4 de agosto de 2018 00:00

El barrio Brazales, en Latacunga, cuenta con la ‘Ruta de la máchica’

María Cañar se encarga de tostar la cebada en una paila de acero. Estos se mecen con una mama cuchara.

María Cañar se encarga de tostar la cebada en una paila de acero. Estos se mecen con una mama cuchara. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

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Fabián Maisanche
Redactor (F - Contenido Intercultural)

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La fina harina de cebada, morocho, maíz o arveja salía de los molinos del barrio Brazales, en Latacunga. La mayoría de los pobladores se dedicaba a moler los granos en grandes molinos que eran accionados por la caída del agua de los ríos Cutuchi, Yanayacu y Pumacunchi.

Estas máquinas contaban con dos enormes piedras que giraban. Las harinas eran entregadas en los mercados de Quito, Ambato, Cuenca, Guayaquil y otras ciudades. Así Latacunga se convirtió en la capital harinera del país por los años 70 y 80.

Adrián Cruz y Freddy Molina cuentan que la harina de cebada o máchica era el producto que más se entregaba a los comerciantes. “Cuando nuestros abuelitos y padres llegaban a entregar la máchica les decían ahí vienen los ‘maschas’. Esta actividad les dio a los latacungueños el apelativo con que se los identifica hasta la actualidad”, explica Cruz.

Los jóvenes con la ayuda de los vecinos crearon la denominada ‘Ruta de la Máchica’ en el barrio Brazales, al occidente de Latacunga.

El recorrido se inicia en el parque central de la parroquia Eloy Alfaro donde se edificó un monumento a los trabajadores de los molinos. De ahí el turista debe dirigirse al barrio y en el trayecto observará la ciudad, el volcán Cotopaxi y el cerro Putzalahua.

El poblado tiene coloridas casas de un piso, techos de teja y puertas de madera. En cuatro de estas viviendas se muestra a los visitantes el proceso artesanal de elaboración de la máchica. Allí se indica cómo es tostado el grano en grandes pailas de acero que son calentadas en horno de leña, el retiro de las impurezas y la forma de moler. Los guías son los trabajadores o propietarios de los molinos que preparan la “deliciosa” harina.

El visitante tiene la oportunidad de participar en el proceso. Además, enterarse de los relatos del trayecto de los indígenas Panzaleos desde Latacunga hasta Saquisilí en busca de granos frescos. Los viajes se realizaban en mulas. “Los animalitos cargaban los quintales de cebada, morocho o maíz hasta las trituradoras. Había muchas historias que se contaban hasta que les llegue el turno de ocupar los molinos”, indica Gloria Vaca.

La propietaria de los molinos, de 70 años, cuenta que esta forma de trabajar aún se mantiene. La vecina María Cañar tuesta el quintal a USD 1,50. En el día tuesta entre 20 y 30 quintales. “Hacemos la máchica bajo pedido de un grupo de comerciantes de Cuenca. No nos arriesgamos a moler para vender al público porque hay molinos eléctricos”, dice.

A pocos metros se encuentra la casa de María Lúcida Corrales. Una parte de la vivienda de un piso está adecuada para un molino comunal traído desde Dinamarca en 1967. En este espacio hay otros dos molinos. Uno de los dos cuartos era utilizado como bodega, ahora convertido en museo.

Allí se muestran fotografías de los paisajes andinos de Cotopaxi, herramientas que se utilizan en el campo y artesanías. Otra área está preparada para la degustación de los productos gastronómicos con la harina de la cebada.

Los promotores designaron un área de la casona para el rescate de los juegos tradicionales. Los visitantes podrán jugar con los trompos, monedas, bolas, cuerda y la rayuela.

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