

No lo pude creer. El maestro estaba al otro lado del teléfono. “¿Puede venir a mi casa?”, me dijo. Me quedé sin palabras. Al reaccionar no tuve alternativas. “Gracias, para mí será un honor”, contesté.
Llegó al día y la hora acordados y me recibió en persona. De baja estatura y un poco grueso, su mano era grande y callosa; su traje, el de un pintor, con una bata blanca impecable, su melena alborotada y amplia sonrisa. Mi invitó a realizar un tur por su famosa casa, ubicada en Bellavista, al norte de Quito. Mientras andaba abría sus brazos y hablaba en voz alta, con entusiasmo y dulzura.
– Soy indio y lo digo con orgullo-, expresó. Y lo que soy se lo debo a la vida, en especial a mi madre.
Y continuó su relato, mientras recorríamos su casa-museo, la “Capilla del Hombre”, de su creación. La historia de su vida estaba ahí: en pinturas grandes, medianas y pequeñas que pendían de sus paredes.
-¿Sabía que mi madre fue lavandera? Lavaba montañas de ropa de las personas aniñadas del centro histórico de Quito. Yo la ayudada como podía. Era un niño y mi afición al dibujo y pintura comenzó allí, al ver las manos de mi madre, que nos dio el pan…
Se paró fuente a un cuadro de la “Edad de Ira”. Respiró profundo y se le humedecieron sus ojos.
– ¡Son las manos de mi madre!, exclamó.
Sus pasos retumbaban en el piso, mientras explicaba la historia de cada pintura. Y llegamos a la “Edad de la Ternura”, una saga de creaciones que delataban la sensibilidad de su autor.
– ¡Es que el pueblo siente su tragedia y su liberación! La verdadera redención está allí: en la ternura, que es esperanza, antes que sumisión.
El maestro seguía su recorrido con paso firme y emocionado, hasta que ingresamos a la parte privada de la casa-museo.
– Es mi alcoba.
Me impresionó el espacio, la sobria elegancia, la cama enorme, de madera negra, y al frente un cuadro de su creación. “Los amantes eternos”, pensé.
Todo, absolutamente todo, ha sido producto de la imaginación del maestro, desde la concepción de la casa, los dibujos, los cuadros y los rincones donde se respiraba arte. A propósito de rincones, no podía faltar la visita al taller.
– ¡Aquí paso mi vida! El taller es mi refugio.
Imposible describir el taller del maestro. Una verdadera parafernalia de telas, bastidores, cuadros, pinceles, pinturas, atriles, lámparas, mesas, equipos para trabajar diversas técnicas, desde un mural hasta una aguatinta, una acuarela, un retrato o sistemas para impresión en serie.
– ¡Es para usted!, dijo el maestro.
Me donó una tela pequeña de su autoría con su firma, de puño y letra, mientras, sonriente, veía la hora. “Voló el tiempo”, manifestó. La visita fue programada para media hora, y habíamos conversado dos.
Nos encaminamos a la salida, en silencio, pero con la alegría de haber compartido gratos momentos. Únicos momentos.
– ¡Y el tiempo se detendrá aquí! – pensó el maestro en voz alta. Y prosiguió: ¡Aquí seré enterrado!, señaló con su dedo derecho un lugar bajo un querido árbol que había plantado.
Me despidió con un abrazo, con un fuerte abrazo, que todavía lo siento.
¡Fue el maestro Oswaldo Guayasamín!