19 de mayo de 2019 00:00

Keynes para dolarizados

En el país se analiza una reforma tributaria. Una reducción de impuestos ayudaría a aumentar la demanda, pero mucho de ese aumento se destinará a comprar bienes importados. Foto: Archivo / ELCOMERCIO

En el país se analiza una reforma tributaria. Una reducción de impuestos ayudaría a aumentar la demanda, pero mucho de ese aumento se destinará a comprar bienes importados. Foto: Archivo / ELCOMERCIO

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Vicente Albornoz Guarderas

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En el Ecuador hay problemas para aplicar la estrategia de ‘poner más plata en el bolsillo de la gente’. Aumentar las exportaciones es clave para crecer a futuro. 

En 1929 la economía global se sumió en una de las mayores crisis jamás vistas. Y nadie estaba preparado para una contracción tan fuerte y, sobre todo, la ciencia económica no estaba preparada para comprender por qué se producía una recesión tan grande y, peor aún, tan prolongada.

Dos cosas eran imposibles de entender con los instrumentos teóricos que había desarrollado la ciencia hasta entonces. La primera era la profundidad de la crisis, y la segunda era la existencia misma de desempleo y, peor aún, por tantos años. La crisis fue terrible en todo el mundo, especialmente en algunos de los países más ricos. Por ejemplo entre 1929 y 1932, el PIB norteamericano se achicó en 27% y el de Alemania, en 16%.

Otro problema que estaba más allá del ámbito de las teorías de la época era el alto y persistente nivel de desempleo. Entre 1929 y 1933, pasó en los EE.UU. de 1% a 23% y durante los años 30 llegó a máximos de 44% y 22% en Alemania y Gran Bretaña, respectivamente.

El desempleo mismo, o sea, la existencia de mucha gente dispuesta a trabajar pero que no conseguía un empleo, no era compatible con el modelo clásico de oferta y demanda, donde siempre hay un precio que permite equilibrarlas. Para el caso específico del mercado laboral, no había una razón para que existiera desempleo, porque (según decía la teoría de la época) lo único que se necesitaba era que los salarios bajen lo suficiente como para que las empresas quieran contratar más empleados y terminar así con el desempleo.

Pero este era evidente, creciente y persistentemente alto por muchos años y, para complicar las cosas, en los años 30, los salarios bajaban, pero las empresas contrataban cada vez a menos personas.

Keynes cambia el mundo

Entonces llegó John Maynard Keynes, el gran economista inglés que enriqueció enormemente la ciencia económica, dándole algunas de las herramientas centrales de lo que hoy se conoce como “macroeconomía”, es decir, el estudio de los grandes agregados económicos (como el PIB o el desempleo), con modelos distintos al “microeconómico” clásico de oferta y demanda.

Lo que argumentó Keynes fue que la economía podía quedarse en un “equilibrio con desempleo”, o sea, que no había ningún mecanismo automático que regrese al pleno empleo. El problema, en el diagnóstico de Keynes, era que había una “escasez de demanda agregada”, es decir que la economía estaba comprando (en agregado) muy poco y que, por lo tanto, las empresas estaban produciendo muy poco. En consecuencia, estaban contratando a muy poca gente que, como veía que todos sus vecinos estaban desempleados, compraba lo mínimo y de esa manera perpetuaba el ciclo de “escasa demanda”.

Para empeorar las cosas, como no había demanda, las empresas invertían poco, adquiriendo pocas máquinas y equipos nuevos, construyendo pocas plantas y todo esto se debía a una mezcla de incertidumbre, escasa racionalidad de los productores y los consumidores y, quizás en algo, a la incapacidad de los salarios de bajar.

La solución recomendada por el fundador de la macro-economía fue aumentar “desde afuera” la demanda del país, poniendo más dinero en los bolsillos de los consumidores en base a aumentar el gasto del gobierno. La lógica fue que si el gobierno aumentaba su número de empleados, esos empleados tendrían más dinero, por lo que consumirían más, lo que haría a las empresas producir más, lo que a su vez redundaría en más contrataciones de personal, lo que permitiría reducir el desempleo y salir del círculo vicioso descrito en el párrafo anterior.

Y cuando la receta se aplicó en la Gran Bretaña en la década de 1930, el resultado fue el esperado y lograron salir de la recesión, al igual que los demás países que plegaron a programas similares. Y el éxito de esa receta es la base del prestigio del que goza el concepto de que “poner dinero en los bolsillos de la gente reactiva la economía”. Pero esa afirmación, así, en términos tan generales, es casi peligrosa.

El peligro viene de que el aumento del gasto público lo que realmente reactiva no es “la economía” sino “la demanda” y que si fue tan exitosa en la Gran Bretaña de hace 90 años es porque, en ese momento, esa economía sufría de una escasez de demanda. El problema central, la semilla de todos los problemas económicos de la Inglaterra de la época de Keynes, era su falta de demanda. El resto de problemas eran secundarios o eran un resultado de la baja demanda.

