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A simple vista, la isla Fernandina parece un desierto. Patricio Picón-Rentería caminó durante horas sobre campos de lava, cargando equipos y trampas, sin ver casi vegetación. Cada trampa termina en un frasco donde van cayendo los insectos. Al revisarlos, el paisaje vacío se desmintió solo. “Cada frasco era una sorpresa: entre todos esos insectos podían encontrarse especies que nunca antes se habían registrado en Galápagos, e incluso algunas desconocidas para la ciencia”, cuenta este entomólogo ecuatoriano de la Fundación Charles Darwin. En uno de los lugares más estudiados del planeta, un grupo entero de insectos llevaba décadas pasando inadvertido. Y resultó ser enorme.
La lista publicada en 2017 por Henri W. Herrera y John Heraty tenía 84 especies. Antes de esa lista, el recuento documentado era de 31 especies, reportadas en 1966. Entre 2018 y 2024, otros trabajos la elevaron a 111. Hoy se conocen 524. Así lo fija el inventario que se publicó en la revista científica ZooKeys.
Lo que une a estos insectos es el nombre del orden al que pertenecen: himenópteros, que significa alas de membrana. Bajo ese paraguas caben desde el abejorro que cualquiera ve posarse en una flor hasta avispas que miden medio milímetro. Además, la mayoría de las que documentó este estudio son parasitoides. Es decir, se desarrollan dentro o sobre otros insectos y ayudan a regular sus poblaciones, incluidas las que atacan cultivos.
Con 524, los himenópteros se ubican entre los grupos de insectos más diversos documentados en el archipiélago. Superan numéricamente a los escarabajos, que llegan a 486, aunque la comparación no es exacta: el total de himenópteros incluye morfoespecies y el de escarabajos no.
Sin embargo, el número tiene un matiz que los propios autores subrayan. Solo 137 tienen nombre de especie. Las otras 386 son morfoespecies, organismos que los investigadores lograron diferenciar entre sí por sus características físicas, pero cuya identidad exacta sigue sin determinarse.
Antes de que existiera este inventario hubo alguien recorriendo islas, islotes y rocas de Galápagos para colectar hormigas. Henri W. Herrera, investigador de la Escuela Superior Politécnica de Chimborazo (Espoch) y líder del proyecto, se concentró en ese grupo porque incluye algunas de las especies de insectos invasores más problemáticas y ampliamente distribuidas del mundo.
“Fue un gran desafío que me tomó varios años de trabajo”, dice. El proceso implicó estudiar especímenes del Museo de Invertebrados Terrestres de la Fundación Charles Darwin, colectados por otros investigadores, y visitar colecciones científicas fuera del país. Entre ese material había ejemplares recogidos a finales del siglo XIX y principios del XX.
También colectó en lugares remotos del archipiélago, muchos de difícil acceso y riesgo. Para eso consiguió recursos logísticos, en parte gracias al apoyo de donantes internacionales. Además, participó como invitado en expediciones de otros científicos y en actividades de monitoreo en distintas localidades.
Esa información, reunida durante más de 16 años, alimentó después la publicación. Luego, Herrera arrancó el proyecto para estudiar a los himenópteros de Galápagos en su conjunto. ¿Cuánto costó llegar hasta aquí? “10 años de trabajo”, responde.
El trabajo de campo de esta nueva etapa se hizo en 2018, 2019 y 2021, en las diez islas más grandes.
El equipo permanecía cerca de ocho días en cada una, aunque los tiempos dependían de la logística de cada expedición. Se movía en una embarcación llamada El Pirata, dirigida por el capitán Lenin Cruz. Navegaban de noche para llegar al amanecer.
Desembarcar también era complicado. Muchas islas no tienen muelle, así que bajaban con los equipos directamente sobre las rocas volcánicas y caminaban largas distancias. En algunas acampaban; en otras dormían a bordo.
La herramienta principal fue la trampa Malaise, una estructura de tela parecida a una carpa pequeña que intercepta insectos voladores y los dirige hacia el frasco de recolección. Sirve para capturar lo que nadie vería a simple vista. De hecho, de las 174 especies y morfoespecies registradas por un solo método, 129 cayeron ahí.
El estudio también recuperó información dormida. De los 21 364 registros reunidos, 2 424 vienen de las expediciones de avispas; 15 502, del monitoreo de hormigas; 3 305, de colecciones de museos; y 133, de publicaciones. El más antiguo es de 1959: una microavispa del género Kapala colectada en Floreana. Nadie sabe quién la recogió. Tampoco se conoce a qué hormiga está asociada en Galápagos.
Aquí está el verdadero cuello de botella. Esas morfoespecies pueden corresponder a especies ya descritas en otras partes del mundo o ser completamente nuevas para la ciencia. El equipo ya trabaja en la descripción de algunas, y especialistas internacionales confirmaron la presencia de otras no descritas.
