Fecha de publicación:
Fecha de modificación:
Después de ‘La memoria infinita’, ‘El agente topo’ y ahora con ‘Un hijo propio’, yo digo que la chilena Maite Alberdi se está convirtiendo en una de las mejores contadoras de historias de Latinoamérica. Una de mis favoritas.
Y no lo digo a la ligera: estamos hablando de la primera directora chilena nominada al Oscar: dos veces, con ‘El agente topo’ en 2021 y ‘La memoria infinita en 2024’; ganadora del Goya a Mejor Película Iberoamericana, de tres Platino, del Gran Premio del Jurado en Sundance, y con premios en San Sebastián y una docena de festivales más.
Tuve la oportunidad de conocerla en en México, la hice reír cuando le pregunté su secreto del storytelling, y también la hice sonreír al decirle que cuando ella estrena algo, yo lo veo.
‘Un hijo propio’ cuenta la historia real de Alejandra, una enfermera mexicana cuyo profundo deseo de ser madre, y la presión constante de su entorno para que lo sea, la empujan a tomar decisiones que van escalando hasta lo irreversible. Lo que empieza como una pequeña mentira se convierte en una farsa que debe mantener durante meses ante su marido y su familia, hasta que cruza una línea que ya no tiene vuelta atrás. No voy a contar más porque la historia tiene algo de thriller psicológico y es mejor descubrirla sin spoilers.
Este tema me toca de cerca. Actualmente estoy dirigiendo en un documental sobre desnutrición infantil en Ecuador, y en ese proceso me he encontrado una y otra vez con esta misma realidad: mujeres que tienen hijos no porque lo deseen libremente, sino porque el marido los quiere, porque la mamá los espera, porque la suegra los exige.
Esa presión silenciosa y constante del entorno es devastadora, y muchas veces está en el origen de historias mucho más trágicas de lo que parecen. Por eso esta película me llegó de una manera particular. Alejandra no es un caso aislado. Es el reflejo de algo que pasa en México, en Ecuador y en toda Latinoamérica.
Hay algo que me fascinó de la dinámica de pareja que muestra la película. Arturo, el esposo de Alejandra, es un personaje que te descoloca. A ratos uno lo entiende, lo justifica, casi lo defiende, es un hombre que quiere ser padre, que confía en su mujer, que no sospecha nada. Y dos minutos después uno está del lado de Alejandra, entendiendo la trampa invisible en la que vive, la presión que él mismo, sin quizás darse cuenta, le pone encima con cada pregunta, con cada mirada de expectativa.
Esa balanza entre los dos personajes es uno de los logros más interesantes de la película, y yo creo que Maite lo maneja con mucha inteligencia precisamente porque no condena a nadie.
Y luego está algo que me parece cinematográficamente fascinante y profundamente perturbador al mismo tiempo: ver a los protagonistas reales, años después, libres, con sus vidas reconstruidas, caminando en un parque, hablando a cámara con una normalidad como que no hubiese pasado nada.
Y aquí es donde la película se pone interesante, y también un poco discutible, hay que ser honesto. La película arranca con una sesión de casting donde vemos a la propia Alberdi buscando a la actriz que interpretará a Alejandra. Desde el minuto uno queda claro que lo que estamos viendo es una reconstrucción, sin pretender ocultarlo.
Yo creo que esa decisión es valiente, muy valiente: en lugar de fingir que todo es documental puro, la directora decide mostrar las costuras. Nosotros como espectadores sabemos que estamos viendo una versión escenificada, y eso le da a la película una capa extra de reflexión sobre cómo construimos y contamos las historias. Ella lo hace tan bien que se disfruta.
Lo que me parece un gran acierto es que Alberdi no usa las recreaciones como simple relleno, sino para contar una parte importante de la historia. El crimen en sí llega tarde, muy tarde, y eso descolocará a quienes esperan el ritmo acelerado de un true crime al estilo gringo. Este no es ese documental. Aquí el enfoque está en las personas, en sus motivaciones, en lo que la sociedad hace con las mujeres que no encajan en el molde típico.
Para mí, su componente social es lo que la hace memorable. ‘Un hijo propio’ no es solo la historia de Alejandra, es una radiografía de la presión que se ejerce sobre las mujeres latinoamericanas para ser madres, como si su valor como personas dependiera de eso. La película no juzga. Plantea la pregunta de cómo es posible que algo así ocurra, y muestra que otros personajes de la historia tampoco salen muy bien parados. La prensa mexicana convirtió a Alejandra en un monstruo. Alberdi decide mirarla como un ser humano. Eso marca toda la diferencia.
Me gusta también el manejo del tono: la película empieza casi como un cuento de hadas, porque así lo vive Alejandra, atrapada en su propia ilusión. La peli va oscureciéndose a medida que la realidad se impone. Ese cambio de tono está bien manejado y es una de las marcas de la directora.
Lo que sí es cierto es que esta es la primera película que Alberdi graba fuera de Chile, con un guion escrito por otros guionistas: los argentinos Julián Loyola y Esteban Student. En algunos momentos se nota que no es completamente su proyecto más personal. Hay una cierta distancia emocional que en La memoria infinita no existía.
Está en Netflix desde el 13 de agosto. 96 minutos. Mi calificación: 8 sobre 10. No es su mejor trabajo, pero sigue siendo una película que vale la pena ver y que invita a seguir pensando mucho después de que termina. En un mundo donde el “true crime” se ha convertido en entretenimiento de consumo rápido, Maite Alberdi hace exactamente lo contrario: te obliga a sentarte con la incomodidad y a no tomar el camino fácil del juicio moral. Eso, en el cine de hoy, es farmear aura.