12 de mayo de 2019 00:00

La batalla estética del nazismo

Para uno de los ideólogos del nazismo, Alfred Rosenberg, el arte tenía que representar esta belleza racial, la vida de los campesinos alemanes y al líder que cumplía una misión trascendental. Foto: German Art Gallery, The Netherlands

Para uno de los ideólogos del nazismo, Alfred Rosenberg, el arte tenía que representar esta belleza racial, la vida de los campesinos alemanes y al líder que cumplía una misión trascendental. Foto: German Art Gallery, The Netherlands

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Pablo Campaña

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La noche del 10 de mayo de 1933 hubo un esplendor extraño en Berlín. Estudiantes nazis condujeron hasta la Plaza de la Ópera camiones que cargaban 20 000 libros.

Era literatura considerada contraria al espíritu alemán: había autores de origen judío, comunistas e ideólogos de la democracia. El fuego era poderoso, los camiones se parqueaban distantes y una cadena humana llevaba los libros a la hoguera al ritmo de música militar. El invitado especial fue Joseph Goebbels, ministro de Propaganda, que felicitó a los muchachos por eliminar “la basura intelectual del pasado”. La política cultural nazi había comenzado.

Adolf Hitler había tomado el poder de Alemania el 30 de enero de ese año. En su discurso reivindicaba la superioridad racial alemana y la necesidad de redimirla. Para uno de los ideólogos del nazismo, Alfred Rosenberg, el arte tenía que representar esta belleza racial, la vida de los campesinos alemanes y al líder que cumplía una misión trascendental.

En este contexto, la estética nazi -llamada völkisch- promovió escultores que tallaban cuerpos idealizados, arquitectos que diseñaban edificios públicos monumentales o pinturas de paisajes que evocaran el amor al territorio patrio. Al mismo tiempo combatió el arte moderno, que era asociado a un intelectualismo excesivo, con la representación de cuerpos “anormales” y con la crítica a la autoridad (lo que llamaron“bolchevismo cultural”).

Este discurso, sumado a acciones represivas, provocó de inmediato un éxodo cultural. A inicios de 1933, el dramaturgo Bertolt Brecht escapó de Alemania luego de que la Policía interrumpiera la presentación de una de sus obras.

El director de teatro Max Reinhardt fue despedido de la Dirección del Teatro Alemán y se exilió en Estados Unidos. El director de orquesta judío Bruno Walter, en abril, se disponía a dirigir a la Filarmónica de Berlín, cuando se lo amenazó con incendiar el edificio si no se retiraba; luego abandonó el país.

Ese mismo mes se ordenó la clausura de la escuela arquitectónica Bauhaus, afirmando que era una bastión de subversivos. Como indica el historiador Saul Friedländer, estos artistas eran víctimas seleccionadas que debían perder su posición para reafirmar que en Alemania dominaba un nuevo proyecto cultural.

Para la cultura alemana, el arte siempre ha tenido un impacto en la sociedad y los nazis lo entendieron desde un principio. Por lo tanto, quienes debían estar en las posiciones más encumbradas del arte alemán tenían que ser adherentes al Partido Nacional Socialista y a su proyecto estético.

Para poner en práctica esa purga se creó, en septiembre de 1933, la Cámara Cultural del Reich, liderada por Goebbels, para regular las artes teatrales, musicales, literarias, visuales, además de la radio y la prensa.

Progresivamente, las personas judías y afines a la izquierda política fueron prohibidas de practicar artes, ser periodistas o editores. Tras la purga de artistas -por su inclinación política u origen judío-, Alfred Rosenberg quiso prohibir la presencia de piezas de arte moderno en Alemania.

El problema era que Goebbels, presidente de la Cámara Cultural, había mostrado cierta inclinación por la música moderna, al haber nombrado a Richard Strauss para presidir el ámbito musical alemán.

Su propia casa estaba decorada con pinturas impresionistas de Emil Nolde. Lo que era evidencia de una debilidad ideológica que Hitler buscó corregir.

En 1935, en el Congreso del Partido en Nuremberg, Hitler se pronunció específicamente contra el arte moderno.

Luego, el 30 de octubre de ese año, día del cumpleaños de Goebbels, lo visitó para regalarle una obra de Spitzweg, uno de sus pintores favoritos del siglo XIX. Johathan Petropoulos, un historiador especialista en la materia, considera que esa declaración y ese obsequio, sumados a la relación de subor­dinación del ministro, modificaron su postura frente al arte moderno.

Desde entonces, Goebbels participaría activamente en la prohibición del arte moderno en el Reich. Debía eliminarse su circulación en Alemania, aun cuando el autor fuera miembro del partido, como era el caso del pintor Emil Nolde. En enero de 1937 se emitió un decreto que obligó a remover las piezas de arte moderno de museos alemanes (más de 5 000 en los primeros seis meses).

En julio de ese mismo año se usaron 730 de esas piezas para armar la célebre ‘Exposición de Arte Degenerado’, en Múnich. La muestra, que sería llevada a varias ciudades alemanas, tuvo un total de 3 millones de visitantes. En muchos casos -como sugiere Petropoulos- es probable que entre las personas hayan habido quienes querían despedirse de obras que amaban.

Simultáneamente, en la misma ciudad se hizo una exposición en la Casa del Arte Alemán en la que mostraron obras enmarcadas en la estética nazi -y con piezas escogidas por Hitler-. La muestra tuvo menos de la quinta parte de asistentes que la exhibición contraria.

Una bodega, en el berlinés barrio de Kreuzberg, fue el destino de las piezas de “arte degenerado”. Entre ellas había trabajos de artistas como Cezanne, Van Gogh, Signac, Munch, Kokoshka, Picasso, Klee, entre otros. Las piezas más comercializables fueron vendidas o intercambiadas por otras “decentes” a partir de finales de 1937. Mientras que un remanente de 4 829 piezas que no fueron vendidas fue quemado en las afueras de la ciudad, el 30 de marzo de 1939, esta vez en secreto.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, el Ejército alemán empezó a ocupar países europeos, siempre acompañados por especialistas en historia del arte. Estos expertos organizaron un saqueo de piezas que tuvo distinto alcance en cada país, aunque por regla general se confiscaron las colecciones de arte de familias judías. Especialmente en Francia, el botín incluyó piezas de arte moderno, pero Hitler emitió una orden en 1943 indicando que no se las importe al Reich, por lo que fueron vendidas a comerciantes a precios irrisorios. Cuando el Ejército alemán se vio forzado a retirarse de Francia, a mediados de 1944, dejaron esas obras.

La estética fascista hizo planteamientos que no se abandonaron totalmente. En una sociedad digital, en la que nos autorrepresentamos constantemente, permanece la fascinación por los cuerpos idealizados. Hay quienes tienen nostalgia de las dictaduras y sienten que la autoridad, los uniformes y la sumisión son una forma de belleza. Pero al mismo tiempo, el arte que fue considerado ‘degenerado’ ha irradiado su estética disidente más allá de las salas de exhibición, felizmente.

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