19 de enero de 2020 00:00

Héroe y mito de Irán

Una multitud de dolientes marchó el 4 de enero por la muerte de Solemani. Sus restos fueron enviados desde Iraq a Irán, que declaró tres días de luto. Foto: AFP

Una multitud de dolientes marchó el 4 de enero por la muerte de Solemani. Sus restos fueron enviados desde Iraq a Irán, que declaró tres días de luto. Foto: AFP

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Jorge Ortiz García* (O)

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La noticia -asombrosa, inesperada- llenó de estupor a Oriente Medio y al Asia Occidental: Qasem Soleimani, el legendario, poderoso y misterioso jefe de las Milicias Al-Quds (tal vez, incluso, el hombre al mando de Irán, solo por debajo del ayatolá Jamenei), había muerto, abatido por un misil disparado desde un dron estadounidense. Era el viernes 3 de enero y, de inmediato, las ciudades de toda la región se llenaron de manifestantes: unos, los musulmanes chiitas, para llorar su asesinato y clamar venganza, y otros, los musulmanes sunitas, para festejar la desaparición de un militar al que temían y odiaban.

Soleimani era, en efecto, un combatiente ardoroso de las causas iraníes y, también, chiitas: había luchado contra el Iraq sunita de Saddam Hussein en la guerra de 1980 a 1988 y, sobre todo, había sido el estratega mayor de la campaña para derrotar al Estado Islámico, que el 2014 había impuesto un califato sunita en el norte de Iraq y Siria.

os suyos lo adoraban, los adversarios lo aborrecían, como reflejo fiel de la guerra civil -de perfil bajo pero de intensidad creciente- que están librando chiitas y sunitas. Un conflicto que, en realidad, empezó casi 14 siglos antes.
El 8 de junio de 632 murió Mahoma. Sus seguidores, reu­nidos en La Meca con un desconcierto que les llegaba al alma, no pudieron ponerse de acuerdo en quién sería el sucesor, el ‘califa’. Y la comunidad de fieles, la ‘uma’, se partió en dos: una parte siguió a Abu Bakr, discípulo y lugarteniente del Profeta, y la otra parte a Alí, su primo y yerno. Los primeros se proclamaron “la gente de la tradición”, ‘Ahl al-Sunna’, expresión que derivaría en ‘sunitas’. Sus rivales formaron “el partido de Alí”, ‘Shiat­Alí’, que llegaron a ser los ‘chiitas’. Sunitas y chiitas jamás se reconciliaron.

En los cien años siguientes a la muerte de Mahoma, su fe, el islam, se expandió con una celeridad como no lo había hecho nunca ningún imperio: en 732 ya había copado la Península Arábiga, Oriente Medio, África del Norte, Asia Occidental y la Península Ibérica, y avanzaba con fuerza en dirección a Asia Oriental y Europa Central. Después, de manera tan súbita como había ascendido, al mundo musulmán le llegó la declinación.

Tres fueron los episodios culminantes de esa declinación. El primero, la resistencia a la reflexión y al debate a partir del siglo XI, cuando califas y sultanes declararon “cerrada la puerta de la interpretación”, lo que ancló al islam al pasado. El segundo, el saqueo mongol de Bagdad en 1258, que precipitó la decadencia de las ciencias y las letras musulmanas, en que Averroes, Avicena y Al-Khwarizmi, entre otros muchos sabios, habían sido los continuadores del bagaje inmenso de la cultura helenística. Y el tercer episodio fue la resistencia del mundo musulmán (más notoria entre los árabes que entre los persas) a adaptar la imprenta a sus idiomas, lo que contrajo la producción intelectual y, claro, los ­hábitos de estudio y lectura de los pueblos seguidores de la fe del Profeta.

Así, mientras el Renacimiento y el liberalismo, primero, y la Revolución Industrial, después, llevaban al Occidente cristiano a un proceso sostenido de avance y prosperidad, el Oriente musulmán se quedaba atascado en las edades oscuras del dogma y la guerra santa. Con lo que los persas -que habían tenido en los albores de la era cristiana el gran imperio rival de Roma- sufrieron una conquista tras otra (árabes en el siglo VII, turcos selyúcidas en el XI, mongoles en el XIII…). Y recién en el siglo XVI recuperaron su independencia.

Fue entonces, año 1501, cuando los persas se adscribieron a la versión chiita del islam, lo que significó la ruptura definitiva del mundo musulmán. En el siglo XIX, Persia fue el escenario de la disputa imperial entre rusos y británicos, hasta que, en 1925, tomó el poder la dinastía Pahlaví.

Los años siguientes, hasta la Revolución Islámica de 1979, fueron de represión, corrupción, dependencia de los intereses estadounidenses y británicos y tibios intentos de modernización. Después llegaron Jamenei y su feroz Guardia Revolucionaria, de la que Qasem Soleimani sería su capitán y
su símbolo…

El ‘imán oculto’

Si bien sostienen las mismas creencias primigenias (“hay un solo Dios que es Alá, y Mahoma es su Profeta”), chiitas y sunitas tienen y mantienen diferencias en doctrina, leyes, ritos y organización, por lo que recíprocamente se acusan de herejes. Y, una vez más, Alí está en el centro de la discordia.

Alí, nacido en 599 o 600 en Samarra, Iraq, se casó con Fátima, la hija menor y la preferida del Profeta, por lo que en junio de 632, al morir Mahoma, una parte de la comunidad de fieles creyó que a él, y no a Abu Bakr, le correspondía ser el sucesor. Sus partidarios perdieron la disputa, por lo que recién 24 años más tarde, en 656, Alí ­llegó al califato. Fue el cuarto y último “califa ortodoxo bien guiado”.

Asesinado por sus rivales sunitas en 661, Alí se convirtió en el primer imán. Con él se inició un linaje, de designación divina, que se prolongó durante más de dos siglos. Fueron ‘los 12 guías sucesorios’, ‘los 12 imanes’. (En el mundo hay en la actualidad entre 1 500 y 1 600 millones de musulmanes, de los que unos 180 millones son chiitas. Y alrededor del 85 por ciento de los chiitas son “duodecimanos”, es decir seguidores de los doce imanes.)

El undécimo imán, Abu Muhammad al-Hasan, fue capturado por sus enemigos y martirizado en el año 868. Fue entonces cuando su hijo, el duodécimo y último imán, Muhammad al-Mahdi, siendo aún un niño, se ocultó. Desde entonces vive “en estado de ocultación”, y así permanecerá “hasta que Alá lo quiera”. Es el “imán oculto”, una de las creencias esenciales del islam chiita.

Este duodécimo imán, el ‘Mahdi’, reaparecerá siete años antes del final de los tiempos, para suprimir el mal y dirigir el gobierno islámico sobre toda la Tierra. Los sunitas, sin el carácter mesiánico de los chiitas, en general no creen en el imán oculto, que no está mencionado en el Corán, el libro sagrado de los musulmanes. Un tema más de discordia.

*Periodista, escritor.

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