “Esto hacía que sea un niño que sufra mucho y por ende yo también”.
Durante el embarazo, los signos de alarma ya eran evidentes. “Recuerdo tener pensamientos muy ilógicos: ‘¿cómo puedo hacer para morir y que el bebé siga vivo?’. Se aisló. Ahí me di cuenta de que las cosas estaban muy mal y que todo estaba saliéndose de control”.
No se comunicaba con su bebé. “Nunca le hablé cuando estuvo en mi barriga porque me sentía ridícula, nunca acariciaba mi barriga. A mi marido no le dejaba que me toque”. Después del parto, el agotamiento emocional se volvió insoportable. “Me costaba mucho atender a mi hijo, o me ponía de mal humor escucharlo llorar. Al mismo tiempo no quería que nadie más lo toque”.
La lactancia era una obsesión, pero la conexión emocional no llegaba. “Me costó muchísimo conectar con él porque no sabía cómo jugar con él, entonces me sentía mala madre y me bloqueaba. Esto se convertía en un círculo vicioso que tardó muchos años en cortarse”.
La culpa era constante. “Yo solo quería que se duerma y ahí me sentía tranquila, pero al mismo tiempo me sentía culpable por tener esos pensamientos. Es muy doloroso querer que tu hijo esté dormido todo el tiempo porque es como querer anularle. Me sentía tan cansada y tan incapaz de ejercer la maternidad que era el único momento que sentía que las cosas estaban bajo control”.
Lorena se dio el derecho de hablar de su depresión posparto y buscar ayuda. “Era eso o acabar con mi vida”. La frase más difícil de verbalizar: “Odiaba la maternidad”.
En Ecuador, la salud mental materna sigue siendo una dimensión poco visibilizada en las estadísticas oficiales. El Ministerio de Salud Pública (MSP) no cuenta con un diagnóstico específico ni registros sistemáticos sobre trastornos mentales asociados al embarazo o al posparto. Aunque existen normativas y políticas generales de salud mental, como la Política Nacional de Salud Mental 2023-2028 y el Modelo de Atención Integral de Salud Familiar Comunitario e Intercultural (MAIS-FCI). Este último establece que la organización de los servicios de salud en niveles de atención permite organizar la oferta de servicios de salud mental. Esto incluye atenciones psicológicas. Sin embargo, la atención en salud mental aún es limitada. Esto, sobre todo, en zonas rurales y periféricas.
A pesar de la falta de datos oficiales específicos, diversos estudios académicos documentan la incidencia de la depresión posparto en el país. Una revisión sostenida indica que cerca del 13% de mujeres ecuatorianas que completaron su periodo de gestación experimentan depresión posparto. Factores asociados: edad, paridad, situación socioeconómica, antecedentes depresivos, violencia intrafamiliar, embarazos no deseados y ausencia del progenitor.
A nivel global, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 25% de mujeres embarazadas experimenta algún tipo de malestar psíquico durante el embarazo, y 1 de cada 5 madres (20%) padecerá un trastorno de salud mental durante el embarazo o en el primer año tras el parto.
La depresión posparto es uno de los trastornos más comunes, pero también se presentan casos de ansiedad, trastorno obsesivo-compulsivo, trastorno bipolar y psicosis posparto. Se calcula que hasta 70% de mujeres ocultan o minimizan sus síntomas. Esto dificulta la detección y el tratamiento oportuno.
En contextos con recursos limitados, como Ecuador, la salud mental materna se agrava por factores como falta de apoyo social. Aunque, está vinculada con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), especialmente el ODS 3, que busca garantizar vida saludable y bienestar para todos. Desde 2016, la OMS impulsa iniciativas como el Día Mundial de la Salud Mental Materna, celebrado el primer miércoles de mayo y hoy, domingo 11 de mayo de 2025, también se festeja a las madres.
En Ecuador, la maternidad no solo está atravesada por lo biológico (hormonas), sino por un cúmulo de expectativas sociales, históricas y religiosas. Esto configura una narrativa específica: ser madre implica sacrificio. Esta idea se ve reforzada con el tiempo. Incluso desplaza tradiciones comunitarias que sí contemplaban cuidados integrales para la madre.
En varias comunidades indígenas de la Sierra, por ejemplo, el cuidado posnatal todavía está en manos de parteras, con prácticas medicinales ancestrales que incluían baños, hierbas, protección espiritual y contención social. Sin embargo, el avance de la modernidad margina estos saberes, y con ellos se pierde una visión más colectiva y empática de la maternidad.
Hoy, muchas mujeres enfrentan la maternidad desde la soledad y la autoexigencia. Se espera que amen sin medida, entreguen todo su tiempo, energía y cuerpo sin quejarse. Esta cultura del sacrificio se traduce en malestares emocionales profundos que rara vez se nombran. En muchos casos tampoco se atienden.
