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Jacques Lacan, ¿genio o gurú?

Jacques Lacan nació hace 120 años y murió hace 40.

Rostro de afiche para unos y chivo expiatorio para otros, Jacques Lacan sigue abriendo una apasionada polémica en nuestro tiempo. ¿Genio o gurú? Freud francés o Dalí del psicoanálisis, el hecho es que en los últimos treinta años de su vida no solo dominó el psicoanálisis en Francia sino que mantuvo interesado, alrededor de sus formulaciones, a todo el movimiento intelectual. El punto medular de la polémica está en que no enriqueció el psicoanálisis con un aporte “original” a la manera de Klein, Winnicott o Bion, fue más bien el único en regresar y volver a fundar en su conjunto la obra del fundador, S­igmund Freud.

El reconocimiento le llegó a partir de la publicación de su tesis sobre la psicosis paranoica. En este trabajo, Lacan propone una escritura de la locura tan nueva para la época como la de Breton o Bataille. En lugar de un tradicional estudio del caso, se encuentra en su tesis de 1932 una especie de novela redactada en un estilo flaubertiano, es decir, en una lengua literaria irreductible a la lengua del discurso psiquiátrico. Cuenta la historia de su heroína con la pluma de un auténtico escritor, trasponiendo en el personaje de Aimée los malestares de una moderna Emma Bovary.

En ese entonces, Lacan no era freudiano pero redescubre su obra a la luz del spinocismo en un contexto cultural francés y en un terreno clínico estrictamente psiquiátrico. Había leído la historia del presidente Schreber, es decir, sabía el lugar particular que Freud da a la paranoia y conocía además sus clásicos. Así, su monografía se parece extrañamente a uno de sus cinco casos de psicoanálisis, pero en Francia juega el papel de un texto fundador, tomando el valor ocupado en otros tiempos por los estudios sobre la histeria en el apogeo del movimiento psicoanalítico internacional. Ya no se trata de hacer de la psicosis una auténtica enfermedad, al contrario, puede designar una proximidad entre dos realidades, la locura y la razón; más aún, se trata de descentrar el mundo de la razón y volver coherente o expresable aquel de lo imaginario.

Se han hecho algunas conjeturas alrededor de este trabajo. La fundamental es, quizás, que el análisis que no tuvo lugar con Loewestein, se desarrolló para Lacan en otro espacio, cerca de Aimée, la paranoica. Lacan la conoció en el asilo de Sainte Anne, donde trabajó muchos años presentando casos con ese arte de la observación heredado de Clérambault y una estética del comentario heredada de Kojève. Son los dos únicos intelectuales reconocidos por Lacan como sus maestros. Sin embargo, si con Clérambault aprendió a observar a los locos, con Aimée renuncia a convertirse en Clérambault, así como Freud renunció convertirse en Charcot. Es decir, es como si Aimée hubiera sido a Lacan lo que Fliess a Freud, con la par­ticularidad de parecerse tanto a Schreber como a Anna O.

Fundador, en 1964, de su propio grupo, la Escuela Freudiana de París, se mantuvo como su director hasta disolverla en 1980, situación que dio paso a la constitución de la Escuela de la Causa Freudiana.

A partir de la muerte de Lacan, varios grupos, escuelas y asociaciones se han fundado, reivindicando todos la herencia de su obra.

La fundación de la Escuela Freudiana de París fue un efecto del ‘impasse’ de 1953 con la IPA (Asociación Psicoanalítica Internacional), a la que Lacan le cambió las siglas por las de Samcda (Sociedad de Asistencia Mutua Contra el Discurso Analítico).

En ese año introdujo una de sus máximas teorizaciones: “los tres registros de la realidad humana: el simbólico, el imaginario y el real”. El simbólico comienza a definirse alrededor de la palabra. Hay, en la lengua algo discernible y el significante es su nombre. Este será, durante largo tiempo, un punto privilegiado de la reflexión lacaniana, además de haber sostenido hasta su vejez la primacía del simbólico sobre el imaginario, que es el orden que representa aquel ordenamiento que permite la constitución de la imagen del sujeto mediante la convergencia de fantasías, deseos, semejanzas, significaciones. Sin embargo, a partir de 1974 trata de anudarlos con el otro registro, lugar lógicamente demostrable pero del cual el sujeto no puede dar cuenta, el real. Se obstina delante de cubos y cuerdas como un lógico errante para darle al psicoanálisis un orden formal, que no le haga caer en una especie de ocultismo. La producción, a la luz de la topología, fue así el último combate de este gran artesano de la función simbólica.

 *D.E.A. en Psicoanálisis,

Universidad París Vlll-Francia.