
El tema es complejo y hay que abordarlo con fundamentos y no con recetas. Cada niño es diferente, y también el contexto familiar y escolar. Pero el escenario es común: la influencia de la sociedad digital en los comportamientos de niños y jóvenes. Una aproximación a la alfabetización digital, con énfasis en el pensamiento crítico y el liderazgo digital.
Sobre la situación que vive la humanidad en los escenarios de las nuevas tecnologías hay estudios preocupantes. En la mayoría de los informes se reconoce ventajas reales de las herramientas tecnológicas, y también desventajas, amenazas y alertas que varios países han incorporado en las legislaciones.
El tema específico va más allá de los controles y prohibiciones. Se trata de aprender a convivir con los dispositivos que están al alcance de todos, y en especial de los niños y adolescentes. En ese contexto, existen variables a considerar: las ventajas y desventajas de las herramientas tecnológicas; discernir sobre la reputación digital y las diferentes opciones a gestionar en los hogares y en las escuelas; autorregular el tiempo en las pantallas, escoger las relaciones y fomentar la privacidad, entre otras.
Entre las ventajas del uso de las tecnologías se mencionan: estar informados al instante sobre lo que sucede en el mundo; el fortalecimiento de las amistades sin fronteras, mediante conexiones en tiempo real; el desarrollo de aprendizajes en varios idiomas y en todos los escenarios posibles; ayudar a las personas en tiempos difíciles con acciones de solidaridad; ofrecer oportunidades para que los jóvenes creen aplicaciones para mejorar el mundo, a través de blogs, fotografías y videos; fomentar el conocimiento de culturas y la búsqueda de alternativas para solucionar conflictos.
Las desventajas se cuentan desde ciberataques y fraudes hasta impactos sociales y de salud. El uso de Internet y dispositivos tecnológicos expone a los usuarios al ciberacoso, sexting, phishing y fraudes financieros. El intercambio de contenido íntimo sin consentimiento representa un riesgo significativo, especialmente entre menores.
En el ámbito corporativo, la adopción de la inteligencia artificial y sistemas en la nube ofrece ventajas competitivas, pero también riesgos críticos. Un sistema en la nube sin controles adecuados puede ser vulnerable a accesos no autorizados, y algoritmos de IA mal gobernados generan decisiones sesgadas o erróneas con consecuencias legales y reputacionales.
El uso excesivo de tecnologías puede derivar en ciberadicciones, estrés, problemas visuales y déficit en habilidades sociales. Los jóvenes son vulnerables a la adicción a Internet y a conductas de riesgo de exposición a contenidos nocivos, mediatización sexual y noticias falsas, que afectan la percepción y el comportamiento social.
Un punto de partida: las tecnologías digitales están influyendo en los hábitos, comportamientos y actitudes de millones de niños, niñas y adolescentes en todo el mundo. La era digital está aquí, se desarrolla y difunde a gran velocidad. Como toda creación humana, la tecnología tiene sus lados amables y también sus lados opacos y oscuros.
Padres y maestros no podemos negar esta realidad. La opción parece obvia: convivir con los dispositivos, reflexionar sobre sus impactos -sin aterrorizarnos-, y actuar o gestionar estas herramientas en la línea de la prevención.
Los niños digitales no son inventos; ya conviven con nosotros. En ese sentido, padres y maestros somos corresponsables de ese nuevo tipo de ambientes de aprendizaje e integrarnos, en forma progresiva, a procesos de alfabetización digital.
Este proceso no será fácil, pero conviene destacar, de entrada, en la apertura mental de los adultos para identificar las experiencias positivas y negativas de la conectividad en línea, fomentar el pensamiento crítico y observar el uso de las tecnologías con responsabilidad.
El propósito básico sería compartir con los niños, mediante competencias concretas, un hecho fundamental: que estar conectados es un derecho, pero también un deber. Derecho a obtener información adecuada y pertinente a la edad; obligación a respetar la privacidad de cada persona, sin manipulaciones. La conectividad se considera un derecho social emergente.
El principal rol de los docentes y padres es minimizar los riesgos y maximizar los beneficios, en aras de la seguridad, la integridad, la productividad y la ética.
La reputación es un derecho humano, entendida como “la opinión o consideración que se tiene a alguien o algo, el prestigio o estima en que son tenidos alguien o algo”. Equivale a la fama, el reconocimiento, el renombre, la notoriedad, la popularidad, la celebridad y la nombradía”, según la RAE. Lo contrario sería el desprestigio o descrédito.
