
El acceso por sí solo no es suficiente. Y si bien existen esfuerzos, la tendencia mundial es ampliar progresivamente el acceso, porque todavía se evidencian desigualdades y “disparidades”. E insistir en la formación de docentes con el objetivo de garantizar la calidad, el uso del aprendizaje abierto y a distancia, las tecnologías de información y comunicación, y las investigaciones pedagógicas necesarias para mejorar las estrategias didácticas.
Los criterios de calidad con claros: “deben reflejar los objetivos globales de la educación superior, en particular la meta de cultivar en los alumnos el pensamiento crítico e independiente y la capacidad de aprender a lo largo de toda la vida. Dichos criterios deberían estimular la innovación y la diversidad”, declara la UNESCO.
José Joaquín Brunner, uno de los especialistas más reconocidos en el mundo académico, plantea “situar el debate sobre tendencias y desafíos de la educación superior en el marco de la acelerada masificación de este nivel y analizar los fenómenos relacionados con ella: diferenciación de los sistemas e instituciones; cambios en el acceso y las cuestiones de equidad; procesos de transmisión del conocimiento avanzado; aseguramiento de la calidad; procesos de producción del conocimiento avanzado; gobierno de los sistemas; financiamiento y economía política de los sistemas”.
Pero, ¿por qué la gestión de la calidad es pertinente en la educación superior? Esta pregunta tiene varias aristas. En primer lugar, hay que reconocer que la universidad contemporánea ejerce una función importante en la sociedad de hoy. Cada vez más estudiantes se integran a los sistemas de educación superior, debido a la alta demanda y a la responsabilidad de los Estados de proveer mecanismos de inclusión educativa, aunque no siempre la ampliación de cobertura ha derivado en mejoramiento de la calidad de los servicios universitarios. Al contrario, la baja calidad ha generado una serie de inequidades sociales, pese a las altas inversiones especialmente en la educación superior pública.
En segundo lugar, es fácil advertir que una propuesta de calidad, por sí mismo, no garantiza calidad. Es necesario -como advierte Brunner- analizar varios fenómenos asociados a ella. La educación superior está unida inseparablemente a su misión: la investigación científica, la docencia y la proyección social o vinculación con la comunidad, que se complementa con parámetros que deben ser valorados a través de indicadores mediante la gestión.
En pleno desarrollo de la sociedad del conocimiento nada puede quedar sometido al azar o al voluntarismo. La planificación estratégica, sobre la base de diagnósticos y modelos de auto evaluación y acreditación, es no solo necesaria sino obligatoria para establecer sistemas de aseguramiento de la calidad.
En el escenario europeo la educación superior sigue los lineamientos de la Declaración de Bolonia de 1999, cuyo proceso de aplicación se ha ampliado. Este espacio ha permitido la creación de redes de excelencia entre grupos de investigación, la introducción de las TIC en la investigación, la docencia y la gestión, el cambio de paradigma articulado a modelos de aprendizaje centrados en los estudiantes, y la mayor interrelación entre la sociedad y la universidad.
El proyecto Tuning hasta finales de 2004 fue una experiencia exclusivamente europea, como respuesta a la Declaración de Bolonia mencionada, en el que participaron 175 universidades. Luego se diseñó el proyecto Tuning América Latina que, según El proyecto Alfa Tuning América Latina busca “afinar” las estructuras educativas de América Latina iniciando un debate cuya meta es identificar e intercambiar información y mejorar la colaboración entre las instituciones de educación superior para el desarrollo de la calidad, efectividad y transparencia. Es un proyecto independiente, impulsado y coordinado por universidades de distintos países, tanto latinoamericanos como europeos.
Para algunos especialistas, ha dejado de ser un proyecto y se ha convertido en una metodología, que busca encontrar elementos comunes de referencia en las competencias, con una cobertura en 19 países y 190 universidades latinoamericanas. Al respecto se han definido cuatro líneas de acción: 1) las competencias generales y específicas de las áreas temáticas; 2) los enfoques de enseñanza, aprendizaje y evaluación de estas competencias; 3) los créditos académicos; y 4) la calidad de los programas.
Las competencias, según Tuning Europa “representan una combinación dinámica de conocimiento, comprensión, capacidades y habilidades. Las competencias son genéricas (comunes a diferentes cursos), y específicas (relacionadas con un área del conocimiento o campos de estudio).
