
Las bibliotecas surgieron hace 3000 a.C. en Mesopotamia. Su función primordial fue conservar en tablillas de ladrillo, los mensajes escritos en cuñas. La escritura cuneiforme sirvió para registrar los asuntos contables. La palabra biblioteca proviene de griego “biblión”=libro y “thekes”= caja. Y fue en Grecia donde se difundieron en el siglo V a.C.
La Biblioteca de Alejandría, fundada en el siglo III a.C. en la ciudad egipcia de Alejandría, fue considerada la más grande y famosa del mundo antiguo, establecida bajo la dinastía Ptolemaica, y se convirtió en un centro de investigación y estudio que atrajo a muchos eruditos y filósofos destacados de la época.
Se conoce que el conquistador Alejandro Magno -inspirado en Aristóteles- fundó la ciudad portuaria de Alejandría, en Egipto, en el año 331 a.C. Su intención fue convertirla en la cuna del conocimiento y el aprendizaje de toda la cultura helénica.
Alejandría siguió en importancia a Roma porque confluían en ella personas de diversas latitudes y era la estación principal de comercio con Oriente. Allí pudo haber nacido -según algunos investigadores- el significado de la palabra “cosmopolita” o ciudadano del cosmos, pues albergaba a ciudadanos egipcios, marineros fenicios, soldados macedonios, mercaderes judíos, visitantes de La India y de África.
Frente a la ciudad se extendía la isla de Pharos, unida por un dique de 1.290 m, en cuya extremidad oriental se levantaba el famoso faro construido por los primeros reyes ptolomeos en el siglo III a. C., que tenía 160 m de altura y su luz era visible para los navegantes desde 50 o 60 km de distancia. La mayoría de los edificios públicos se levantaron frente al gran puerto, en la parte denominada “la ciudad real”, que más tarde se llamó el Brucheion.
La antigua Biblioteca fue diseñada por el general de Alejandro Magno y fundador de la dinastía ptolemaica, Ptolomeo I Soter, en el 306 a. C. El ateniense Demetrio de Falea hizo los trabajos preparatorios y los planos del grandioso proyecto de cultura que se denominó “Museion”.
A su hijo, Tolomeo II Filadelfo, se debe la gloria de haber llevado a término el proyecto de su padre, habilitando la Biblioteca, activando la compra de textos y dándole una completa organización. El “Museion” estaba dedicado al estudio, a la enseñanza y a la investigación; constaba de aulas para lecciones, instrumentos astronómicos, salas de disección, jardines botánicos y zoológicos.
Cuenta el geógrafo Estrabón, que lo visitó a finales del siglo I a. C.: “Encierra un paseo, una exedra y una sala en la que se celebran las comidas en común de los filólogos empleados en el Museo. Existen fondos comunes para el sostenimiento de la colectividad, y un sacerdote, puesto en otros tiempos por los reyes y hoy por el César, al frente del Museo”.
La Biblioteca estaba emplazada en el último patio del “Museion”; tenía espaciosas salas para los amanuenses (los que copiaban a mano obras de otros), y artistas, a cuyo cargo estaba la preparación de los códices, la formación de los rollos, el dorado y todo lo concerniente a la encuadernación.
La belleza del edificio era tal, que Tito Livio lo describió como “el más bello de los monumentos”, y los romanos, tan acostumbrados al lujo, se asombraban al contemplarla. Pero la mayor de las gracias por la que se ha valido la admiración a través de los tiempos, es que fue un auténtico instituto de investigación.
En ella se hicieron los cálculos para la estructura del faro, el edificio más alto del planeta en su tiempo; allí los eruditos estudiaban el cosmos, además de Física, Literatura, Medicina, Astronomía, Geografía, Filosofía, Matemáticas, Biología e Ingeniería.
Entre sus paredes, Eratóstenes, bibliotecario, calculó el diámetro de la tierra, la cartografió y afirmó que se podía llegar a La India navegando hacia el Oeste desde España; Aristarco de Samos calculó la distancia de la Tierra a la Luna y la precisión de los equinoccios, y que nuestro planeta rotaba alrededor del Sol; Euclides desarrolló la geometría, Arquímides inventó la bomba de agua.
El médico más célebre de la época, Herófilo de Calcedonia, demostró los síntomas de enfermedades al observar su curso clínico; escribió tratados de obstetricia, cirugía y ginecología y dio explicación mecánica a la función respiratoria.
Los ptolomeos dedicaron gran parte de su riqueza a la adquisición de libros de Grecia, África, Persia, India y otras partes del mundo. Pusieron en práctica una estrategia: cada barco que pasaba por Alejandría estaba obligado a dejar en ella los manuscritos que poseía. Así, la Biblioteca llegó tener 700 000 rollos.
Pero Alejandro Magno no pudo verla terminada porque falleció en Babilonia, y el gigantesco Imperio macedónico, que se extendía desde Grecia hasta el valle del río Indo, comenzó a resquebrajarse.
Todos los historiadores coinciden que su fondo editorial, compuesto por manuscritos en rollos, fue un pilar intelectual de todas las culturas mediterráneas durante el periodo helenístico, destruido por incendios, hostilidades religiosas y conquistas.
La Biblioteca de Alejandría, desde su fundación, en el siglo III (a. C), hasta su destrucción en el siglo IV d. C., fue un refugio del saber y el conocimiento; expandió, en el proceso, gran cantidad y calidad de saberes a distintas culturas de la antigüedad. Alejandría se convirtió en el centro de interés de los científicos de todo el Mediterráneo, donde se reunían las obras científicas y literarias más importantes de la época.