El Ministerio de la Lectura

No es una broma. Joaquín Rodríguez es el autor del libro “Lectocracia: una utopía cívica” (Gedisa, 2023), quien plantea esta idea maravillosa. Enfoques sobre una propuesta original -la de un compromiso cívico crítico-, en estos tiempos de basura informativa.

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“Lectocracia” intenta responder a una pregunta fundamental: ¿Está la lectura en condiciones de cumplir todavía con su promesa de humanización y racionalización?

Responde Joaquín Rodríguez: “En contra de la opinión general, la lectura no nos hace automáticamente más inteligentes, ni más humanos o compasivos. Los regímenes autocráticos han coincidido en el poder de los libros y la lectura como una especie de ‘bombas atómicas espirituales’ cuyos efectos hay que utilizar o controlar”.

Con los ejemplos de uso perverso de la lectura “agolpándose en las estanterías”, Rodríguez alude a las teorías de pensadores como Peter Sloterdijk, quien “sostienen que este fenómeno histórico bastaría para descalificar a la lectura como una ‘antropotecnia’ válida para abundar en nuestro proceso de humanización. Aboga por la manipulación de otro alfabeto, el genético, para perfeccionarnos, sea eso lo que sea”.

Cultivar el juicio autónomo

Rodríguez destaca en “Lectocracia” que la lectura ha encarnado un principio de esperanza al cultivar el juicio autónomo y el pensamiento crítico de la sociedad. “Si hay que hacer balance apelaría a la herencia que nos dejó Gianni Rodari. Para él, la utopía no era un lugar imaginario, sino uno más de los sentidos constitutivos del ser humano. El papel de los cuentos, la lectura y la escritura era mantenerla viva mediante el escrutinio de las posibilidades infinitas que nos ofrece la realidad. Dicho esto, creo que las utopías son por definición inalcanzables. Se retiran cuando nos acercamos, pero marcan el sentido y la dirección de nuestras acciones”.

Laidea de una lectocracia es, según Rodríguez, “la del empeño serio y explícito, mediante políticas culturales y educativas promotoras de la lectoescritura, por alentar una actitud de compromiso cívico crítico”.

Democratización de la lectura

Según sus editores, “lectocracia es una oda al ejercicio y la práctica de la lectura como fundamento del espíritu crítico, del pensamiento capaz de trascender las convicciones más larvadas, las certidumbres más escondidas, todo aquello que aceptamos irreflexivamente como un a priori incontestable, y que es tan difícil de reconocer como tal precisamente porque duerme agazapado entre nuestras evidencias más irreflexivas”.

Se trata de “un ensayo literario sobre la importancia y la democratización de la lectura, sustentado en citas curiosas, autores de culto, anécdotas históricas, que reclama la vigencia de la utopía humanista y rescata los principios de la ascesis lectora compuestos de paciencia y tenacidad, indagación y reflexividad, contención del juicio y escucha activa”.

¿Edén solidario?

“La lectocracia, un gobierno de buenos lectores, se antoja en un primer momento como un concepto a caballo entre la utopía y la distopía”.

¿Acaso no ha sido el libro la mejor arma de los sátrapas? ¿No son ingenuos los humanistas, desde Cicerón hasta Irene Vallejo, al creer que el don de la lectura convertirá a nuestro planeta en un edén solidario? O peor aún, ¿no se podría esconder, detrás de lo que Terry Eagleton llamaba el humanismo liberal, la intención de enmascarar la desigualdad social con un amor supuestamente puro y desinteresado por la lectura?

Joaquín Rodríguez encara estas preguntas que “pretenden acercarnos a una utopía humanista donde surja una ascesis lectora llena de curiosidad y reflexión. Al fin y al cabo, y como dice el autor recordando a Oscar Wilde, un mapa del mundo que no incluya Utopía no es digno de consultarse”.

Ideas de Joaquín Rodríguez

Para Peter Sloterdijk la lectura ha traicionado los ideales del humanismo, porque es una antropotecnia (una tecnología inventada por los seres humanos) radicalmente insuficiente para hacernos mejores.

Existen varias razones para crear no lectores, aunque la mayoría de las sociedades democráticas presuman de iniciativas de fomento de la lectura: en primer lugar, la procedencia social, el capital cultural y educativo de las familias que se transmite a los hijos en forma de expectativas y de un conjunto de intereses, gustos y prácticas solidarias, entre las que no suele estar la lectura; en segundo lugar, una escuela jerárquica, desinteresada por completo de los intereses y los afanes de quienes deberían convertirse en lectores, empeñada en imponer cánones muy distantes de las zonas de desarrollo de quienes deberían asumirlos; en tercer lugar, dos mundos que apenas se rozan: el de los nativos digitales y el de los tipográficos, que utilizan lenguajes, medios y dispositivos diferentes, que se comunican y expresan de distintas maneras, creando modelos discursivos muy alejados entre sí.

Un supuesto Ministerio de la Lectura y el Pensamiento Crítico responde a aquella idea manifestada en el año 1977 por Kurt Vonnegut. Aunque aquello sonara como una provocación, como una burla, de lo que se trataría es de promover colectiva y ordenadamente una forma de lectura que nos sirviera a todos para aguzar nuestro juicio, para fortalecer nuestro entendimiento, para ejercer nuestra capacidad crítica, para no dejarnos hablar por los lugares comunes, para no dejarnos manipular por consignas y pensamientos prestados, para navegar airosamente en un mar de información tóxica y apenas contrastada, para elegir soberanamente aquello que nos convenga, para intervenir en nuestra comunidad aportando algo de valor, porque no hay democracia sin lectura.

Ivan Illich reclamaba hace años que en un mundo de múltiples alfabetizaciones en los que predomina la imagen y el sonido, la lectura era una forma renovada de ascesis, de contención y maduración del juicio, de inversión voluntaria de la atención en un proceso de comprensión y empatía con ideas ajenas.

Es cierto que, en nuestra era digital, con formas discursivas en las que preponderan las mezclas de objetos digitales de toda índole, un simple texto pueda parecer remoto y aburrido, pero es nuestra misión justamente llamar la atención sobre el lugar que debería ocupar esta práctica en ese nuevo mundo, sobre la indiscutible relevancia que sigue teniendo para hacer justicia a la etimología de la palabra lectura, que habla de la capacidad para saber escoger.

En un mundo de inteligencia artificial y verdades algorítmicas que se toman como incuestionables, no encuentro que haya muchas cosas mejores que la lectura para interponer nuestro juicio y reclamar nuestra condición humana.

Fuente: https://www.huffingtonpost.es/opinion/utopi-civica-llamada-lectocracia.html