3 de agosto de 2018 12:48

La intimidad de las luciérnagas, al descubierto en un bosque de México

Luciérnagas en el bosque de Santa Clara, en el estado de Tlaxcala (México). Foto: EFE

Luciérnagas en el bosque de Santa Clara, en el estado de Tlaxcala (México). Foto: EFE

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Agencia EFE

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En el bosque Santa Clara del estado mexicano de Tlaxcala se esconde el único santuario de luciérnagas del país. Allí, incontables parpadeos de luz irrumpen en la oscuridad para llevar a cabo el ritual de apareamiento de la especie, espectáculo que seduce a los amantes de la naturaleza.

Antes de que el lugar quede en silencio y las luciérnagas ejecuten su ritual de cortejo, una dura lluvia debe humedecer el suelo y rociar las ramas de los árboles.

Los visitantes también deben prepararse. Con las manos agarradas forman un círculo y entonan unos versos para pedir al guardián del bosque acceso a sus dominios.

"Te pedimos a ti, madre naturaleza, nos permitas la entrada a éste tu bosque. Venimos con la plena conciencia de cuidar y respetar flora, fauna y todo ser vivo que se encuentre dentro de ti, y al guardián del bosque que nos cuide y nos proteja durante el recorrido", reza la petición.

Durante un recorrido organizado por la Comisión Nacional Forestal (Conafor), uno de los guías del santuario, Luis Ramón Galindo, cuenta que pedir el consentimiento al bosque es una muestra de respeto, y una tradición desde hace años.

Tras hacerlo, los pasos de los visitantes hacen eco entre los senderos del bosque. Suben a paso tranquilo, en fila de a dos y con la prohibición de usar el móvil, ya que cualquier interferencia lumínica afecta a la danza de apareamiento, en la cual las luciérnagas se comunican con su propia luz.

Incontables parpadeos de luz irrumpen en la oscuridad para llevar a cabo el ritual de apareamiento de la especie, un espectáculo que seduce a los amantes de la naturaleza. Foto: EFE

Incontables parpadeos de luz irrumpen en la oscuridad para llevar a cabo el ritual de apareamiento de la especie, un espectáculo que seduce a los amantes de la naturaleza. Foto: EFE

Pasan veinte minutos desde la llegada al lugar hasta que los machos de la especie -la Macrolampis palaciosi- empiezan a descender la montaña de forma pausada, con cientos de tímidas chispas en el aire frío.

"Lo que ellos hacen es emitir diferentes destellos para llamar la atención de la hembra, posteriormente aparearse y continuar con su reproducción", cuenta Galindo.

La hembra también brilla, pero lo hace de manera más intensa y duradera. Además, no vuela, espera a elegir macho agazapada en la hojarasca.
Por cada 100 machos hay una hembra, que solo se aparea con uno de ellos.

"Una vez aceptado el macho, la hembra libera una sustancia aromática, una feromona, el macho la recibe con sus antenas y esa ya es la señal de que la hembra le aceptando para aparearse", relata el ingeniero en agrotecnología.

Luego de aparearse, las hembras llegan a depositar entre 100 y 150 huevos.
La maestra de Ciencias Tania Guadalupe López, quien hace un proyecto de investigación sobre las luciérnagas en el Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México, asegura que existe poca información sobre su estado de conservación.

Por cada 100 machos hay una hembra, que solo se aparea con uno de ellos. Foto: EFE

Por cada 100 machos hay una hembra, que solo se aparea con uno de ellos. Foto: EFE

Por ello, junto al doctor Carlos Cordero efectúa trabajos de campo que permitan entender mejor el comportamiento y el volumen poblacional de las luciérnagas.

Por el momento, se sabe que existen dos principales amenazas para ellas: los pesticidas que se utilizan en los cultivos cercanos a los bosques y la expansión de la "mancha urbana" con su contaminación lumínica, que puede confundir a las luciérnagas y obstruir su comunicación.

"Los pesticidas matan una gama de organismos para evitar que la planta que es de interés esté enferma o salga dañada; pero al matar a esos organismos matan también otros que son importantes para las luciérnagas como lombrices, caracoles, babosas", precisa López.

En el santuario de Santa Clara, cuando termina el ritual de las luciérnagas, la luna aparece en numerosas ocasiones y, cuando es llena, salpica de luz el bosque para guiar a los viajeros en el camino de vuelta.

Al regresar a la entrada, vuelven a cogerse de las manos y a recitar al unísono unas palabras de despedida: "Te agradecemos, madre naturaleza, por habernos permitido la entrada a este tu bosque. Y al guardián del bosque, que también nos protegió durante le recorrido".

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