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Bryce Echenique, el escritor que se vuelve un amigo

lfredo Bryce Echenique, el escritor peruano dueño de una narrativa original. Foto: AFP

lfredo Bryce Echenique, el escritor peruano dueño de una narrativa original. Foto: AFP

Alfredo Bryce Echenique, el escritor peruano dueño de una narrativa original. Foto: AFP

Muchos habrían querido ver al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique caer en el ostracismo. Este novelista cometió uno de los mayores ‘pecados’ para la intelectualidad: el plagio. Lo hizo para unos artículos periodísticos. Fue rechazado por ciertos sectores de la comunidad literaria, académica y periodística.

Han pasado 11 años desde que fue declarado culpable, pero el hecho no se puede borrar. Es inevitable que si a alguien se le ocurre solamente mencionar su nombre, tendrá la siguiente respuesta: “¡Ah, el plagiador!”, que derrumba cualquier intento de decir que él es uno de los grandes narradores de América Latina.

Y la verdad es que Bryce Echenique es autor de varias novelas extraordinarias que le colocan en un lugar destacado entre los que sucedieron a los del ‘Boom’, como Manuel Puig o Guillermo Cabrera Infante. Tiene una voz original y, además, desarrolla -quizá mejor que muchos otros- el humor, algo tan difícil de encontrar entre narrativas tan serias.

Su humor no es episódico: es su sostén, su cimiento. Si alguien lee en un bus ‘Tantas veces Pedro’, ‘La vida exagerada de Martín Romaña’ o ‘El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz’, debe tener por seguro que en varios momentos los demás pasajeros regresarán a ver asombrados -quizá asustados- a aquel loco que se ríe a carcajadas por leer un libro lleno de momentos hilarantes .

Pero, quizás la obra que quedará como inolvidable es ‘Un mundo para Julius’, que se publicó hace 50 años. Y se espera que este año se estrene la película basada en la novela, que trata sobre la vida de una familia de la aristocracia limeña.

El protagonista es Julius, un niño de orejas grandes, manos alineadas al cuerpo cuando está parado, con los talones pegados y las puntas de los pies separadas. Su mirada tierna y pura oscila entre la opulencia y el distanciamiento con la familia y la cercanía y el asombro con los miembros del servicio doméstico, que atendían en el palacio señorial.

Hay algo de autobiográfico. Los protagonistas suelen ser el alter ego de Alfredo Bryce Echenique, descendiente de hacendados, banqueros, un virrey y un presidente, José Rufino Echenique (1851-1855) y “considerado el peor presidente del Perú”, se ríe.

Resalta la belleza absoluta, con “Susan linda”, su madre rubia, con un mechón caído que le hace aún más bella y más deseada. O su padrastro, Juan Lucas, la imagen del hombre seguro de sí mismo, un adonis que hace todo bien, siempre tiene la razón y, para colmo, siempre está vestido para la ocasión, incluso por casualidad.

Ambos son admirados y sus amigos son como ellos. Hay quienes no lo son, pero tienen dinero y hacen lo imposible y hasta lo ridículo para alcanzar esa cumbre, como Juan Lastarria, gordito y cursi, que se casó son “Susana fea”, ferviente católica, prima y antítesis de “Susan linda”, que decía “darling” con acento británico.

En una vida de Jaguares, fiestas, cócteles, country club, golf, viajes y la feria taurina (la gran preocupación una vez al año), corre la vida de un niño que hace su primera comunión en medio del apasionado temor a pecar; las disputas con sus compañeros para ver quién es más santo, y no masticar la hostia porque sería, pues, un pecado.

La prosa de Bryce es tierna, tanto como lo es Julius, que intenta y no puede entender a sus hermanos, prototipos del joven irresponsable de familia pudiente, exhibicionistas con los autos. Se la pasan hablando de las “hembritas”, que les “pertenecen”, aunque se sienten con el derecho de buscar sexo con las “cholas”, las guapas eso sí.

Con los años, entenderá que un hermano quiso violar a su niñera -“una chola guapa”- y que su otro hermano solía ir a buscarla en el prostíbulo donde terminó trabajando.

Y ese descubrimiento, cuando ya había crecido sin dejar de ser niño, le aniquila la inocencia. Comienza a darse cuenta de cómo funcionan las cosas, que Juan Lucas -con quien guarda un silencioso odio mutuo-, no tiene la razón en todo. Y la vida le va llevando a dejar de hablar por las noches con el retrato de su fallecida hermana Cinthia.

El mundo de Bryce es doloroso. Julius, Pedro de Balbuena y Martín Romaña son los símbolos de los hombres débiles, los que no son un macho alfa. Es la historia de los sensibles y de los derrotados. Quizá eso explica la función del humor, que puede llegar a ser comedia. Es un mundo tan doloroso que solo podría resistirse con el humor, decía un crítico español.

Bryce señalaba que, a diferencia de la del ‘Boom’, su generación “viene a ser como un comentario al ‘Boom’”. Deja de lado los grandes temas (el dictador, la creación de un mundo, los intelectuales y sus profundas disquisiciones), para apostar “por la entrada del individuo latinoamericano y el sentimentalismo”.

La narrativa de Bryce está volcada a la exageración. “A usted no se le cree ni lo que come”, le dicen a Julius al relatar sus descubrimientos. Son aventuras insólitas que le pueden ocurrir a los individuos. No es una literatura que se pretende intelectual, ni siquiera tratándose de Balbuena o Romaña, que viajan a París para convertirse en escritores, inspirados en Hemingway, por ejemplo, pero que no escriben una sola línea.

Más bien se la pasan en borracheras, muriéndose de amor por una mujer por la que harían cualquier cosa y convertirla en algo heroico, como lo hizo Romaña mientras se ahogaba en el mar. Aunque solo tienen un destino: el abandono de la mujer, de la que jamás dejarán de hablar.

De entrada, el lector se percata de que quien cuenta la historia tiene el enorme placer de hacerlo. Y puede ocurrir una operación interesante: ante tanta página sin desenlace evidente, es como si se estuviera en una noche de copas en alguna casa con uno de los mejores conversadores del mundo.

Y eso es algo que ocurre con Bryce Echenique. Uno encuentra en su obra a un amigo, que es quizá lo que más se busca y menos se consigue. Y a un amigo se le puede decir que estuvo mal, muy mal, plagiar. Pero -qué le vamos a hacer- su literatura es tan original y tan buena, que es imposible decir sin reparo “¡Ah, el plagiador!”.

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