Aun así, todavía no hay una cifra definitiva: primero hay que comparar cada ejemplar con lo que se conoce en el resto del planeta. ¿Qué falta para ponerles nombre? Principalmente tiempo de investigación y colaboración de especialistas, explica Picón-Rentería. Los análisis de ADN ayudan en ciertos casos, pero no reemplazan el trabajo taxonómico.
El estudio documenta por primera vez en Galápagos 20 especies, 134 géneros y 11 familias. Entre lo más pequeño hay microavispas de aproximadamente 0,5 milímetros, de la familia Mymarommatidae. Para estudiarlas se usan estereomicroscopios, pinzas finas y pinceles. Algunos ejemplares se montan en láminas microscópicas.
Uno de esos hallazgos ya tiene nombre propio. En 2018, en El Garrapatero, en Santa Cruz, una trampa Malaise instalada por José Avendaño, Yesenia Campaña y el propio Picón-Rentería capturó avispas del género Ablerus. También aparecieron en Isabela y Santiago. Después, la describieron Robert Kresslein, de la Universidad de California en Riverside, José Avendaño y Henri W. Herrera, en 2024.
La llamaron Ablerus byroni, en honor a Byron Vaca Barahona, quien estuvo al frente del rectorado de la Espoch por una década, la institución que impulsó la investigación.
“Fue sorprendente descubrir cuánto desconocíamos todavía sobre un grupo de insectos presente en un archipiélago tan estudiado”, dice el entomólogo.
Entre las especies con nombre, el 44,5% son introducidas. Ambos investigadores piden leer esa cifra con cuidado. Lo introducido es justamente lo que ya está estudiado en otras partes del mundo y tiene fotografías y claves para identificarlo, mientras un porcentaje considerable de lo demás sigue sin origen determinado. Herrera añade que tampoco se ha determinado cuál podría ser su impacto sobre otros insectos e invertebrados de las islas.
Lo que sí está documentado es el daño de algunas. Wasmannia auropunctata y Solenopsis geminata figuran entre las hormigas invasoras más problemáticas del archipiélago, con amplia distribución. Mediante competencia y depredación desplazan a comunidades de insectos e invertebrados nativos y endémicos.
Herrera señala además dos especies que han recibido menos atención: Tetramorium bicarinatum y Camponotus zonatus. Las colectas y observaciones en campo sugieren que podrían alcanzar una posición dominante en determinadas islas y desplazar a hormigas endémicas.
Del lado de las avispas, Polistes versicolor caza orugas para alimentar a sus larvas. Esas presas pueden ser insectos nativos, y su consumo genera competencia con aves insectívoras como los pinzones.
Este es el dato más concreto que deja el inventario. Todas las islas de Galápagos registran alguna especie introducida. Pero Fernandina, Pinta y Genovesa no registran hormigas invasoras.
La diferencia importa. Una especie introducida llega fuera de su área natural por acción humana. Una invasora, además, se establece rápido, se propaga y genera impactos negativos sobre los ecosistemas, la biodiversidad y las actividades humanas. En un archipiélago con alto endemismo, eso es especialmente grave.
Recuperar terreno es muy difícil. El único antecedente de erradicación de una hormiga invasora en Galápagos ocurrió en Santa Fe, sobre unas tres hectáreas. Después de 1991 no volvió a detectarse la presencia de la hormiga en esa isla, y los monitoreos posteriores tampoco la encontraron, explica Herrera.
Hubo un segundo intento con otro desenlace. En 2005 se publicaron como exitosos los resultados de un programa de erradicación de Wasmannia auropunctata en Marchena. Años después apareció en esa misma isla un parche infestado, probablemente mayor que el que se había tratado.
En ambos casos el tratamiento se hizo con cebos tóxicos de efecto retardado. El veneno no mata a la obrera de inmediato, sino que le da tiempo de llevarlo hasta la reina, con lo que mueren también las colonias satélites.
Por todo eso, Herrera sostiene que “la erradicación a gran escala resulta poco viable”. La alternativa que plantea es el manejo integrado, con cebos tóxicos y evaluación de programas de control biológico, concentrado en zonas prioritarias por su alto costo. Y, sobre todo, vigilancia y detección temprana para actuar antes de que una nueva especie se establezca.
De las 137 especies con nombre, 30 figuran como endémicas. La más reconocible es Xylocopa darwini, el abejorro carpintero de Galápagos, grande y fácil de observar cuando visita las flores. “Es considerada una de las polinizadoras más importantes y generalistas de Galápagos”, explica Picón-Rentería. Si sus poblaciones cayeran, se afectarían algunas interacciones entre plantas y polinizadores, aunque otros organismos también cumplen esa función.
También hay avispas endémicas de la familia Ichneumonidae, conocidas como avispas de Darwin. Algunas son alargadas, anaranjadas y se acercan a las luces por la noche.
