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“Tengo para mí que el despertar de Cuenca a la modernidad comenzó en el año de 1920, en el Centenario de la Independencia. Hasta entonces se había dormido, se soñaba, nada más; se veía la vida con los ojos de nuestros padres y de nuestros abuelos. Ese año, con el vuelo de Elia Liut, Cuenca se abrió al futuro y principió a crecer, se puso de pantalones largos y miró hacia adelante con el esfuerzo tenaz y propio de sus hijos”. Son las palabras de Antonio Lloret Bastidas, en la introducción de su obra maestra “Cuencanerías”.
Y añade: “En Cuenca hemos vivido en paz. Nos hemos llenado de orgullo con los nombres de nuestros prohombres, con el modo de ser de nuestras gentes. Claro está que las cosas han cambiado y ya no se vive del pasado ni de las tradiciones, como antes”.
“Pero en el fondo de nuestro espíritu hay sedimentos que han de permanecer por largo tiempo, latentes. Ese sedimento es el que nos distingue de los demás, porque allí está el alma de la Morlaquía cantarina… Por eso es que me he inventado un título para este manojo de crónicas: “Cuencanerías”. ¿Valdrá el término? Sirva o no, perdure o no perdure, este es mi tributo a Cuenca, la tierra natal que adoro de rodillas, porque su aire y su luz, su sueño y su paisaje, su canción y su esperanza alientan en mi ser y le dan vida”.
“Cuencanerías” tuvo varias ediciones y varios tomos, que registran con rigor los pasajes de esta tierra recreada por la pluma prodigiosa de Antonio Lloret Bastidas: la fundación de Cuenca y sus fundadores; Por qué nos llaman morlacos; El eco del Azuay, el primer periódico de Cuenca; La huelga de los indios; Antaño, la vida era así; Artistas y artesanos, músicos y cantores; De lance en lance, la escuela de tejer sombreros; Un forzado de las letras de molde: vida de Manuel J. Calle, su gloria e infortunio. Y muchos temas más.
Su hogar -un santuario de libertad intelectual- y su biblioteca rebosante llena de libros y recortes de prensa, fueron los espacios naturales donde Antonio Lloret Bastidas acumuló su patrimonio inmaterial; las aulas de los colegios de Cuenca en los que compartió sus saberes; su oficina -en el Municipio– como cronista vitalicio de la ciudad, designado en 1998, y las calles de su querida Cuenca donde caminaba a diario eran las rutas cotidianas de este personaje singular, gran conversador, dotado de un discurso amable y evocador, que, en cada esquina y en los parques, contaba historias y poemas saturados de gracejo y elocuencia.
Según sus biógrafos, Antonio Lloret Bastidas nació en Cuenca el 5 de febrero de 1920. Los abuelos Lloret eran carchenses que llegaron al Azuay en tiempos de García Moreno en calidad de agricultores a explotar la cascarilla en Nabón y Oña. El apellido es catalán y significa laurel en español. Contrajo matrimonio con María Irene Orellana Lituma con quien procreó diez hijos.
Estudió en las escuelas Luis Cordero y San José, y la secundaria en el Normal Manuel J. Calle. En 1939 obtuvo los títulos de bachiller y profesor Normalista. En 1950 ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuenca, donde por razones políticas tuvo que suspender sus estudios en varias ocasiones, hasta lograr, en 1957, culminar su carrera y obtener el título de licenciado.
La vida literaria de Lloret Bastidas fue fecunda, y alternó con sus actividades docentes, periodísticas y políticas. Fue presidente de la FEUE y jefe de redacción del diario El Mercurio, donde publicó historias, leyendas y pasajes olvidados de su ciudad, que luego recopiló en “Cuencanerías”.
Trabajó 40 años en el magisterio nacional. Recibió varios galardones: la Medalla al Mérito Educacional de Primera Clase; la Orden Nacional al Mérito en el Grado de Comendador; Cronista Vitalicio de Cuenca por el Concejo Municipal, en reconocimiento a su labor literaria; Miembro de Número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua; socio cofundador de la Unión de Periodistas del Azuay, y director de la Biblioteca Municipal.
Lloret Bastidas es uno de los escritores y poetas cuencanos más destacados del siglo XX. Entre sus obras se encuentran: “Roberto Andrade, el atormentado por la libertad” (1953); “Centinela del Llanto” (poemario, 1958); “Una Revolución y una Novela” (1959); “Imagen y Memoria de la Poesía”, con el que en 1960 obtuvo el Primer Premio en el Concurso Nacional promovido por el diario El Universo de Guayaquil; “Montalvo y una glosa a Las Catilinarias” y “Romancero de la Gesta Civil” (1962); “El Soneto o la Eternidad de un Momento” y “El Fuego de Prometeo” (1966); “Motivos de la Poesía Cuencana” (1972); “Un Hombre Bajo la Lluvia” (1976); “Cuencanerías” (1978), y muchas más. Sus trabajos sobre poesía, historia, periodismo, educación y cultura forman parte de una obra que consta de cinco volúmenes.
“Ensayos para la Memoria” fue presentado por su familia, con ocasión del Bicentenario de Cuenca, en el centenario del natalicio de Antonio Lloret Bastidas, quien destaca las figuras de Fray Vicente Solano, Honorato Vásquez, José Peralta, Juan Montalvo, Manuel J. Calle, Roberto Andrade y José María Vásquez de Noboa.
Antonio Lloret Bastidas ha sido reconocido como ensayista, poeta, periodista y educador de quilates estimables. Sus textos son motivos inequívocos para la investigación, la reflexión, la creación y el encuentro con las raíces de Cuenca y el Azuay.
Al cumplir los ochenta años Lloret Bastidas escribió: “He vivido midiendo mi pequeñez sin haber logrado realizar todos mis sueños, pero he recibido, en cambio, como recompensa, la dicha del amor de mi esposa y de mis hijos, como una llama de inextinguible felicidad”. Falleció en su ciudad natal, el 5 de noviembre de 2000. ¡Su palabra inspirada perdura para siempre!