El pueblo de un país está en las aulas

Las aulas son un territorio donde, supuestamente, ingresamos para aprender, y al final de los ciclos escolares salimos… con un cartón o certificado en la mano. ¿Para qué?

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Hace años vimos una película que marcó a alumnos y profesores: “La cacería del diploma”. El tema retrataba un aspecto formal del sistema educativo que corresponde a la ruta aspiracional de la mayoría de estudiantes, que estudian obligatoriamente para conseguir -con sacrificio y esfuerzo- un título con qué defenderse en la vida.

Pregunta crucial

Y esta cacería continúa en esta incómoda fábrica que produce alumnos titulados, egresados…y desempleados. ¿Podemos como país romper el círculo vicioso de la formación del talento humano, sin orientación vocacional, con alta inversión pública en educación y modestos resultados en relación con el desarrollo nacional, de cara a las profesiones que desaparecen y otras -marcadas por las tecnologías- que brotan en el horizonte?

Materias, solo materias

Resulta paradójico advertir que algunas de las asignaturas aprendidas y aprobadas no han servido para nada. Pero no seamos injustos: sí han servido… para pasar los años, para las promociones de grado o curso, y para obtener títulos que engrosan las carpetas y llenan las paredes de los consultorios.

Si alguien pregunta qué conocimientos aprendidos en la escuela, el colegio y la universidad los aplicamos en la vida cotidiana y profesional-, las respuestas son variopintas. Los recuerdos -sobre todo los malos- surgen con espontaneidad, mientras los logros y los éxitos escasean o se olvidan para guardar las apariencias. Una revelación preliminar: las materias por sí mismas no resuelven nada. ¡Igual ocurre con el currículo, aprobado por los especialistas, alejado de la realidad!

Este ejercicio es bueno cuando intentamos recuperar la esencia de nuestro trabajo como maestros: formar gente honrada, eficiente y feliz con su proyecto de vida -personal y profesional-, de cara a sí mismos, su familia y el país.

¿El pueblo en las aulas?

Esta idea no es ideológica; tampoco pedagógica. He pensado que los niños, niñas y adolescentes -y también los jóvenes-adultos en las universidades- esperan más de los docentes, que lo que los docentes esperamos de ellos. En todo caso, los docentes somos referentes, y de alguna manera modelos que, por influencias de la palabra y comportamientos, ejercemos cierto tipo de poder invisible pero real.

Ese poder no siempre está en los contenidos -que saturan los textos, los libros, las bibliotecas y la web-, sino en la capacidad de construir saberes desde los intereses y necesidades de los estudiantes, y más que eso: motivarlos para que aprendan por sí mismos, desarrollen su autoestima y, a través de la transferencia del método científico descubran el mundo, sus problemas y situarse, de manera concreta y particular, según sus fortalezas y debilidades.

Sí. ¡El pueblo está en las aulas! Y los profesores somos parte del pueblo: facilitadores de procesos que, a través de nuestros discursos, despertamos las neuronas de los estudiantes -sus conciencias-, para que desarrollen su pensamiento crítico propio, formulen preguntas y busquen respuestas creativas, y también formamos valores humanos. ¡Habría que preguntarse con qué mapa ético!

Pero también hay contrastes. Hace poco escuché a un arquitecto egresado de una universidad pública de Quito, quien hizo una confesión: “El Estado -dijo- me regaló una profesión. He venido desde abajo; soy exitoso y rico, pago impuestos, dirijo empresas, aplico las leyes laborales, mis empleados ganan bien… ¡No es justo que la sociedad regale profesiones! Debería existir un impuesto adicional para los ciudadanos que ganamos más de lo que necesitamos. ¡Soy un producto del Estado regalón!”.

El país está en deuda

Las excepciones confirman la regla. Repito una expresión escuchada en la academia: “Estamos formando excelentes profesionales para sociedades fracasadas”. Es duro reconocer, pero la alta inversión pública en educación no corresponde a los resultados esperados. La gratuidad de la educación pública en el Ecuador es una garantía constitucional, que no ha tenido rendición de cuentas. Porque no se trata solamente de cobertura, sino de calidad con equidad en todo el sistema, desde el ciclo inicial hasta la universidad.

Ordenar el sistema educativo, y articularlo al desarrollo nacional, según las demandas actuales y potenciales del talento humano, es imperativo. Y que cada docente -desde su territorio académico- contribuya a superar, progresivamente, la cacería del diploma en favor de una estrategia diferente y no reproductiva de modelos superados por la realidad. ¡Y que se instale una justicia distributiva!