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Caterina Costa: ‘La diversidad es la que nos hace ricos como país’

Costa es miembro de la Fundación Niños con Futuro. Fue reelegida por dos periodos como presidenta de la Cámara de Industrias de Guayaquil. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

En 85 años de historia de la Cámara de Industrias de Guayaquil, Caterina Costa fue la primera mujer presidenta del gremio. Fue por décadas vicepresidenta de Poligrup, industria de plástico de Guayaquil.

Ahora es presidenta de la firma, el cargo que por cuatro décadas ocupó su padre -José Felipe Costa E.-, fallecido a causa del covid-19 en octubre del 2020.

¿Cómo fue tener a su padre como su primer jefe?

Luego de graduarme del colegio me fui a trabajar con mi papá en el consulado de Canadá; él era cónsul. Era un jefe muy exigente y eso es bueno; se lo agradezco hasta el día de hoy porque me dio una cultura de trabajo. En la empresa tenemos una regla, que nadie de la familia puede entrar directamente a la empresa si no ha hecho experiencia afuera. Luego trabajé en el Banco de Crédito y en otros lugares, antes de recalar en Poligrup. Y la otra regla importante: no porque sea alguien de la familia hay un puesto para esa persona en esta empresa.

¿Su padre fue una inspiración, de muchas formas?

Cuando muere mi hermano Felipe fue una cosa espantosa, porque murió de forma repentina en el 97. Mi hermano falleció un sábado, el sepelio fue un domingo y el lunes mi papá me dijo: ‘tenemos que ir a la empresa’. Venir acá, a una empresa de la que mi hermano había sido fundador, donde lo había visto el miércoles, fue durísimo. Mi papá me dijo: ‘Mira allí están nuestros trabajadores y ellos necesitan de nosotros ahorita, porque si nosotros nos sentimos perdidos, ellos también. Tenemos que regresar, hablar con ellos, contarles lo que vamos a hacer, la empresa tiene que seguir adelante y seguir creciendo. Todos ellos también dependen de nosotros’. A los pocos días tuve un sueño con mi hermano, estaba luminoso y me decía: ‘tranquila, todo va a estar bien’. Eso me dio mucha paz.

¿Sin querer su padre la estaba preparando también para el momento en el que él faltara?

Esa es parte de mi formación. Ahora no está y yo sé que él lo que desea es que continuemos con sus proyectos.

¿La mujer en cargos directivos está obligada en cierta forma a masculinizarse?

Eso es un grave error, porque la participación de la mujer cobra importancia cuando ella aporta con su visión a los espacios a donde llega. Aquí recuerdo una frase de un autor español, Ángel Ganivet, que reajustó mi pensamiento: ‘la mujer tiene solo un camino para lograr ocupar espacios que son tradicionalmente de hombres y ese es ser cada día más mujer’.

Hay una tendencia a feminizar a las empresas o al menos a encontrar un equilibrio entre los atributos de ambos sexos. ¿Qué pueden ganar las empresas con esto?

En las empresas al final es un buen negocio. La participación femenina le da insumos a la empresa para encontrar nuevas oportunidades porque de todas maneras el mercado está conformado en gran medida por mujeres. Hay que atender también las necesidades o la perspectiva de un 50 por ciento de ese mercado.

¿Lo ideal en estos tiempos es expresar cualidades de ambos géneros al dirigir un equipo?

Es necesario. La pandemia nos aboca a ser más creativos, a una mejor comunicación y a un toque de sensibilidad en virtud de lo que estamos viviendo. La pandemia nos puso en llaga viva todas las falencias que tenemos como seres humanos. Pero también tenemos herramientas para ser mejores si interiorizamos virtudes como la resiliencia, la solidaridad y la generosidad (…) Las prioridades de los consumidores han cambiado, el entorno nos obliga a reinventarnos y el riesgo de no hacerlo puede significar el fin de una empresa.

¿Qué fue lo más valioso de su paso por la representación gremial?

Tuve el honor de ser la parte visible, la cara y la voz, el músculo y mente de un gremio; pero fui un eslabón más de un equipo extraordinario. Yo me enriquecí con esta experiencia. Con la Federación Nacional de Cámaras de Industrias sesionábamos una vez al mes en una ciudad distinta. En Cotopaxi me regalaron una figura de la Mama Negra, la tengo en mi casa, se llama Baltazara. La diversidad de nuestro país es maravillosa. Ninguna ciudad se parece a otra y la gente piensa diferente en cada lugar.

¿Qué hay de los regionalismos?

No es el mismo regionalismo de hace 20 o 30 años. Creo que hemos logrado entender mejor la riqueza de esa diversidad. Yo espero que a estas alturas nos hayamos dado cuenta que el regionalismo no cabe, porque esa diversidad es la que nos hace ricos como país. A nivel internacional aprecian al Ecuador por eso, un país chiquitito con una diversidad cultural espectacular. Tenemos que entender que esa diversidad es una fortaleza.

¿Considera que algo pudo ser mejor en su paso por las cámaras?

Me hubiera gustado haber podido construir un norte productivo. Lamentablemente en nuestro país la política incide demasiado en la economía. Cuando las metas son claras todo el mundo trabaja en ellas, porque sino se suda mucho y se avanza poco. Es un sueño construir un norte productivo en el que todos trabajemos, que la política le de su acentuación, pero que no lo desvíe. Esta triple o cuádruple hélice, que es la unidad del sector privado, público, la academia y la sociedad civil, todavía no acaba de funcionar bien en el Ecuador. Lo preocupante ahora son las millones de personas sin empleo adecuado. Tenemos que crecer para poder incorporar más gente al empleo formal, que es lo que al final del día dignifica.

¿Cómo evalúa en este marco los nuevos emprendimientos?

Ecuador tiene una alta tasa de emprendimiento, por la misma falta de empleo mucha gente emprende. Es algo que surge en mayor medida por la necesidad; ojalá surgiera más por oportunidad. A veces una necesidad es tan apremiante que no ayuda a decidir bien ese emprendimiento, a enfocarlo mejor y a que sea más sostenible en el tiempo.

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