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Sí, mucho se habla hoy en día de la salud mental, pero pocos tienen el valor de decir “llegué al mismísimo infierno”, como Amaia Montero lo confesó en su primer concierto del regreso de La Oreja de Van Gogh.
Te cuento: todo iba lindo, ella vestida con un enterizo rosa y brillaba sobre una plataforma, hasta que los nervios la traicionaron y su voz no fue la esperada. Y claro, como el hate en redes es tan “normalizado hoy en día”, muchos se agarraron de eso para atacarla…
Todo parecía marchar bien. Ella, vestida con un enterizo rosa, brillaba sobre una plataforma lista para reencontrarse con su público tras años de ausencia.
Sin embargo, en medio de ese brillo, los nervios la traicionaron y su voz no fue la que todos esperaban. Y las reacciones y el odio en las redes sociales empezó a golpearla.
Muchos olvidaron lo que significa estar frente a 15 000 personas gritando, un escenario que pondría los pelos de punta a cualquiera. Pero para entender el peso de ese momento, hay que volver al inicio, cuando la música ni siquiera estaba en sus planes y una simple fiesta en 1990 cambió su destino para siempre.
Aquella joven que cantaba entre amigos fue descubierta y se convirtió en la voz de La Oreja de Van Gogh.
Para 1996, el reconocimiento y la fortuna llegaron de golpe, pero la felicidad no venía incluida en el contrato.
Mientras el mundo entero coreaba sus canciones, detrás de los escenarios, en la vida de Amaia Montero empezaba a gestarse la depresión y ansiedad.
“No estábamos preparados para que la vida te cambie de la noche a la mañana”, confesó la artista años después. El refugio que encontró en sus compañeros de banda se rompió en 2007, cuando en un ascensor y entre lágrimas, les dijo que se marchaba.
Aunque logró consolidarse como una gran estrella del pop en solitario, la factura de la autoexigencia terminó siendo demasiado alta.
El colapso llegó cuando las redes sociales se llenaron de ataques directos a su físico y a su comportamiento. Críticas sobre su peso o acusaciones sobre su estado al cantar minaron su seguridad hasta dejarla en el piso.
Esta es la esencia de la razón por la que Amaia Montero sintió que tocó el infierno: el momento en que la presión externa fue más fuerte que su propia voluntad.
Hoy, su historia sigue escribiéndose. Su confesión no es solo el relato de una famosa, sino un espejo de la fragilidad humana en tiempos de redes sociales.