El aumento del gasto público en Inglaterra en los años 30 hizo que la gente tuviera más dinero en sus bolsillos y que, por ejemplo, comprara más pan, que muy probablemente era producido con trigo inglés (o de alguna de sus colonias); trigo que era producido con tractores ingleses, tractores hechos con hierro inglés, hierro hecho muy posiblemente con carbón mineral inglés, y así sucesivamente. En toda esa cadena productiva lo que se hizo fue crear empleos para súbditos ingleses o para habitantes de sus colonias.

De Buckingham a Carondelet

Ahora, movámonos 90 años en el tiempo y 10 000 kilómetros en dirección sur-oeste para llegar al Ecuador actual, donde hay una activa discusión de cómo reactivar la economía en la que “está ganando popularidad [...] la propuesta de impulsar el crecimiento a través de un estímulo al consumo”, como bien resumió Augusto de la Torre en estas páginas hace un par de semanas.

Como estrategia para reactivar la economía ecuatoriana del año 2019 se está discutiendo opciones como bajar el IVA (sobre todo desde círculos más libremercadistas de derecha) o bajar impuestos con un aumento simultáneo de salarios (más desde círculos intervencionistas de izquierda). Ambas propuestas apuntan a “poner más plata en los bolsillos de la gente”, lo cual también era el objetivo de la receta keynesiana, hace casi un siglo, en otro rincón del planeta.

Hay varios problemas para aplicar esta estrategia en el Ecuador. El principal es que no somos la Gran Bretaña de 1930 y una reducción de impuestos ayudaría a aumentar la demanda, pero como no somos el centro de un gran imperio y no tenemos una de las mayores bases industriales del planeta, mucho de ese aumento de la demanda va a irse a... comprar bienes importados.

Usemos el mismo ejemplo del pan. Si ponemos más dinero en los bolsillos de los ecuatorianos, van a comprar más pan. Recordemos que ese pan será hecho con trigo importado, cultivado en Argentina con tractores chinos hechos con hierro brasileño. Más allá de algún puesto de trabajo ocasional en alguna panadería ecuatoriana, es poco probable que se creen empleos en nuestro país y, mucho más probable que se los cree en Brasil, Argentina o China.

Y un aumento de las importaciones lo único que hará será aumentar la salida de divisas del país. En un país dolarizado, cuando salen divisas, se reduce el número de dólares disponibles dentro del país y se reduce lo depositado en los bancos, lo que lleva a los bancos a prestar menos. Eso (una contracción del crédito) reduciría todavía más el crecimiento de la economía.

Adicionalmente, “poner más dinero en los bolsillos de los ciudadanos” implica poner menos en el bolsillo del gobierno, lo que es incompatible con la mala situación fiscal por la que estamos pasando, con un gobierno claramente sobreendeudado.

Crecer produciendo

Para reactivar la economía ecuatoriana, lo central es “lograr que la economía produzca” (lo cual no es lo mismo que “lograr que consuma”). La complicación adicional es que aquello que produce el Ecuador no es lo mismo que consumen los ecuatorianos, peor aún si nos centramos en aquellas cosas que se producen en grandes cantidades.

El Ecuador es un gran productor de petróleo, camarón, banano, café, cacao, pero no es lo que los ecuatorianos consumen el momento en que sus ingresos suben. Incluso en productos no tan tradicionales, lo que producimos no es lo que consumimos, y eso está bien, pues lo ideal es producir aquello en lo que somos buenos y comprar en el extranjero el resto de cosas. Pero para comprar afuera todo ese resto de cosas, necesitamos tener los recursos para hacerlo (para importar), y para tener esos recursos necesitamos aumentar nuestras exportaciones.

El aumento de las exportaciones, como una manera de financiar más importaciones, es la clave para el crecimiento a futuro. La única manera de que encontremos abundantes compradores para producir eficientemente y en grandes cantidades es buscarlos en el extranjero y exportarles. La economía ecuatoriana es 1‰ (el uno por mil) de la economía mundial, o sea, más allá de nuestras fronteras hay compradores que equivalen a mil veces el Ecuador y que estarían dispuestos a pagarnos en dólares. Así tendríamos más recursos para poder importar más, sin afectar la cantidad de dinero que circula en el país.

Exportar es la manera de romper lo que se conoce como la “restricción externa” que sufre cualquier país pequeño y que es todavía más grave en un país pequeño y dolarizado.

Pero para exportar más, las reformas que hay que hacer no es “bajar el IVA” sino enfocarse en la educación de la fuerza de trabajo, liberalización del mercado laboral, investigación aplicada a la producción, destrucción de trámites inútiles, cambios en normas societarias, enfocar la infraestructura hacia la producción (y no hacia las obras faraónicas), firmar un TLC con los Estados Unidos, meterse a fondo en la Alianza del Pacífico, desaparecer las prohibiciones a la inversión privada, introducir competencia en miles de sectores y miles de cosas más. Bajar impuestos solo ayudaría a empeorar la famosa restricción externa y nos atraparía con más fuerza en el subdesarrollo.

*Decano de Ciencias Económicas y Administrativas de la UDLA, columnista

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