En la era digital la reputación adquiere nuevas resonancias, por la facilidad de los intercambios y la influencia de la conectividad. En ese ámbito, las opiniones sobre personas, hechos y acontecimientos se amplifican a través de los celulares y redes sociales, y la tendencia es obvia: sobredimensionar productos y servicios, en función del lucro y la codicia, o, en casos, crear imágenes falsas o defectuosas de personas y personajes con propósitos deleznables.
La condición humana es así. Ante esta situación, la alternativa es marcar pasos seguros, sin denostar o infamar a nadie, y reconocer aspectos positivos o fortalezas de individuos e instituciones.
Otro aspecto relevante es la valoración del tiempo que los niños, niñas y adolescentes pasan con las pantallas. Hay estudios sobre los impactos de las cuatro pantallas: la televisión, el video-juego, la computadora y el celular.
La incidencia varía según los países y culturas. Los niños digitales son “hijos” de estas pantallas tanto en los hogares en donde realizan tareas escolares, como en las aulas. Un promedio de 4 a 5 horas, y a veces más sorprende a padres y maestros. Y algo adicional: los niños digitales realizan varias actividades a la vez: escuchan música, investigan, escriben en sus tabletas, toman fotos, activan juegos digitales, ordenan un sánduche o una pizza, reenvían documentos y realizan tareas en grupo.
Las adicciones potenciales -por obra y des(gracia) de los teléfonos inteligentes- tienden a crecer, debido a las redes sociales y las aplicaciones de fácil acceso. Para algunos padres alarmistas, la irrupción de las tecnologías en el tiempo libre, constituye un verdadero “terremoto” difícil de manejar, y para ciertos profesores tradicionales, las alarmas están activadas, pero las respuestas de los estudiantes son mínimas.
Una estrategia conjunta -padres/maestros- podría ser la alternativa que, en teoría parece bien, pero en la práctica…funciona a medias, por una razón: los niños digitales aman a sus pantallas, y nosotros -los adultos- también.
El hogar para muchos padres es como una burbuja (interna), pero en la actualidad esa burbuja se ha expandido, por influencia de la sociedad audiovisual y sus herramientas. Y el mundo externo -atractivo y amenazante- no lo podemos manejar los padres sin ayuda.
Las opciones son claras: entender las lógicas de las tecnologías, prepararnos para asumir los retos y responsabilidades ante estos sistemas, y acercarnos a nuestros hijos -con cariño y paciencia- para aprender a convivir con los hijos digitales. Así como les formamos para la vida, así también debemos intentar formarles para el uso responsable y autónomo de las tecnologías.
Algunas preguntas preliminares pueden ayudar: ¿Cuántas horas utilizan los celulares, computadores y videojuegos en casa? ¿En qué utilizan estos dispositivos? ¿Estamos en contacto con la escuela y los profesores sobre los temas que tratan? ¿Existen registros de las amistades y relaciones que usan redes sociales? ¿Observamos avances o retrocesos en los procesos de aprendizaje? ¿Protegen sus niños la privacidad y la información personal? ¿Existe confianza entre padres, maestros y estudiantes para manejar conflictos derivados del mal uso de las tecnologías? ¿Hay mecanismos reactivos y/o preventivos?
Los cambios no se pueden realizar de la noche a la mañana. Padres y maestros somos aprendices. Lo más importante es revisar nuestras actitudes, así como reconocer con humildad que cometemos errores por acción u omisión. Y evitar convertirnos en padres y maestros perseguidores o en policías voluntarios. Crear ambientes de confianza y asertividad son claves.
Un proyecto de alfabetización digital liderado por el ministerio de Educación, apoyado por las universidades es urgente. Y un contrato o acuerdo negociado, seguido de un plan de manejo de las tecnologías en los escenarios escolares y familiares. No bastan los acuerdos o normas relacionadas con el uso de celulares; peor las prohibiciones inconsultas. Se necesita una política pública consensuada por los principales actores: padres, docentes y estudiantes.
Es indispensable trabajar con mesas técnicas y delinear proyectos específicos en cada plantel, en los cuales se privilegie el pensamiento científico, el pensamiento crítico, el pensamiento ético; los derechos y deberes correlativos en las comunidades de aprendizaje, en relación con el uso de tecnologías; promover el civismo, los valores humanos, mediante la producción de materiales asequibles, propios y ajustados a los problemas detectados.
Una estrategia concreta es enseñar programación desde los primeros años de escolaridad, y así descubrir las increíbles aplicaciones creadas por los niños. Padres y maestros debemos estimular sus competencias, potenciar sus habilidades y premiar sus logros. En otros términos, dar alas a los niños digitales para que vuelen por sí mismos. ¡Allí nacerían las nociones del liderazgo digital responsable!