María, de 42 años y madre de tres hijos, vivió la presión. En su último embarazo, lo que debía ser un momento de alegría se convirtió en un torbellino emocional:
“Los primeros días fueron llenos de emoción casi euforia y al mismo tiempo una ansiedad indescriptible, una sensación de angustia de incertidumbre por el futuro. Sentía culpa por tener esa ansiedad y tener en mis brazos a mi hija sana y tan pequeñita”.
Las madrugadas, sola mientras daba de lactar, eran el peor momento. “Tenía una especie de ataques de ansiedad que se hacían más profundos en las madrugadas”. Aunque compartía sus emociones con su esposo, él le decía que era normal, que eran las hormonas. Con otras personas no se animaba. “Me daba vergüenza y culpa sentirme así y que los demás se enteren, especialmente mamás a mi alrededor”.
María se sentía presionada a agradecer, a estar feliz. “Las pocas veces que decía algo muy chiquito sobre lo duro que era la maternidad, con mi mamá o con otras mamás, me decían siempre que tengo que agradecer que mi hija esté sana y que todo haya salido bien”.
Estas creencias pesan sobre las mujeres como cargas invisibles. Como explica María, lo que más necesitan las madres en crisis no son consejos sino compañía sincera: “Creo que las que ya hemos sido mamás debemos acercarnos a las mamás primerizas con sinceridad y hablarles desde nuestras experiencias”.
Lenin Jácome, psicólogo de la Unidad Metropolitana de Salud Sur, observa que muchas mujeres embarazadas llegan con temores relacionados al parto, a su rol como madres, a la estabilidad de su pareja o a su situación económica. “Este temor de lo que implica ser madre ha cambiado muchísimo. Si antes era complicado, ahora ha aumentado esta dificultad”.
Describe que entre los patrones emocionales más comunes se encuentran el miedo al futuro, la ansiedad sobre el bienestar del bebé, y el conflicto interno ante los múltiples roles que deberán asumir. Las pacientes, dice, suelen mostrar una “posición de mucho conflicto frente a todo esto”.
Adriana Fornasini, psicóloga clínica, detalla que los síntomas suelen confundirse o minimizarse: “Muchas veces las madres comentan que tienen ansiedad, angustia, y eso repercute en el sueño. Otras presentan pensamientos suicidas, descuido personal, llanto fácil, culpa, miedo a cargar al bebé o a fallar como madre”.
Distingue que la depresión se expresa en desánimo, falta de conexión con el bebé y dificultad para realizar tareas básicas, mientras que la ansiedad se manifiesta en pensamientos obsesivos y miedo constante sobre el cuidado del hijo.
Estos síntomas no siempre son reconocidos por el entorno ni por el personal de salud, lo que retrasa el acceso a tratamiento. “Se anulan las señales con frases como ‘es normal sentirse así’, lo que impide detectar un trastorno real”, afirma Fornasini.
María y Lorena lo vivieron en carne propia: cuando intentaron hablar de su angustia, la respuesta fue el silencio o el juicio. “Me decían que debía agradecer porque mi hija estaba sana”, recuerda María. Lorena, en cambio, escuchó una frase que la marcó: “Tú elegiste esto, ahora báncatelo”.
En ambos casos, la presión por “estar bien” fue un peso añadido. Y en ambos casos, el entorno falló en ofrecer contención emocional. Para la psicóloga Adriana Fornsini, esto no es casual: “No se valida el malestar materno. Se asume que sentirse agotada o triste es parte del paquete, que hay que aguantar”.
Ese mandato social, reforzado por familiares, parejas o incluso por personal médico no capacitado, invisibiliza señales claras de depresión o ansiedad. Y es ahí donde las mujeres terminan maternando en soledad. Como explica el psicólogo Lenin Jácome, el temor de las madres no solo es biológico: “Está cargado de inseguridad económica, cambios en la pareja, presión social… Y todo eso las coloca en conflicto consigo mismas”.
Tanto Lorena como María lograron salir adelante, pero no sin esfuerzo. En el caso de Lorena, fueron años de terapia y el apoyo incondicional de su esposo lo que marcó la diferencia. “Creo que recién hace tres años estoy pudiendo ser la mamá que he querido ser y la que puedo y me permito ser”, dice.
María también encontró alivio al comenzar terapia a los tres meses del parto, gracias a que ya había vivido procesos similares antes. Hoy, se ha convertido en un puente para otras madres: “Cuando puedo hablar con una mamá nueva, siempre le digo que es normal sentir culpa, que es duro, y que es de valiente pedir ayuda”.
Los psicólogos consultados proponen acciones concretas para romper el ciclo de silencio y abandono:
Adriana Fornasini recomienda:
Lenin Jácome plantea:
Porque romper el silencio no es un acto individual: es una tarea colectiva.