
El problema es estructural porque las raíces de la discriminación son profundas, y la principal se halla en los lenguajes verbal y no verbal, matizados por la violencia simbólica en contextos culturales.
Se reconocen tres tipos de discriminación recurrentes en el uso del lenguaje: el sexismo, el clasismo y el racismo. Los escenarios son múltiples: los hogares, los centros educativos, las comunidades; también algunos textos y expresiones en el ámbito periodístico, redes sociales y libros de texto.
Según la RAE, “el vocablo discriminación proviene del latín discriminatio, que es la acción y efecto de discriminar. Discriminar: seleccionar excluyendo, dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.”
La discriminación es un efecto de la violencia simbólica, producto de la hegemonía cultural, acuñada por el sociólogo francés Pierre Bourdieu[i]. Las prácticas de violencia simbólica son invisibles, porque corresponden a estrategias construidas socialmente, que existen y se reproducen en los lenguajes, los roles sociales, de género, estatus, estructuras mentales, ideológicas y de poder inconscientes, subyacentes o subterráneas. Y son implícitas porque esconden la matriz comportamental de la sociedad,
Esta imposición “arbitraria”, según Bourdieu, corresponde, en esencia, a la reproducción del dominio masculino sobre las mujeres mediante la naturalización de las diferencias entre los géneros, y que es fundamento de otras violencias: intrafamiliar, social, política y criminal.
Jaime Marchant[ii] expresa que la “discriminación es una conducta sistemáticamente injusta y desigual contra un grupo humano. Discriminar consiste en privarle a una persona de los mismos derechos que disfrutan otros”. La discriminación es un concepto flexible y subjetivo, a diferencia de un sistema institucional que deliberadamente excluye y segrega.
“La discriminación es un acto por el cual las personas al creerse superiores segregan o menoscaban a otras de distintas maneras. Estas personas se sienten inferiores y con el tiempo reproducen rencores y desarrollan actitudes negativas frente a grupos específicos, que fomentan el desacuerdo y la violencia”.
Se ha reconocido que el lenguaje discriminatorio reproduce actitudes cotidianas contra los pobres[iii], los discapacitados, los extranjeros, por cuestiones estéticas -como la obesidad- u otras como la discriminación contra la diversidad sexual y el sexo, la clase social y el color de la piel. Es decir, las palabras generan o refuerzan los prejuicios que hay en la sociedad.
La discriminación es de carácter estructural. Sus raíces son muy profundas y se hallan en la matriz cultural. Y el lenguaje verbal y no verbal son los vehículos de la discriminación
. Racismo y xenofobia, color la piel.
. Homofobia o rechazo a las orientaciones sexuales distintas a las mayoritarias.
. Discriminación a personas discapacitadas, enfermas o de tercera edad.
. Discriminación a los niños y a las mujeres (machismo).
. Diferenciación según el estrato social, en especial a los pobres (aporofobia).
. Discriminación religiosa.
. Discriminación por razones estéticas (delgadez, obesidad).
. Discriminación a extranjeros.
Un punto de partida es el reconocimiento científico, ético y cultural que hay una sola raza: la humana. Es improcedente, por lo tanto, hablar o escribir raza negra, raza blanca o raza mestiza. Hoy se prefiere hablar de etnia. En las siguientes líneas, algunos problemas recurrentes:
Se escribe: ‘Fueron detectadas aguas negras…’
Debe escribirse: ‘Fueron detectadas aguas residuales…’
Se escribe: ‘Personas de tez morena asaltaron…’
Debe escribirse: ‘Personas asaltaron…’
“Ese tipo es un ‘indio’ insoportable” o “vámonos de aquí, llegan negros” … “Ese ‘longo’ nos mira, está loco”. Son algunas expresiones que se oyen con frecuencia y que ponen en evidencia la forma soterrada de racismo que se manifiesta a través del lenguaje. Las palabras dejan entrever una realidad que no se nombra, pero que existe.
En el ámbito escolar se ubican conceptos y prácticas de discriminación, de manera especial, contra indígenas y afrodescendientes. Ciertos textos escolares todavía se refieren a…
– los indios salvajes de la Amazonia
– los morenos de Esmeraldas
– el látigo todavía permanece
– la esclavitud fue necesaria
– la historia tiene alma negra…
En los últimos años, debido al auge del uso de un lenguaje no sexista, se está extendiendo la costumbre —innecesaria según la Real Academia Española— de hacer explícita la alusión a ambos sexos cuando se utilizan sustantivos o adjetivos animados: “Los alumnos y las alumnas de esta clase ganaron el concurso de belleza”.
Con el objetivo de economizar dicho lenguaje, ha comenzado a utilizarse el símbolo de la arroba (@) como recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y femenina del sustantivo, porque este signo incluiría en su trazo las vocales “a” y “o”. También es conocido el uso inadecuado de “los/las”, “todas” y “todos”. ¿Discriminación positiva?
Álex Grijelmo[iv] tiene un importante estudio sobre este tema en su libro “Propuesta de Acuerdo sobre el Lenguaje Inclusivo”.
Todo tipo de discriminación constituye una violación de los derechos humanos y de la dignidad humana. Esta situación ha existido desde hace mucho tiempo, y a la que hoy todavía se enfrentan millones de personas en el mundo. En un sentido amplio es una infracción al principio de igualdad entre los seres humanos. Y depende del tiempo, el contexto, el lugar y las ideologías.
La alternativa es la inclusión, no solo en las normas jurídicas y en los reglamentos, sino en la práctica cotidiana: el hogar, la escuela, los medios de comunicación y las redes sociales. Los profesores que tenemos el don de la palabra podemos incidir en la mejora del lenguaje de nuestros niños y jóvenes, mediante la conversación amigable, el debate académico y la actitud respetuosa frente a las personas diferentes y quienes piensan diferente. Recordemos que los derechos humanos implican, necesariamente, responsabilidades con nosotros mismos y las personas con quienes nos relacionamos.
Y un principio básico: el trato a las personas nos concierne a todos, porque, en un sentido amplio, todos somos educadores. Y educar significa formar -comunicarse en la dirección del ser humano- que modela nuestros comportamientos. El trato discriminatorio de las personas –por el color, edad, raza, credo, nacionalidad, condición económica, sexo o incapacidad- es incompatible con la misión de educar.