La CRESTA del aguarico

Historia real de un gallo que llenó de alegría y descendencia, en tiempos que despertaba a la familia con su canto.

Historia real de un gallo que llenó de alegría y descendencia.

Don Correcto

El gallo es el rey del gallinero, y el que conocí -de nombre aguarico- color rojo escarlata, paseaba orondo por el patio. Era muy fuerte, erguido, pesado, con espuelas de macho y de gran presencia, sobre todo cuando cortejaba a sus hembras. Destacaban sus ojos amarillos y su pico como arma de ataque y, por supuesto, su cresta que dominaba su espacio vital.

A la cresta se le conoce como la carnosidad roja que el gallo y otras aves tienen sobre la cabeza. Es un copete majestuoso, de color rojo encendido, que se agita cuando el gallo canta para despertar curiosidad y delatar su presencia a las gallinas que picotean a su alrededor.

Aguarico nació de una gallina fina, de color negro, y de padre colorado, que vivían en una casa de campo cerca del centro urbano. Su característica era única: tenía el cuello desnudo desde chiquito, y se distinguió por su inquietud, velocidad en el comer maíz tierno y maduro, y beber, de vez cuando, agua con ají que le aseguró una salud y una “pinta” inigualable.

La cresta de aguarico -el gallo aguarico más famoso de la comarca- creció de manera normal, y se distinguía cuando perseguía a una gallina de su agrado. Aguarico arrastraba una de sus plumas en círculos cerrados, mientras la hembra consentía el juego seductor. Sus danzas eran un espectáculo, y en ocasiones producían polvo a su alrededor unido a un sonido especial -un lenguaje de conquista, no cabe duda-, que espantaba al resto de comadres.

Aguarico giraba de un lado a otro, y su cresta se llenaba de sangre que, al parecer, hervía por dentro, mientras una gallina negra, apacible y dominada, se acurrucaba para aguantar el peso del varón triunfante. Consumado el hecho, aguarico abría sus alas como cóndor, respiraba profundo y emitía un tremendo grito, un canto inigualable, mezcla de satisfacción, gozo y liberación. ¡Y luego tomaba agua de ají para refrescarse!

Esta rutina diurna convirtió a aguarico -que no era un inocente quinde- en marido de varias damiselas que, gracias a sus ímpetus patriarcales, el gallinero dio frutos maravillosos: huevos grandes de campo y pollitos de igual estirpe, unos rojos y otros negros, todos con cuellos desnudos. La descendencia creció por años, y aguarico no se cansó de disfrutar de su harem.

¡La población de la familia aguarica se incrementó por obra y gracia de los dones reproductores de su padre, ahora convertido en abuelo!

La fiesta de aguarico dejó buenas historias (descendencia por doquier, deleites e ingresos), así como proteína para los humanos por los ricos caldos de gallina fina o gallos aguaricos, tan duros como pavos reales o avestruces, que se consumían el Día de la Madre y en Navidad.

Y también el portento de aguarico fue inolvidable. En una ocasión, por obra de la vejez, un día amaneció tumbado en el gallinero, muerto. ¡Su canto se silenció para siempre, pero no su hidalguía! ¡Las cinco de la mañana no eran las mismas, pues los cantos de otros imitadores no valían la pena! 

La decisión no fue unánime: nacido para brillar, unas voces decían que aguarico no merece ser comido porque “las mascotas no se comen”; otras, que el alimento de un ser querido es poderosa sanación. Aguarico, después de un acuerdo lastimero, fue convertido en caldo de “gallo hervido”, y su cresta prominente colgada del pecho de un niño enfermo de espanto. Culminado este ritual casero, y ya sano el niño, la gigante cresta amarillenta y seca de aguarico fue colocada a la entrada de la casa, en un lugar visible, para que la gente recuerde que el gallo de la infancia, el rey del gallinero, nunca muere.