Las identidades de Guayaquil, en 101 mundos creativos

La Bienal Nómades 42° Guayaquil reflexiona a través del ejercicio crítico del arte en el ser urbano y en la esencia de la identidad guayaquileña

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Las fachadas de las casas en las que el fotógrafo guayaquileño Ila Coronel suele reparar en el Guasmo, el barrio de su infancia, son aquellas que se asemejan, por su precariedad o por su nivel de fortificación, más bien “a celdas o a cárceles”, dice.

‘Guasmo’, como el populoso barrio del sur de Guayaquil, se titula una obra que Coronel exhibe en el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo (MAAC) de Guayaquil, como parte de la Bienal Nómades G42°. Se trata de una fotografía de gran formato y de poder visual que fusiona el frente de una casa esquinera, de bloques de cemento desnudo, con un inaudito cielo constelado.

La Bienal despliega 101 obras en 15 000 m² y ocupa el MAAC y los museos Nahím Isaías y Presley Norton. Se trata de la más grande exposición orga­nizada en la ciudad en tiempos de pandemia.

Son 85 artistas de 19 países los que indagan en las ‘subjetividades urbanas’ o, directamente, en la identidad guayaquileña, los temas propuestos.

La foto de la casa esquinera del Guasmo -un simple cubo de construcción sobre otro cubo y un techo de láminas de zinc- se sublima con la vista de un cielo lleno de estrellas captado una madrugada en las montañas de Sígsig, en Azuay.

Ila Coronel, de 39 años, vivió la primera mitad de su vida en el populoso sector de Guayaquil; los últimos 13 años en Sígsig, y lleva a la obra parte de su experiencia personal. Es como si quisiera elevar al Guasmo a otras alturas, a un orden estelar, como si caos y orden se correspondieran.

Lo increíble y paradójico -según Coronel- es que la identidad popular de Guayaquil incorpora nociones de desorden sobre las que cimienta categorías como comunidad, barrio, trabajo, familia u hogar. Y desde donde incluso es posible rozar la felicidad, dice.

‘Felicidad’ y ‘Habitantes del caos’ se titulan otras dos series/instalaciones fotográficas que Coronel exhibe en Guayaquil 42°, en el Nahím Isaías y en el Presley Norton.

“La Bienal propone un acercamiento a Guayaquil en sus múltiples lecturas, desde la cultura popular a la alta cultura, cómo se aprecia la ciudad desde adentro y de afuera”, dice Carlos Vaca, otro de los artistas locales participantes. Él recrea con plumilla sobre la pared blanca del MAAC un grabado de 1862 y dos fotografías poco conocidas de Guayaquil, de 1892 y 1909.

Las obras dan cuenta de la desaparición de un antiguo estero con sus mangles y cocoteros en la calle Loja, cerca del Museo, y de cómo desapareció también un cerro en lo que hoy es el puente 5 de Junio, ambos en el centro de Guayaquil.

La Bienal es un proyecto itinerante que se ha organizado en 10 ocasiones y en siete países. Los 42 grados del título de esta versión -abierta hasta el 15 de septiembre- refieren al mito del calor y de la humedad extrema de Guayaquil.

“Usamos el recurso del tropo 42 grados para afianzar la idea de que Guayaquil se funda en esos extremos insólitos que la radicalizan de forma permanente”, dice Hernán Pacurucu, cocurador cuencano de la Bienal. En esos extremos están, por ejemplo, las riquezas más grandes del país y los espacios menos favorecidos en zonas gigantes de desplazamiento.

Pacurucu considera a Guayaquil un asentamiento transversal de identidades diversas. Y apunta a que el evento concilia dosis de ‘glocalidad’ (globalidad más localidad).

La primera cosa con la que el visitante se encuentra en la muestra colectiva del Nahím Isaías es con una docena de pesadas cabezas de cerdo talladas en madera que cuelgan del techo del recibidor. En esas cabezas conviven a un mismo tiempo lo atroz del descuartizamiento y la oferta gastronómica de los populares sánduches que se comercializan en quioscos y locales del centro.

La aversión da paso a la curiosidad y a la búsqueda de significado. Hay quien las usan como careta, para un retrato. Y en el colmo de la ironía, una de las cabezas cuenta con 5 anillos perforados en una oreja.

La obra escultórica de Damián Sinchi titulada ‘Soy un puerco y los demás también’ habla de esa dualidad de lo que es aceptado y negado en una misma sociedad, como la guayaquileña.