

El coreano Jan, de 23 años, fue mi amigo de juventud. Tenía los ojos rasgados, como todo asiático, y hablaba español casi perfecto. Su traje preferido era la indumentaria del karate-do, de color blanco, que ostentaba con orgullo y humildad en el que se distinguía el cinturón negro.
Con Jan aprendí los fundamentos del karate-do, y llegué con gran esfuerzo a la cinta azul. Mi cuerpo no servía para ejercitar este deporte, que exigía valentía -las caídas dolían, aunque era bueno saber caer, según Jan-; atención y, sobre todo, gran dosis de agilidad mental y corporal.
El karate-do, según Jan, era una filosofía de vida, de defensa más que de ataque. Por eso insistía que toda persona debía estar preparada, porque la violencia se presenta de manera inesperada.
Las inquietudes de Jan iban más allá del karate-do. Era un enamorado del cine de artes marciales, y de los libros de bolsillo. Después supe que sus libros preferidos eran de erotismo, y el infaltable diccionario español–inglés–coreano, que sacaba de sus bolsillos con frecuencia. Jan era un asiático sonriente, ceremonioso, porque hacía venias a menudo. Su cara redonda e inexpresiva, ayudaba, junto con su talante natural, a integrarse con facilidad a la gente.
Un día, Jan, el inquieto, apareció con la sonrisa a flor de piel. Había tramado con tres colegas una “cana al aire”, como sorpresa, para despedir de soltería a un amigo entrañable. Cogieron dos taxis y se encaminaron al sector oriental de la ciudad. Eran las ocho de la noche, caía una leve llovizna y una neblina espesa se paseaba cerca.
Dentro del auto la algarabía era contagiosa, porque Jan creaba una enorme expectativa. “Algo va a pasar esa noche”, repetía con entusiasmo entre risas recortadas, mientras se frotaba las manos. Llegaron al sitio: una casa vieja de dos pisos, que había sido acondicionaba como burdel. Su aspecto, un poco misterioso, no solo por la poca iluminación, sino porque una luz roja intermitente insinuaba un local de tolerancia. El letrero de la entrada impresionó a todos. Una tabla pintada con faltas de ortografía decía: “Hakí es ahká, lo kiso Ahlá”.
Ingresaron en fila india, y un arco de laurel seco les dio la bienvenida. A los pocos minutos estalló la música rock y las luces sicodélicas de diversos colores marearon a los visitantes. Todo el ambiente era rojo fiesta con personas ubicadas en sillas y mesas, en las que atendían chicas ataviadas con maquillajes de colores chillones y bikinis provocativos. El grupo se sentó en una mesa y al instante acudieron chicas con una copa en mano, y sin más se sentaron en las faldas de los caballeros.
– Una botella, por favor- pidió Jan.
-Ya mismo comienza el espectáculo- dijo de una de las chicas. Cundió la oscuridad total en el recinto, y, de pronto, las luces centrales señalaban el centro del escenario donde había un tubo. El público aplaudió a rabiar y salió la primera bailarina, al ritmo ensordecedor de una pieza tropical. Todo el mundo comenzó a gritar, mientras la señorita hacía piruetas en el tubo y arrojaba sus prendas al público. Los hombres lanzaban bolas de billetes a sus pies. ¡Y la mujer seguía su danza!
El espectáculo animaba a todos los presentes, y cuando faltó un pedazo de tela para quedar sin ropa, se oyó atrás un ruido tremendo, y se apagaron las luces.
– “Esto es un asalto, amigos. La fiesta se terminó- gritó alguien muy asustado.
La gente gritó desesperada en busca de salida. Las chicas gritaban por doquier. La confusión era total. Jan ayudó a sus amigos a colocarse debajo de las mesas, y así, en plena oscuridad, gateando, salieron uno tras otro del local por una puerta de escape, ubicada atrás del salón. Cuando todos se reencontraron -tiznados y sucios- se abrazaron con nerviosismo, menos Jan, el inquieto, quien se reía a carcajadas.
– Un trago nos hará bien- expresó. Y todos saborearon un fino licor de una caminera.
¡Terminó así la despedida de soltero organizada por Jan, el inquieto, dedicada a su amigo más querido!