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El actual cementerio de San Diego fue inaugurado en 1872, en reemplazo de una pequeña necrópolis que, según cuenta la tradición quiteña, dio cabida a los restos de los soldados muertos en la Batalla de Pichincha, de 1822.
Durante varias décadas fue el preferido por lo más granado de la sociedad quiteña, y arquitectos renombrados de la época -como Pietro Capurro, Luis Mideros y Francisco Durini– diseñaron lápidas, columbarios y mausoleos, algunos de corte monumental.
Un recorrido por sus caminerías empedradas permite apreciar la mezcla de estilos (clásico, neoclásico, neobarroco o romántico), que adornan las tumbas de muchas familias influyentes de principios del siglo XX.
Los ángeles tallados en mármol italiano o los santos de granito asombran por su perfección y han resistido más de cien años en el cambiante clima quiteño. El ejercicio fotográfico consistió en sacar a la luz esos detalles y mostrarlos en su real magnitud.
El mausoleo de la familia Palacios-Alvarado. No tiene una fecha de registro. Foto: Armando Prado/EL COMERCIO