Ahora, una advertencia del propio líder del estudio. No existen análisis genéticos que confirmen que esas poblaciones se diferencien de las del Ecuador continental. La clasificación se apoya en que no hay registros fuera del archipiélago, y el estudio mantuvo la que propusieron autores anteriores. Mientras no haya trabajos más exhaustivos en el continente, dice Herrera, “tampoco podemos hablar de evolución como el caso de los pinzones o tortugas”.
El inventario funciona como línea base: un punto de partida para comparar. Si mañana entra una especie nueva al archipiélago, ahora hay con qué contrastarla.
Esa información ya se está incorporando al DataZone, la base de datos de biodiversidad de la Fundación Charles Darwin, que es de consulta y acceso libre. Todavía no hay fecha para terminar el proceso.
Los ejemplares, en cambio, siguen en manos de los especialistas que trabajan en su identificación taxonómica. Cuando ese trabajo concluya, se harán las entregas a las entidades correspondientes, señala Picón-Rentería.
El estudio forma parte de uno de los cuatro componentes de un proyecto mayor que dirige Herrera desde la Espoch, bajo convenio vigente con la Fundación Charles Darwin. En el estudio también participaron investigadores de la U. Nacional de Colombia, entre ellos Carlos Eduardo Sarmiento y Fernando Fernández.
La Espoch puso financiamiento, personal, equipos y viajes internacionales. La Fundación aportó su infraestructura en Galápagos, colecciones, bases de datos y laboratorios. Uno de esos componentes busca enemigos naturales en el Ecuador continental que, en palabras de Herrera, podrían evaluarse a futuro como potenciales agentes de control biológico contra Solenopsis geminata y Polistes versicolor.
En Ecuador el número de especialistas en taxonomía todavía es limitado. Herrera lo atribuye en parte a las pocas oportunidades de formación especializada en el país. El propio Picón-Rentería tuvo que salir a hacer su maestría dentro del proyecto.
Él es el primer autor de un inventario construido en buena parte con material que durante décadas colectaron expediciones extranjeras. Empezó como voluntario, pasó a técnico investigador de la Espoch y dedicó jornadas de más de ocho horas diarias a separar e identificar miles de especímenes. “Haber recibido la confianza para liderar esta publicación significa muchísimo”.
Y responde a quien crea que esto no es prioritario: “Le diría que no estamos simplemente contando avispas”. Un estudio publicado en la revista BioScience en 2006 estimó en 4 500 millones de dólares anuales el valor del control natural de plagas que hacen los insectos depredadores y parasitoides solo en Estados Unidos. “Estudiarlas no es solamente ampliar una lista de biodiversidad: es generar conocimiento que puede ayudarnos a proteger nuestros ecosistemas y tomar mejores decisiones para la agricultura y la conservación”.
El inventario más reciente documenta 524 entre especies y morfoespecies. De esas, solo 137 tienen nombre de especie. Las otras 386 son morfoespecies, organismos que los investigadores lograron diferenciar por sus características físicas pero cuya identidad exacta sigue sin determinarse. La cifra anterior, publicada en 2017, era de 84 especies. En 1966 el recuento era de 31.
Es el orden de insectos que agrupa a abejas, hormigas y avispas. Su nombre significa alas de membrana. La mayoría de las especies documentadas en Galápagos son parasitoides: se desarrollan dentro o sobre otros insectos y ayudan a regular sus poblaciones, incluidas las que afectan cultivos. Un estudio publicado en BioScience en 2006 estimó ese servicio de control natural de plagas en 4 500 millones de dólares anuales solo en Estados Unidos.
Fernandina, Pinta y Genovesa no registran hormigas invasoras, según el estudio. Todas las islas del archipiélago sí tienen alguna especie introducida. La diferencia está en que una especie invasora, además de llegar por acción humana, se establece rápido, se propaga y genera impactos negativos sobre los ecosistemas y las actividades humanas. En un archipiélago con alto endemismo, esa distinción es clave para la conservación.
Wasmannia auropunctata y Solenopsis geminata desplazan a insectos e invertebrados nativos y endémicos mediante competencia y depredación. Ambas están entre las hormigas invasoras más problemáticas del archipiélago y tienen amplia distribución. Los investigadores advierten además sobre Tetramorium bicarinatum y Camponotus zonatus, que han recibido menos atención pero podrían volverse dominantes en determinadas islas.
Un equipo liderado por la Escuela Superior Politécnica de Chimborazo con la Fundación Charles Darwin y la Universidad Nacional de Colombia. El primer autor es el entomólogo ecuatoriano Patricio Picón-Rentería y el líder del proyecto es Henri W. Herrera, investigador de la Espoch. Se publicó en la revista científica ZooKeys y reúne 21 364 registros levantados entre 1959 y 2025.