Otro concepto de competencia en educación, según Tuning América Latina consiste “en una red conceptual amplia que hace referencia a una formación integral del ciudadano, por medio de nuevos enfoques como el aprendizaje significativo, en diversas áreas: cognoscitiva (saber); psicomotora (saber hacer, aptitudes), afectiva (saber ser, actitudes y valores)”.
Todos estos proyectos y espacios son positivos porque contribuyen al mejoramiento progresivo de la calidad de la educación, en sus diferentes niveles y ciclos. En el caso de la educación superior, el aseguramiento de la calidad exige el diseño y desarrollo de políticas universitarias sólidas y un sistema de gestión de la calidad, que son indicadores que sirven para planificar y evaluar todos los procesos inherentes al quehacer universitario.
La calidad es un término con un campo semántico muy amplio y unos límites hasta cierto punto difusos. La UNESCO se refiere a la calidad educativa como un constructo caracterizado por la eficacia (cumplimiento de los objetivos); eficiencia (gestión de recursos para lograr los objetivos); y equidad (justicia en la asignación de los recursos).
Una aproximación al concepto de calidad de la educación superior requiere de supuestos teóricos y fácticos o contextuales. Así, se ha hablado de calidad = excelencia, concepto amplio y generalista; de una educación pertinente a la formación de profesionales, que podría caer en un reduccionismo anclado en sistemas curriculares relacionados directamente con la preparación de recursos humanos calificados, con ausencia de niveles académicos articulados a la docencia, la investigación y la vinculación con la comunidad; y una calidad coherente con los propósitos declarados en el estatuto institucional, con la desventaja que dichos parámetros podrían ser limitados, y por lo tanto, en detrimento frente a otros de más alto nivel.
Hoy en día la calidad universitaria se puede identificar bajo dos premisas: el ser y el modo de ser. El ser, en cuanto a la misión, visión y valores de la universidad, y el modo de ser, en relación a los aspectos operativos o procedimentales, que le acercan a los ideales propuestos, a través de estructuras, sistemas de aprendizaje, investigación, procesos de gestión, auto evaluación y evaluación, en íntima relación con el contexto.
Las normas ISO definen el sistema de calidad de una organización como el conjunto de la estructura de la organización, las responsabilidades, los procedimientos, los procesos y los recursos que se establecen para llevar a cabo la gestión de la calidad en ella. Los objetivos que persigue la implantación de un sistema de calidad de acuerdo con las normas ISO-9000 pueden ser diversos: asegurar que permanente y sistemáticamente los estudiantes alcancen los conocimientos previstos y pactados, y producir el cambio de mentalidad que supone sustituir la buena voluntad por el método científico que se quiera implantar.
Los aspectos operacionales se refieren fundamentalmente a tres factores esenciales: la docencia, en la que predominan la enseñanza y los aprendizajes; la investigación científica, entre ellas las políticas de investigación, la formación de profesores investigadores y, en general, la creación de una cultura favorable a la investigación pura y aplicada; y a la vinculación con la sociedad que retrata la pertinencia social de los estudios y las investigaciones ordenadas a la resolución de los problemas más importantes de un país o una región.
“La calidad de la educación superior, desde un enfoque sistémico, la podemos expresar como las características o rasgos de los insumos, procesos, resultados y productos educativos que la singularizan y la hacen distinguirse (…) La calidad de la educación implica un proceso sistemático y continuo de mejora sobre todos y cada uno de sus elementos. Este compromiso con el mejoramiento viene dado por el propósito de la educación”.
Emilio García, académico de la Universidad Complutense de Madrid, expresa que la calidad de la universidad “puede considerarse desde una doble perspectiva: intrínseca y extrínseca. La dimensión interna –según García- es una exigencia epistemológica de un campo del conocimiento: la universidad transmite conocimientos y valores considerados valiosos; enseña, investiga y aspira a los niveles más altos de excelencia. La dimensión externa se refiere al contexto sociocultural, y la sensibilidad que tiene la universidad a los cambios globales: políticos, sociales, económicos, tecnológicos, culturales y ambientales”.
Esta sensibilidad convierte a la universidad en una organización diferente, especial y particularmente atípica en las sociedades contemporáneas, cuyo gobierno es académico, autónomo y se rige por sus propias estructuras organizaciones, y donde el Estado cumple su propio papel. Bien se ha dicho en este sentido que la universidad es un reflejo de la sociedad y viceversa.