30 de abril de 2017 00:00

El arte como espejo social, la primera búsqueda de Agustín Cueva

Mañana se cumplirán 25 años de la muerte de este ensayista. ‘Entre la ira y la esperanza’, su primera obra, es la más poética.

Mañana se cumplirán 25 años de la muerte de este ensayista. ‘Entre la ira y la esperanza’, su primera obra, es la más poética. Foto: Archivo

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Gabriel Flores
Redactor (O)

Era 1967, el mundo estaba conmocionado por los miles de fallecidos que dejó la Guerra de los Seis Días; Ernesto ‘Che’ Guevara moría en la selva boliviana; Otto Arosemana Gómez gobernaba el país; y en un pozo en Lago Agrio empezaba la explotación petrolera. Ese fue el año en el que un joven Agustín Cueva sacó a la luz ‘Entre la ira y la esperanza’, su primer libro.

Un año antes de esta publicación -un clásico de la ensayística latinoamericana- Cueva, ibarreño con estudios en la Universidad Católica y en la Ecole des Hautes Etudes Sociales, de París, había egresado de la carrera de derecho de la Universidad Central. Para esa época ya era parte del movimiento tzántzico y escribía en revistas como Pucuna, La bufanda del sol e Indoamérica.

¿Por qué ‘Entre la ira y la esperanza’ es considerado uno de los libros imprescindibles del pensamiento ecuatoriano? En esta obra Cueva reflexiona sobre los procesos sociales del país a través de los vínculos entre literatura y política. En su sociología de la literatura ecuatoriana prioriza el análisis de los contenidos frente al de las formas estéticas, a través de un abordaje histórico que se remonta a la época colonial.

En ‘Entre la ira y la esperanza y otros ensayos de crítica latinoamericana’, Alejandro Moreano sostiene que el texto de Cueva “logra la armonía y la síntesis de las formas literarias del viejo ensayo, la cientificidad del discurso de las ciencias sociales y el sentido crítico del pensamiento político de la época, y lo hace entre la escritura, la creatividad personal del ensayo, el rigor de las ciencias sociales y la pasión de discurso político”.

Cueva explora y disecciona a la sociedad ecuatoriana a través de un análisis historicista de la literatura local. Una historia que para él está llena de cosas no contadas y de diacronismos; y de la presencia o ausencia de diferentes géneros como la poesía, el ensayo, la narrativa y el teatro, un terreno que en el contexto de la década de los sesenta, cuando fue pensado este libro, seguía siendo ‘virgen’, según el autor.

“Sobre todo en el siglo XX, se producen simultáneamente obras de calidad y renombre en varios géneros, aunque el teatro parece seguir desempeñando hasta hoy el papel de pariente pobre de los mismos”.

Su tesis sobre la vigencia de paradigmas que se creían superados después de la Colonia, es uno de los aportes más significativos. El autor logra colocar un espejo frente al lector para que se cuestione si la situación del escritor o del artista colonial no se puede comparar con los mecanismos de exclusión del siglo XX. “La Colonia fue una época donde el indígena se convirtió -dice- en un inenarrable, un verdadero innombrable artístico. “Si de algo tuvo miedo el colonizador fue de que la literatura le devolviese una imagen de sí mismo, de su situación y del mundo en que vivía”.

Si Cueva estuviera vivo -mañana se conmemoran 25 años de su fallecimiento-, es posible que se hubiera planteado preguntas como quiénes son los nuevos inenarrables de la literatura y el arte ecuatoriano.

Algo que queda claro en ‘Entre la ira y la esperanza’, es que a lo largo de la historia local el lenguaje artístico, literario y científico ha sido utilizado por el poder como una herramienta normalizadora.

En este libro hay personajes como Eugenio de Santa Cruz y Espejo, generaciones literarias como la de la década de los 30 o el movimiento tzánzico, que ocupan un espacio importante en las reflexiones del autor. Cueva dirá que la literatura ‘panfletaria’ de Espejo es uno de los pocos espacios en que se confrontó la situación política de una época.

En una entrevista que se publicó en la revista Letras del Ecuador N° 161, el periodista Carlos Calderón Chico le pregunta sobre la relación que hay ‘Entre la ira y la esperanza’ y el conjunto de actividades propuestas por la sensibilidad tzántzica. En la respuesta de Cueva se hace visible la cercanía que tenía con este movimiento. “Hay dos cuestiones: la primera es un ligamen con toda la actividad del grupo llamado tzántzico que existió. Naturalmente trabajamos desvinculados. Los tzántzicos tuvieron enorme influencia en todo el proceso de desmitificación y revisión de la cultura ecuatoriana. Claro, ‘Entre la ira y la esperanza’ no puede dejar de reflejar cierta problemática de ese momento, como es lógico, ciertas ideas del grupo tzántzico son comunes entre ellos y yo...”.

En ‘Entre la ira y la esperanza’, el ganador del Premio Nacional Eugenio Espejo concedido por el Gobierno, en 1991, deja claro que el arte y la literatura como instrumento de denuncia y de creación pueden ser una alternativa para releer la historia del país.

Para el año de la entrevista con Calderón Chico -1980- Cueva ya estaba enfrascado en las reflexiones sobre los procesos políticos en el país y en la región. En 1972 publicó ‘El proceso de dominación política en el Ecuador’, ‘El desarrollo del capitalismo en América Latina’, en 1977 y ‘Teoría social y procesos políticos en América Latina’, en 1979. Durante ese período -cuenta Moreano- “Cueva se orientó en dos direcciones: la reflexión sobre esos procesos y los esfuerzos por fundar una visión marxista de América Latina”.

En ‘La crítica del juicio’, el filósofo alemán Immanuel Kant sostiene que lo que se hace patente en el arte es la libertad. ‘Entre la ira y la esperanza’, sin duda, la obra más poética de Cueva, esa libertad encuentra espacio en el ejercicio artístico de escritores, pintores y escultores que utilizaron su arte para enfrentarse al statu quo propuesto por el poder. Un espejo en el que probablemente pudieran verse reflejados varios artistas que han encontrado su zona de confort en la ‘revolución’ de la última década.

Quizá, como decía Cueva al referirse a los tzánzicos, los artistas y los escritores deberían ser más “tiernos e insolentes”.

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