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En la última década del siglo XX comenzó a transformarse la sociedad sobre la base de un nuevo paradigma. El marxismo ortodoxo que había pontificado la lucha de clases, el materialismo histórico y dialéctico, y generado una ideología de Estado afirmado en la economía centralizada, cedió paso a las corrientes post capitalistas que apostaron en una revolución silenciosa -la del conocimiento- que liberaba las fuerzas de la investigación y las tecnologías en función de la innovación y la creatividad.
El mundo había superado progresivamente la propuesta tradicional, que dividía a las personas e instituciones entre los que tienen y los que no tienen; entre los explotadores y explotados. El cambio significó una nueva tendencia, y otra forma de mirar y concebir la educación, la economía y la política que crearon alternativas hegemónicas inéditas.
La humanidad comenzó a discernir sobre el conocimiento, como un nuevo eje o matriz del progreso humano. Y nació, paralelamente, la dicotomía que subyace en el siglo XXI, entre los ciudadanos que conocen y los que no conocen. Pasó la era de los trabajadores rutinarios, e incluso de los profesionales (instalados en sistemas estructurados), para llegar a un nivel superior -el de los analistas simbólicos-, preparados para investigar, crear, innovar, provocar y producir nuevos conocimientos aliados a la IA.
El conocimiento es una expresión cultural de los pueblos, y una construcción social en la que intervienen el lenguaje y la comunicación verbal y no verbal. Antes se creía que los conocimientos se creaban exclusivamente en los laboratorios y en las universidades, o como facultades intelectivas, ordenadas a la producción de conceptos y a la conciencia de la verdad.
Hoy se reconoce al conocimiento como un algoritmo –sistemas alfanuméricos complejos-, que está asociado inseparablemente a la información (datos) y a procesos de creatividad (innovación), comunicado a través de medios tradicionales y digitales [K=(I+C)s].
En el presente caso podemos acordar, de manera fáctica, que el conocimiento (cognición) equivale al pensamiento (operación intelectual), y al saber (sabiduría).
Es increíble: mientras en el siglo XX las enciclopedias en papel llenaban librerías y bibliotecas en espacios gigantescos y muy vistosos, el conocimiento en el siglo XXI está almacenado en chips super livianos. ¡El conocimiento no pesa -está en la nube-, pero incluye poderosamente todas las sociedades!
En esa perspectiva, el problema no es el almacenamiento per se, sino el procesamiento (selección) y la gestión del conocimiento. Nace entonces la economía del conocimiento que ha revolucionado la forma en que se crea valor en la actualidad. A diferencia de la economía tradicional, donde los recursos físicos eran fundamentales, en la economía del conocimiento el factor determinante es la calidad del conocimiento y el saber. ¡El conocimiento es un bien intangible, un patrimonio más importante que el dinero contante y sonante!
Este nuevo paradigma permite a las universidades y empresas generar, gestionar y utilizar el conocimiento de forma eficiente para destacar y competir en un mercado cada vez más globalizado y competitivo. Se trata entonces de crear valor agregado (añadir saberes aplicados) en la economía del conocimiento, mediante ideas innovadoras, que se adaptan a los cambios del entorno como activos intangibles de la organización, como la experiencia, la creatividad y el talento de sus trabajadores.
La economía del conocimiento prioriza la colaboración, de manera instantánea, presencial y a distancia, y fomenta el trabajo en redes digitales. La información y el saber provocan cambios verificables que se producen y comparten de forma más abierta, que rompen con los modelos tradicionales de jerarquías y estructuras rígidas, al convertir al conocimiento en motor de innovación y ventaja competitiva en un entorno en constante cambio y evolución.
La pregunta es pertinente. Pasó la época en que el sistema educativo preparaba, exclusivamente, empleados para un Estado gordo, ineficiente y pesado. La educación migra hacia otro paradigma: formar ciudadanos eficientes y sensibles, con proyectos de vida, y competentes para trabajar en un mundo distópico con autonomía y libertad.
La nueva educación debe partir de nuevas premisas: la innovación, que supere las operaciones rutinarias; la creación de valor agregado mediante productos y servicios de calidad, con alto valor humano y sostenibilidad; accesibilidad tecnológica, a través del uso eficiente de herramientas (Nube, IA, 3D) que permitan a los estudiantes moverse con rapidez y a bajo costo; y desarrollo de proyectos a escala humana (generadores de empleo)
El Manual de Oslo es la referencia internacional para medir y clasificar la innovación. Distingue cuatro grandes ámbitos, que suelen combinarse en los casos de éxito más representativos: 1) Innovación del producto, que se centra en el lanzamiento o la mejora de bienes y servicios; 2) Innovación de proceso, que busca optimizar el método de producción o de entrega de valor; 3) Innovación de mercadeo, que redefine cómo la empresa se acerca al cliente, su posicionamiento o su precio; y 4) Innovación organizacional, que modifica la estructura interna y las prácticas de trabajo para mejorar el desempeño.
Ecuador debe cambiar su matriz educativa: pasar de un modelo centrado en el humanismo invertebrado y la multiplicación de materias y asignaturas que no sirven para nada, a otro iluminado por la innovación y la defensa de la vida, y el proyecto humano en la sociedad del conocimiento. ¡No puede seguir preparando analfabetos funcionales!
La economía del conocimiento es un motor fundamental para la generación de un desarrollo humano integral, de la mano de la innovación.
En un mundo cada vez más digitalizado y competitivo es urgente aprovechar el capital intelectual y transformarlo en productos y servicios innovadores. Para ello se necesita la actualización y renovación integral de los docentes, y de todas las facultades de Ciencias de Educación del Ecuador. ¡Y la reforma integral de las escuelas del país!