Fecha de publicación:
Fecha de modificación:
Antes de la llegada de los españoles hubo aquí, en América, asentamientos indígenas de notable desarrollo. Estados Unidos, México, Centroamérica, Perú, Bolivia, Ecuador, y todas las regiones de América del Sur estuvieron habitadas, en la etapa precolombina, por culturas que, según investigaciones, tenían el “vaso lleno” —¡qué gran paradoja! — de vida y organización sociocultural, con monumentos, ciudades, caminos, acueductos, zonas de producción, medicina, creencias y dioses…
Pero la conquista —hay que decirlo— fue tan brutal con pocos hombres a caballo, armas de fuego, religión incluida y… enfermedades, que los famosos imperios indígenas sucumbieron, más sus huellas quedaron impregnadas para siempre en el mestizaje.
Los españoles dejaron su impronta. Dominaron y sojuzgaron. Impusieron leyes, religión —la católica—, y su poder. Y con las rocas labradas por el indigenado, los realistas con los criollos construyeron conventos, iglesias, capillas y… organizaron procesiones para alabar al Altísimo.
La historia de los indígenas dominada por el sol y otros dioses como la Pachamama había sido suplantada por la nueva ciudad —la ciudad de Dios, de san Agustín—; sin embargo, la ciudad indígena jamás fue colonizada porque sobreviviría en los corazones, en la sangre de los nativos.
Una muestra evidente está descrita en el libro “1491”, la nueva historia de las Américas antes de Colón, publicada en 2005, en su versión original en inglés, y en 2006 en su traducción al español, por el científico estadounidense Charles C. Mann, que aborda el tema de la América precolombina, que se expresa en la chakana.
La chakana corresponde a la Cruz del Sur o cruz cuadrada, que rige la crianza de la chacra en los pueblos andinos. La chakana marca el pensamiento de la cultura andina, que se expresa en el principio de la reciprocidad del aprendizaje, que dice: “todos aprendemos y todos enseñamos en la vida y para la vida”. La cruz cuadrada comprende: “Aty” = organización; “Yachay” = educación; “Ruray” = producción; y “Munay” = espiritualidad, energía.
Sobre estos supuestos verificables, la intención es dejar volar la imaginación identitaria para construir futuros (im) posibles. Se trata de recrear una ciudad natural, sin el trazado en cuadrícula de las antiguas ciudades romanas y griegas -los dameros-, que tenían un sentido racional y militar que duró por siglos. Tampoco, la ciudad del siglo XX que desordenó la vida por influencia de los automóviles, sino la ciudad de la poesía y del amor, la ciudad invisible que creó Ítalo Calvino, quien realizó un viaje imaginario por las ciudades perdidas en la historia, pero que cobran vigencia al ver, sentir y vivir en las ciudades contemporáneas.
A continuación, los primeros esbozos de mi ciudad soñada: “Es el paraje donde los pájaros y las flores, las mariposas, las plantas y los animales nativos tienen espacios primordiales; una ciudad de los niños, a prueba de los niños, es decir, de los juegos más tiernos y los más audaces, cuando los adolescentes bajan por los ríos tranquilos y caudalosos”.
“Una ciudad del aire fresco y del arco iris, después de la lluvia; una ciudad con espacios para la belleza natural, sitiada por riachuelos donde las mujeres nadan en las aguas cristalinas y los hombres en las chorreras; una ciudad del agua, aire, fuego y tierra (como los griegos) pero andina, floreciente y cálida”.
“Una ciudad del árbol, el señor de la vida, sin ruidos ni violencia, fruto del sonido de la lluvia, los relámpagos, el rocío de la mañana y el gorjeo de los colibríes. Una ciudad sin zoológicos (donde los animales están presos sin sentencia); una ciudad anclada a la libertad de la naturaleza y sus prodigios, donde sobrevuelen los cóndores patrios”.
“Una ciudad genuina -que profetiza la paz- gobernada por los defensores de la vida y la sabiduría, sin cortes supremas, ni leyes, ni votaciones, ni democracia, ni autos. Una ciudad dirigida por las mujeres: ¡la warmicracia! Una ciudad, sede oficial de la poesía y sus valores esenciales: la belleza, el amor y la virtud eternos”.
Esta es una aproximación. Habrá más tarde el relato de nuevos barrios con nombres de mujeres, que desembocarán en el mundo del arco iris, donde las metáforas serán construidas con una nueva gramática arquitectónica -puentes y no muros, en la línea del horizonte andino, con silencios y susurros y no motores-: la ciudad-paraíso de los niños que juegan sin peligro con las mariposas y las flores…