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La gallística y la tauromaquia en sus diálogos con la literatura

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‘A ver si ese gallo le hace el favor a tu mujer”, suelta Prudencio Aguilar, amo del gallo derrotado, contra José Arcadio Buendía, en medio del palenque. Tras la frase y la reacción de los involucrados se esconde la fundación de Macondo; esa villa que desde ‘Cien años de soledad’ se erigió como paradigma de la Latinoamérica del realismo mágico.

Pero la gallística no se queda solo en la más famosa novela del Nobel nacido en Aracataca. García Márquez hace que un gallo sea elemento trascendental en la narración de ‘El coronel no tiene quien le escriba’. La misma gallera donde murió Agustín, el hijo del coronel, es en donde se deposita la única y final esperanza del anciano. A tanto llega la confianza del coronel por el gallo que esperará 45 días, hasta el día del combate, comiendo mierda. En el universo de García Márquez, la gallística se manifiesta en situaciones donde se pone entredicho el honor y que concluyen con tragedia.

Además, el Gabo adaptó al cine, junto a Carlos Fuentes y Roberto Gavaldón, la historia del mexicano Juan Rulfo, ‘El gallo de oro’. La novela, que llegó antes al cine que a las editoriales, cuenta cómo los cuidados de Dioniso devuelven la vida a un gallo dorado que resulta vencedor en las riñas del pueblo. El ambiente de las galleras se mezcla con el misterio y las pasiones que levanta La Caponera.

Desde el sur, de Perú, un relato ha permanecido en los tiempos como un referente de la gallística en la literatura, ‘El caballero Carmelo’. Este cuento, de Abraham Valdelomar, habla del amor con el que un gallo es criado por los niños de una casa, hasta que su padre lo pone a luchar para mostrar la ‘casta’ del animal con uno más joven.

A Jorge Luis Borges también le atraían las riñas de gallos y si bien reconocía su crueldad, le parecía “un deporte imparcial”. Llegó a escribir de los palenques como “calientes reñideros donde giran los crueles remolinos de acero y aletazo, grito y sangre”.

En las letras ecuatorianas, la riña de gallos da nombre al capítulo IV de ‘El cojo Navarrete’, novela de Enrique Terán. Un gallo rojo y otro verde son los protagonistas del combate mientras fuera de la arena, son cuestiones de poder las que están en conflicto. La gallística se cuenta también en pasajes de la literatura de los 30, como en los relatos del guayaquileño José de la Cuadra.

Y en relación al mundo taurino la literatura parece multiplicarse. Los textos, poesías, relatos, ensayos, crónicas periodísticas y tratados filosóficos arman una nutrida biblioteca. Desde un tropel de poetas españoles, pasando por escritores de Latinoamérica y seduciendo también a los autores anglosajones.

Entre estos últimos el más conocido es Ernest Hemingway, quien con ‘Fiesta’ ingresaba a este mundo y en ‘El verano peligroso’ compartía la rivalidad – amistad habida entre los matadores Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín. Aunque Hemingway fue asiduo visitante de la Plaza de Las Ventas, en Madrid, sus valoraciones sobre la fiesta taurina se han puesto en entredicho, por el conocimiento poco profundo de los toros.

De eso parte el cronista argentino Martín Caparros, para escribir ‘Las bolas no cuentan’, una narración de sus encuentros con Antonio Ordóñez y de cómo se fascinó y creció en afición por la tauromaquia. Afición que es compartida por Mario Vargas Llosa, Premio Nobel 2010.

Otro estadounidense, Raymond Carver, sorprendió en su antología ‘Call if you need me’, al incluir el cuento ‘ The aficionados’, donde el juego dentro del ruedo se replica en la relación de una pareja que ve una corrida.

En España, la generación del 27 fue prolífica al tratar temas taurinos. Prueba de ello, la elegía que lamenta la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, escrita por Federico García Lorca (“A las cinco tarde’”); o, el compendio de poesías y prosas taurinas de Gerardo Diego, con líneas dedicadas a pases capoteros, a figuras del toreo, a las relaciones que guarda con la danza y la pintura (consideraciones que merecen otro espacio).

También están las contemplaciones llenas de color de Rafael Alberti, poeta que vistió de luces en una sola tarde. Y las reflexiones en torno a la tragedia que se encierra en el ruedo, la lidia y la faena, y que se extraen de los sonetos de Miguel Hernández; textos que dejan entrever las relaciones entre el humano y la bestia en un triángulo de vida, amor y muerte. Otros sonetos, más recientes, los de Joaquín Sabina, le cantan a los toreros Antoñete y José Tomas.

Mientras que el Nobel Camilo José Cela, quien de toros ha escrito ‘Torerías’ y ‘El gallego y su cuadrilla’, ha dicho “El toreo es un arte misterioso, mitad vicio y mitad ballet”. Por su parte, José Bergamín hizo de la corrida, “la música callada del toreo”.

En el país, la presencia de la tauromaquia en las letras se puede contar desde la leyenda quiteña de la casa 1028, con el toro que persigue tras un festejo a Bella Aurora; hasta el concurso que la peña taurina El Albero realizó hasta hace un par de años, con nutrida particpación internacional. En colaboración con esta peña, editorial El Conejo publicó ‘Cuentos taurinos’, en el 2002. Memorable es también el cuento del ambateño Iván Oñate, ‘La media estocada’.

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