
En el ámbito educativo se habla de evaluación, y dentro de la evaluación se identifican estándares; es decir, categorías o sistemas que permiten valorar los aprendizajes en función de los procesos y aprehensión de conocimientos generados en las aulas y fuera de ellas.
La mayoría de los docentes -salvo excepciones- pone énfasis en la transmisión de contenidos, para que los niños reciten en los exámenes, muchas veces sin entender. La pedagogía tradicional está llena de ejemplos -o malos ejemplos- de cómo la mera transmisión no resuelve la misión esencial del profesor: enseñar -a los estudiantes- a aprender por sí mismos.
En otros términos: no se trata de transferir conocimientos que están en los libros o en la web, sino transferir el método o métodos para que los alumnos descubran, a través de operaciones intelectuales, los procesos que los llevan a conocer, comprender y actuar para resolver problemas.
Los estándares representan los criterios o niveles establecidos que se consideran ideales o deseable en una situación específica. El primer paso para enserñar estándares intelectuales es la prgunta, enfocada siempre a despertar curiosidades y nuevas preguntas sobre la realidad. Se proponen cinco, relacionados con el pensamiento crítico, un tema en particular y las situaciones concretas de la vida de los estudiantes:
Se considera un estándar de entrada. La claridad es importante porque relaciona el aprendizaje con el contenido. Si a los estudiantes no les queda claro un tema, el resultado es evidente: no lo han aprendido. También ocurre que no pueden explicar con sus propias palabras, o si no pueden dar un ejemplo, se repite la historia: no aprendieron.
Ante estas situaciones, el papel del profesor es relevante. Si los niños no tienen claridad, el docente debe repetir con sencillez el tema o problema; ayudarlos a comprender el asunto y poner ejemplos, mediante algunas estrategias: “Ten la bondad de repetir el contenido, explica lo que has entendido con tus palabras; ilustra con una historia, una comparación; pon un ejemplo”.
Este formato sirve tanto al hablar como al escribir. Se utiliza para afirmar un concepto o la idea principal de un autor; para resumir un cuento leído o un capítulo de un libro, con el objetivo de traer ideas a su pensamiento.
Una regla de oro es pedir a los estudiantes que expresen en sus propias palabras un concepto o contenido nuevo, y practicar lo que otros niños dicen. Algunos profesores utilizan tarjetas, para evitar que participen solo los niños que levantan la mano.
Certeza. El estándar de certeza tiene relación con la seguridad o credibilidad de una fuente de información. Ingresa a la clase el tema de la verdad, que es una categoría sostenida por la lógica, pues es el nivel más alto del conocimiento, según los griegos.
Edgar Morin plantea la incertidumbre, como característica del mundo de hoy. Dentro de este contexto, el docente tiene la obligación de presentar temas asequibles a la edad de los estudiantes, e invitar a plantear problemas. Nadie tiene la verdad absoluta, pero hay que intentar que la información que se lleva a la clase sea veraz y debidamente contrastada; es decir, con varias miradas, con autores reconocidos y, sobre todo, bien argumentadas.
Nuevamente las preguntas ingresan al escenario escolar: ¿Cómo saben que es cierto? ¿Hay evidencias? La certeza es amiga del sentido común. Si bien algunos niños repiten frases que no son ciertas, es importante iniciar en los estudiantes procesos de reflexión que les permitan relacionar, comparar, analizar, sintetizar y predecir.
Cuestionar es bueno y también dudar. La duda metódica es una estrategia para descubrir la verdad.
Para los niños la relevancia equivale a importancia. A veces la relevancia puede ser subjetiva, pero en todo caso debe ser respetada. En general un asunto es relevante (importante) cuando ayuda a resolver un problema.
Se dice que los buenos pensadores se ocupan de asuntos importantes. Así como hay preguntas relevantes hay respuestas relevantes; es decir, argumentadas. También hay preguntas irrelevantes, pero el docente no debe hacer cháchara o disminuir su valor. A veces los niños se atreven a levantar la mano para demostrar que saben preguntar o buscar protagonismo.
La idea central es que los estudiantes aprendan a formular preguntas relevantes. Un trabajo de grupo ayuda en esa dirección, cuando el profesor coloca sobre la mesa preguntas relevantes e irrelevantes. Los niños conversan, debaten y deciden la pregunta más relevante, con argumentos: ¡la relevancia de la relevancia!
La lógica es un estándar intelectual superior. La lógica es la ciencia de las ciencias. Su creador fue Aristóteles. Según él, es la ciencia del pensamiento correcto (verdadero). En términos amplios, la lógica nos acerca a reconocer que un concepto o un tema tienen sentido, porque nos ayudan a resolver los problemas, desde los más insignificantes hasta los más grandes y profundos.
¿Para qué vivo? ¿Cuál es la razón de vivir? ¿Qué valor tiene decir siempre la verdad? Son algunas preguntas interesantes. La lógica nos enseña a razonar y acercarnos al pensamiento crítico.
Es otro estándar intelectual básico y fundamental. Aprender a desarrollar un pensamiento justo es clave. La justicia es un valor que tiene relación con la Ética, que es la ciencia que estudia los comportamientos humanos (buenos o malos).
Aprender a ser justos desde niños es un objetivo central de toda educación integral. El tratamiento de casos y en grupo ayudan a establecer categorías, y a buscar soluciones ancladas al respeto, a la equidad y la solidaridad.
Los niños deben aprender a ser justos consigo mismos, con sus compañeros, padres, hermanos y maestros. Fomentar la práctica de la justicia desde edades tempranas es una gran estrategia para formar buenos seres humanos y correctos ciudadanos, alejados de la codicia y egocentrismos.
¿Es justo lo que estoy haciendo? ¿Me pongo en el lugar del compañero? ¿Respeto los sentimientos de los demás?
Los estándares intelectuales son indispensables en toda relación educativa porque proporcionan marcos de referencia comunes que permiten la comparación objetiva y aseguran la uniformidad y calidad de vida en distintos contextos. Son esenciales en las aulas, en las familias y en el mundo laboral. Un estándar de comportamiento puede establecer normas éticas o de servicio.