9 de septiembre de 2018 00:00

Ataque a fondo al papa Francisco

El papa Francisco llega a su audiencia general de los miércoles en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Foto: EFE

El papa Francisco llega a su audiencia general de los miércoles en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Foto: EFE

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Por Gonzalo Ortiz Crespo (O)
Periodista, escritor, académico.

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El papado de Francisco, en el que tantas esperanzas han puesto millones de católicos, ha llegado a un punto clave: o enfrenta la crisis con eficacia y con acciones de amplio alcance o su papado será solo una primavera pasajera y no dejará marcado el nuevo rumbo de la Iglesia.

El ejemplo de humildad de Francisco introdujo una bocanada de aire fresco en el papado. Su cercanía a los pobres, a la periferia, a los excluidos -sean estos migrantes africanos o católicos divorciados y vueltos a casar-, su apertura a los laicos, su declaración de que quién es él para juzgar a los homosexuales, su convencida actuación como obispo de Roma y no como rey de una Iglesia imperial, molestaron a los conservadores. Pero fue su reforma a la curia y su pedido de cuentas lo que despertó más resistencia e intentos de sabotaje, no solo de los más recalcitrantes burócratas de la curia sino de un puñado de cardenales, encabezados por el cardenal estadounidense Raymond Burke, quien disiente abiertamente de las enseñanzas del Papa.

El último ataque vino el 25 de agosto pasado en la carta del arzobispo Carlo Maria Viganò, un rencoroso exnuncio en EE.UU. (2012-2016), en que pidió nada menos que la renuncia del Papa porque supuestamente encubrió los abusos sexuales contra niños y seminaristas del cardenal estadounidense Theodore McCarrick, que él mismo dice habérselos contado en 2013, poco después de su ascenso al papado.

Viganò dice que la documentación está en el Vaticano y en la nunciatura en Washington, pero no ha aportado una sola prueba y su carta abunda en imprecisiones, errores de fechas y acusaciones sin respaldo contra otros cardenales del grupo cercano a Francisco e, implícitamente, contra los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI.

No hay precedentes de una acusación de tal calibre ni de una petición de renuncia al Papa desde tan alto nivel jerárquico. Como bien lo recordó Juan Arias en El País, la única otra vez en que se pidió la renuncia de un papa fue cuando un grupo de altos prelados conservadores de la curia pidieron la de Juan XXIII, a quien tacharon de loco por haber convocado al Concilio Vaticano II. El columnista de derecha del Washington Post, Marc Thiessen, va más atrás y compara esta carta con las famosas 95 tesis de Lutero, por el abierto rompimiento del denunciante con la Iglesia.
Pero no se trata de un cura suelto que alza la voz.

La publicación de la carta fue una operación de relaciones públicas muy bien orquestada: apareció de manera simultánea en medios católicos conservadores de EE.UU. como The National Catholic Register, LifeSiteNews o InfoVaticana y en un diario de derecha de Italia, escogiendo el ‘timing’ con precisión: mientras el Papa estaba en Dublín, epicentro de los abusos a menores, y antes de que Francisco diera su habitual rueda de prensa en el avión de regreso a Roma.

No solo eso: de inmediato estuvieron disponibles traducciones en varias lenguas, en sitios web de acceso libre, como Scribd, y hubo prelados que testificaron en favor del “carácter” e “integridad” de Viganò sin decir ni una palabra a favor del Papa. Ni una.

Si alguien es desleal una vez, es probable que lo sea de nuevo. Esto pasó con el denunciante, un ambicioso arzobispo ultraconservador dado a la intriga. Cuando fue secretario de gobernación del Vaticano, destapó en 2012 el llamado caso Vatileaks al hacer públicas sus cartas a Benedicto XVI en que denunciaba corrupción interna y la existencia de lo que llamaba el “lobby gay” en el Vaticano.

Viganò “cayó para arriba” pues, para apartarle de Roma, Benedicto XVI lo envió como nuncio a EE.UU. Allá tejió una red de relaciones con los sectores más integristas y apoyó el nombramiento de acérrimos conservadores como los nuevos arzobispos en San Francisco, Denver y Baltimore, quienes no han tardado en salir en defensa de Viganò.

La segunda deslealtad grave fue en 2015, cuando, según el New York Times, Viganò le puso una trampa al papa Francisco, durante la visita oficial del Pontífice a EE.UU. Invitó a Kim Davis, una funcionaria administrativa de Kentucky que se había hecho famosa por negar las licencias matrimoniales a personas del mismo sexo. El Papa, que lo ignoraba, la recibió y el escándalo que levantaron los medios amenazó ensombrecer toda su visita a EE.UU.

“Yo no sabía quién era esa mujer, y él [Viganò] la escabulló para que me saludara, y desde luego que hizo una enorme publicidad con eso”, le contó Francisco a Juan Carlos Cruz, una víctima de abuso, que a su vez lo reveló al Times. “Me quedé espantado y despedí a ese nuncio”, recordó Cruz que le dijo el Papa.

El fastidio de Viganò se ahondó porque el Papa le pidió explicaciones, y le privó tanto de sus funciones cuanto de algo que le dolió mucho: su elegante apartamento en el Vaticano. Muchos dicen que la frustración de su ambición de llegar a cardenal le ha llevado a esta acusación brutal de que Francisco encubrió al cardenal McCarrick. Sin embargo, fue Francisco quien en junio pasado, cuando hubo pruebas creíbles, quitó a McCarrick su título de cardenal y le ordenó retirarse a una vida de oración y penitencia, sin celebrar misa ni aparecer en público.

Las dificultades y peligros de Francisco son muy grandes: no solo enfrenta la tercera deslealtad de un intrigante, sino un ataque concertado. Lo que antes era una guerra intestina ahora ha salido a la luz pública, con un arma innoble: acusar al Papa de encubrimiento de actos depravados, cuando Francisco, desde el inicio de su pontificado, ha pedido por activa y por pasiva perdón por los abusos sexuales de los sacerdotes y por el ocultamiento de estas barbaridades en que han caído sus superiores eclesiásticos.

Además, estableció una comisión especial en el Vaticano para estos casos; obligó a que todas las diócesis tengan un tribunal para ellos, con instrucciones clarísimas de suspender a los pederastas, mientras él ha apartado a numerosos obispos responsables de complicidad.

Sobre la acusación de Viganò, Francisco optó por callar. “No diré una sola palabra; la carta habla por sí misma”, se limitó a decir Bergoglio en el avión a los periodistas, a quienes instó a hacer su propio trabajo, que es lo que se intenta en este artículo.

En opinión de quien esto escribe, es el momento de una reforma sustancial a la cultura clerical de la Iglesia, que ha servido para tapar los abusos. El Papa debería dar paso a una investigación completa y profunda, en EE.UU. y otros países, con comisiones mixtas en que haya representantes de laicos varones y sobre todo mujeres. Y tiene que ir más allá: remover los cimientos de la curia, romper el poder de la burocracia conservadora y quizás abordar de una vez todo el tema de la jerarquía, que no está para tapar a los curas prevaricadores sino para atender a los sufrientes, dando más poder a los laicos y, en especial, a la mujer. Quizás también ha llegado el momento de abolir el celibato obligatorio.

En el fondo, es el momento de que Francisco culmine su reforma para que realmente la Iglesia sea lo que Jesucristo quiso de ella.

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