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Homo Argentum llegó para quedarse como uno de los grandes eventos del cine argentino reciente. Desde antes de su estreno en de agosto de 2025, ya se olía que iba a ser un hit: Guillermo Francella interpretando 16 personajes completamente distintos, con caracterizaciones y maquillajes que lo transforman en cada cortometraje.
Dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat, la película es una antología de cortos que mezclan humor negro con sátira social, tocando temas que duelen porque son demasiado reales: inmigración, fútbol, política, familia, desigualdad y esa “viveza criolla” que a veces cruza la línea.
El gancho central es mostrar al típico argentino (o latinoamericano) que siempre busca la ventaja, ese que vive a costa de los demás con picardía, a veces rozando lo inmoral o directamente lo ilegal. La película no tiene pelos en la lengua: expone lo peor de nuestra idiosincrasia con un humor incómodo. Por eso mismo, genera reacciones fuertes.
Hay quienes se ríen a carcajadas y quienes se sienten señalados, como si les hubieran puesto un espejo enfrente. Esa incomodidad es parte del éxito: la película te obliga a verte reflejado, aunque sea en el amigo, el vecino o el familiar que todos conocemos.
La estructura en 16 episodios es a la vez lo mejor y lo más flojo. Por un lado, la variedad mantiene el ritmo alto, cambia de tono todo el tiempo y no te deja aburrirte. Por el otro, justo cuando una historia empieza a profundizar o a incomodar de verdad, se corta y pasa a la siguiente. Eso evita que pegue más hondo, aunque mantiene el interés constante.
Francella es el alma de todo. Construye cada personaje y logra que cada uno sea creíble, patético, gracioso o detestable según el caso. Claro que en algunos momentos se nota que recurre a versiones muy parecidas a roles que ya hizo antes, y ahí pierde un poco de frescura.
Por ejemplo, lo vemos como un típico vendedor de dólares en la calle, con sonrisa astuta y siempre atento a la policía; como un cura de barrio pobre, dando sermones sobre la pobreza mientras lidia con sus propias contradicciones y doble moral; también como un millonario hipócrita que finge ayudar a un joven en situación de calle, pero todo con segundas intenciones y mucha pose solidaria; o como un director de cine “con conciencia social”, famoso en festivales pero en realidad un oportunista total que usa el arte para su beneficio; y finalmente, como un guardia de seguridad que vive una noche inesperada y muy intensa en una situación erótica que lo saca de su rutina.
A través de estas secciones dentro de la película, Cohn y Duprat muestran un retrato de la Latinoamérica actual: jóvenes que se van a Europa, brechas sociales enormes, caridad de fachada, inseguridad en las calles, sacerdotes dando sermones en barrios pobres o la euforia por el Mundial de Messi. Todo con humor negro que exagera estereotipos para que duelan más.
En Argentina fue un verdadero terremoto. La gente la amó o la odió a muerte: desde quienes la llamaron la peor película del año hasta quienes la defendieron como un golpe de realidad. Hasta el presidente Javier Milei la retrata como una gran película y un ataque a la agenda “woke”, los kichneristas, la odiaron.
Justo en un momento en que el gobierno argentino hizo recortes de finaciación para el cine, esta producción independiente rompió récords: superó los 2 millones de espectadores en salas y fue la más vista del 2025.
La polémica no paró ahí. Artistas como Pablo Echarri la tildaron de lo peor del cine argentino, y Gerardo Romano, conocido por interpretar a Sergio Antín en “El Marginal” dijo que no la iba a ver porque no le interesa nada que haga Francella. Pero el boca a boca y el debate en redes la mantuvieron viva.
Ahora, Homo Argentum da el salto al libro: una edición con los 16 cuentos del guion original más uno inédito, escrito por los mismos Cohn y Duprat. Narrados en tercera persona, los relatos mantienen esa crudeza satírica y se convierten en otro capítulo del fenómeno cultural.
¿Nos sentimos reflejados los latinoamericanos? Aunque la película se centre en el “homo argentum”, la viveza, la corrupción, la inseguridad y esa picardía que roza lo ilegal son males que cruzan fronteras. Vas al cine, te ríes, te incomoda y sales pensando. Si el objetivo era generar autocrítica y debate, los directores y Francella, lo lograron.
Al final, Homo Argentum triunfó en lo que parece que les importa: llenó salas, generó plata a lo grande, se discutió hasta el cansancio y sigue dando que hablar en redes sociales. Mientras el arte provoque reflexión y polémica sin violencia, bienvenido sea. Porque si algo nos enseña esta película es que, a veces, reírse de nosotros mismos es el primer paso para cambiar.