Fecha de publicación:
Fecha de modificación:
En la alfombra azul de los Premios Platino en el hotel Xcaret de la Riviera, tuve unos minutos con Natalia Reyes.
Yo esperando que ella llegue al sector donde estábamos los de prensa ecuatoriana, ella amable como siempre. Y entre lo que me contó había algo que me dejó pensando: varias escenas de esta película se filmaron en la clandestinidad.
La eligieron para representar a Venezuela en los Oscar y en los Goya, y la dictadura simplemente no dejó enviarla. Para mí, eso no debilita la película. Todo lo contrario: le da una dimensión extra que no todas las películas pueden tener. Dan más ganas de verla.
‘Aún es de noche en Caracas’ es una mezcla de thriller político y melodrama, dirigida por Mariana Rondón y Marité Ugás, y basada en la novela ‘La hija de la española’ de Karina Sainz Borgo. Ambientada en 2017, la película arranca con manifestaciones, saqueos y asesinatos callejeros.
En medio de ese caos, Adelaida (interpretada por Natalia) debe cargar con la muerte reciente de su madre y enfrentar además que la casa familiar ha sido usurpada por un grupo de mujeres que se amparan en la revolución bolivariana para violar la propiedad privada.
Lo que más me impresiona de la propuesta de Rondón y Ugáses la decisión de contar esta historia desde lo cotidiano, no desde el espectáculo. Como buencine latinoamericano.
No hay grandes titulares ni confrontaciones políticas en primer plano. Hay una mujer común intentando sobrevivir al derrumbe de todo lo que conoce. Caracas no se muestra entera sino rota: planos interiores, ventanas tapiadas, amenazas que llegan pero no terminan de concretarse. No hay explicaciones ideológicas. Solo el impacto del relajo vivido desde adentro.
La película combina imágenes reales de archivo con las del rodaje, y esa mezcla, a mi parecer, funciona muy bien. Lo que podría parecer una historia inventada de guerra, resulta ser que ocurrió de verdad en Venezuela durante meses en 2018; y que, con mayor o menor intensidad, continúa hasta hoy.
Natalia Reyes tuvo un reto enorme: siendo colombiana, tuvo que estudiar y perfeccionar el acento venezolano hasta que quedara impecable. Y lo logra. Su Adelaida tiene un objetivo claro: conseguir un pasaporte falso, hacerse pasar por otra persona y salir del país.
Me encanta la naturalidad con que la actriz sostiene esa tensión en cada escena. Lo más sorprendente es que el rodaje se realizó casi en su totalidad en México, con la participación de inmigrantes y exiliados venezolanos tanto en el equipo artístico como en el técnico. Uno jura que están en Caracas, pero no.
Adelaida no está completamente sola. Edgar Ramirez interpreta a Santiago, el personaje que al espectador distrae, el hermano de su mejor amiga de la infancia: un hombre que estuvo en prisión y que ahora se presume muerto porque su hermana no logra encontrarlo.
Básicamente, hace lo que sea para sobrevivir, que por ahora incluye esconderse con Adelaida en un apartamento ajeno. ¿Por qué ajeno? Ya se imaginarán, o lo verán en la peli.
Técnicamente, la película no busca deslumbrar. La fotografía transmite un Caracas gris, herido, siempre desde la mirada de los personajes. La edición tiene un ritmo pausado que deja respirar las emociones en la mayoría de los planos. La música aparece con discreción, dando protagonismo a los silencios y a los sonidos de la ciudad (y la guerra que hay afuera).
Es de esas películas de las que uno no sale hablando de la fotografía o del montaje por separado, sino de cómo todo junto logra que la historia se sienta cercana, real. En ciertos momentos me recordó un poco a Rojo Amanecer, la película mexicana de finales de los ochenta donde una familia observa cómo se desarrolla la represión militar contra los estudiantes durante la masacre de Tlatelolco. Una película muy recomendada pero difícil de encontrar.
Les cuento una anécdota personal que dice más sobre esta película que cualquier crítica. La última vez que fui al peluquero, el chico que me atendía era venezolano. Entre tijera y tijera, como pasa siempre entre latinoamericanos, terminamos hablando de nuestros países.
Le pregunté si había visto ‘Aún es de noche en Caracas‘. Me dijo que sí, que la habían visto en familia una noche. Que no la terminaron. Que tuvieron que apagar la tv porque la historia les resultaba demasiado familiar. No le pedí detalles, los detalles ya me los habían dado las directoras en la película. Cuando una obra le duele así a quien la vivió en carne propia, es porque está contando la verdad.
Antes de despedirnos, Natalia me contó un par de cosas en exclusiva. Está terminando la postproducción de ‘En el valle de las Sombras’, su nueva película junto al director ecuatoriano Sebastián Cordero y coprotagonizada con Gael García Bernal.
Dos pesos pesados en el cine de la región. No es la primera vez que coinciden Reyes y Cordero: Natalia ya estuvo vinculada al cine ecuatoriano como protagonista de Sumergible, película de Alfredo León León, donde Sebastián fue el productor ejecutivo.
Ahora dan un paso más. Y la otra exclusiva: está trabajando con el director Diego Araujo en un proyecto que, según ella misma describió, es de género, bastante oscuro y muy duro, y que se rodará en Ecuador este año. Dos proyectos ecuatorianos con una de las actrices actuales más interesantes del cine latinoamericano. No es poca cosa.
Para cerrar la entrevista, le pregunté qué película recomendaría a mis lectores. Sin dudar me dijo: El Club, de Pablo Larraín. ¿La han visto?