

El mundo no ha reconocido la estatura intelectual y moral de María Curie, la primera mujer que dictó clases en La Sorbona, y ganó dos premios: el Nobel de Física (1903) con su marido, Pierre Curie, y el físico francés Antonie Henri Becquerel, y tras la muerte de su marido, el Nobel de Química (1911) por el descubrimiento del radio y del polonio. Nadie ha obtenido dos Nobel en disciplinas científicas diferentes.
Pequeña, reservada, sobria y austera, Marie Curie unió a sus descubrimientos -que constan en la tabla periódica- su profundo sentido nacional. Nació en Polonia como Manya Sklodowska, y prosiguió sus estudios en Francia. Por esta razón, designó polonio a uno de sus descubrimientos en homenaje a su país natal.
Su amor a la ciencia provino de su padre, profesor de física. Ya en Francia, madame Curie se caracterizó por su sencillez y carácter férreo en sus propósitos científicos. Sus investigaciones eran la razón de ser de su existencia, en un mundo aquejado por la crisis económica y política, a comienzos del siglo XX.
Encerrada en su laboratorio, le desagradaba la publicidad. Su mente y su corazón estaban concentrados en la ciencia, y su corazón en su marido, Pierre Curie, con quien procreó dos hijas: Irene y Eve. Irene Curie, también científica, fue una química brillante, quien, junto a su marido Frederic Joliot, descubrió la radioactividad artificial (1934) y galardonada con el Premio Nobel. Fue la primera vez en la historia que madre e hija alcanzaron tal distinción.
Madame Curie nunca entendió que a la prensa se interesaba más a los científicos que a la ciencia. Una excepción ocurrió cuando, después del fallecimiento de su marido, aceptó la cátedra en La Sorbona (1906). Vestida de negro, manos pálidas, temblorosa en sus labios y de frente amplia recibió un aplauso de pie durante cinco minutos, por parte de la comunidad científica.
Esta valiosa mujer no tenía tiempo para banalidades; le interesaba su familia directa y el trabajo. Sus primeras palabras fueron: “Cuando consideramos los avances de la teoría de la radioactividad…”
Descubridora del radio, madame Curie no quiso enriquecerse con su descubrimiento. “Trabajo en aras de la ciencia. Nadie debe enriquecerse con el radio. Es un elemento que pertenece a todas las personas”.
Esta mujer, la más grande de Francia, no soportaba separarse de sus hijas, pero, finalmente, aceptó viajar a Estados Unidos para conseguir apoyo a sus proyectos de investigación. Afrontó el largo viaje y la aterradora publicidad, según ella.
El presidente de Estados Unidos Warren Hardin (1921-1923) entregó a madame Marie Curie un gramo de radio, como donación de las damas norteamericanas, que le conferían todos los derechos. Curie prefirió que el gramo de radio fuera entregado al Instituto de Radio, de París, para uso exclusivo del Laboratorio Curie (1921).
La grandeza de Marie Curie llegó a lo más alto cuando confesó que uno de sus sueños fue “tener su propia casita en un lugar tranquilo, con un jardín, flores y pájaros”. Con su esposo Pierre, decidió invertir en el laboratorio antes que en la casita de sus sueños.
Marie Curie y Pierre Curie pudieron ser inmensamente ricos al descubrir el radio y el polonio, pero prefirieron una vida modesta, porque estaban convencidos “que el conocimiento pertenece a la humanidad”.
Con el gramo de radio donado en Estados Unidos, Marie Curie siguió trabajando por años. Su marido y ella no tomaron las precauciones debidas, y ambos sufrieron trastornos de salud. En 1934 los médicos le diagnosticaron leucemia. ¡Su asesino fue el radio que había descubierto!
Luego del fallecimiento de madame Marie Curie, un equipo estadounidense de científicos, al descubrir el elemento 96 de la tabla periódica lo designaron con un nombre: curio.