
A partir de la Segunda Guerra Mundial se prendieron los primeros signos de alarma. El estallido de las bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki generó dos tendencias: la primera que, supuestamente, ofrecía un mundo más seguro al naturalizar el optimismo, y la segunda, el comienzo de un período inestable con epílogos de destrucción y miedo.
La ciencia -hay que reconocerlo- contribuyó a fortalecer o a minimizar estas tendencias y disyuntivas. La Guerra Fría fue la expresión de la nueva política internacional de terror omnipresente, y abarcó nuevas investigaciones y esfuerzos, en función de una paz posible entre las grandes potencias. Y nacieron mitos heredados, que postulaban una ciencia neutra, universal, progresiva, beneficiosa para la humanidad, desligada de las connotaciones ideológicas, éticas y políticas.
La historia reciente registra la aparición de élites industriales, en la denominada revolución del conocimiento, que giran alrededor de una idea central: que la ciencia y la tecnología forman parte del desarrollo humano, como único paradigma a ser reconocido.
Daniel Sarewitz identifica cinco mitos en relación con la percepción sobre la ciencia y tecnología en últimos cincuenta años:
Estas visiones idealizadas de la ciencia pronto comenzaron a desencantar, cuando se identificaron alertas sobre los riesgos ambientales y sociales de algunos desarrollos científicos. Ejemplos: los efectos contaminantes y cancerígenos del insecticida DDT, del PCB y el amianto; la prohibición de la talidomida, por su capacidad de inducir malformaciones congénitas; los efectos devastadores de accidentes industriales y nucleares como los de Bhopal y Chernobyl, entre otros.
La hegemonía de las corrientes científicas, y, sobre todo, algunos resultados dieron origen a la proliferación de movimientos académicos y sociales que cuestionaban la ciencia oficial, y crearon espacios de corrientes teóricas críticas que interpelaron sus intereses económicos y políticos, con el objetivo de evaluar los aspectos éticos y las consecuencias sociales y ambientales de sus aplicaciones.
Es conocido el informe “Ciencia, la frontera sin fin” presentado a Franklin Roosevelt (1945), considerado un documento canónigo que define, de manera explícita, la política científica y tecnológica de Estados Unidos que rige en el mundo.
Esta contraofensiva a la lógica hegemónica derivó en nuevos estudios, propuestas y procesos en los ámbitos políticos y económicos. Frente al desarrollo del capitalismo incremental, algunos países periféricos promovieron la industrialización por sustitución de importaciones, que se concretaron en promover nuevas políticas de ciencia, tecnología y desarrollo, y la construcción de sociedades más autónomas, igualitarias y vinculadas a la solución de problemas sociales y productivos nacionales con relativa autonomía de los poderes centrales.
Un principio rector reconocido en el siglo XXI es que las ciencias y tecnologías no son neutras. Tienen intencionalidades e intereses. Las razones estriban en que la línea del desarrollo científico y tecnológico es -o pretende ser- un estilo de desarrollo hegemónico, que no es único porque se oculta bajo el paraguas de la universalidad.
Otro punto interesante es la denominada “sacralización” de las tecnologías fomentadas desde los países centrales, que se presentan como inofensivas, únicas, progresivas e inexorables, de gran incidencia en el ámbito cultural y la reproducción de valores ajenos a nuestra idiosincrasia.
Lo anterior se refuerza porque nuestros países tercermundistas no han formulado políticas públicas consistentes en ciencia y tecnología. Y la consecuencia ha sido inevitable: la mimetización del desarrollo científico.
¿Cómo lograr autonomía e innovación? Es una pregunta compleja. Un modelo lineal a considerar sería seguir el proceso: investigación científica + desarrollo tecnológico + progreso social. ¿Cómo descifrar los mitos “naturalizados” de la ciencia señalados en este ensayo?