8 de marzo de 2020 00:00

‘Aprender de la historia también es sororidad’

Virginia Gómez de la Torre, en uno de los pasillos de la Fundación Desafío. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

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Gabriel Flores

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Sororidad es un vocablo nuevo en el Diccionario de la Lengua Española (fue incluido en la actualización del 2018). Sin embargo, académicas y activistas de Hispanoamérica lo usan desde hace varias décadas, para hablar sobre la solidaridad entre mujeres. En esta entrevista, Virginia Gómez de la Torre lanza una serie de reflexiones sobre los usos de este término dentro y fuera de los movimientos feministas.

La sororidad, según la RAE, es la relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento, ¿hay algo más que usted agregaría a esta definición?

Sí, que la sororidad es el hermanamiento entre mujeres, no solo en los espacios en los que se vulneran nuestros derechos, nos violentan, nos matan o en los que nos obligan a hacer cosas que no queremos, sino en cualquier lugar. No comparto la idea de que la sororidad exista solo en el ámbito del dolor o de la violencia, porque las mujeres nos acompañamos y cuidamos en la vida cotidiana y en la vida laboral. La sororidad tiene como objetivo la búsqueda de la igualdad y la equidad social para las mujeres. Se es sorora cuando se entiende que la mujer indígena, la afro, la migrante o la venezolana son iguales a una.

¿Cree que a lo largo de la historia este hermanamiento ha sido esquivo entre las mujeres?
Diría que hay una mala interpretación y una tergiversación de quienes están en contra del feminismo, sobre la forma en la que históricamente nos relacionamos entre las mujeres, con el objetivo de fortalecer una estrategia de división y de supuesta no sororidad. No digo que seamos perfectas y que no haya rivalidades, pero sí me parece perverso decir que las mujeres no somos solidarias entre nosotras. He vivido la sororidad en espacios laborales, comunitarios y de militancia, desde hace mucho tiempo.

La antropóloga mexicana Marcela Lagarde ha dicho que la sororidad es importante, porque las mujeres no han sido educadas en el respeto por otras mujeres. ¿Usted qué piensa?
Lagarde es uno de los íconos del feminismo. Es una mujer que ha abierto toda una línea de pensamiento de lo que significa trabajar entre nosotras. En el sistema patriarcal en el que vivimos el trabajo de la mujer no es valorado y, por tanto, no es respetado. El machismo riega en la sociedad la idea de minimizar y desvalorizar lo que significa ser mujer y por supuesto que eso cala en nosotras, porque muchas veces no creemos en nuestro potencial o en el trabajo de las demás. La buena noticia es que esos imaginarios están cambiando gracias al trabajo de personas como Lagarde, Rita Segato o Amelia Valcárcel.

¿Cree que la sororidad es una palabra con más significado político y ético que práctico?
Es verdad que la sororidad se ha posicionado como una idea ligada al feminismo. No puede haber movimiento de mujeres si no hay sororidad. No puedo decirme feminista si no soy sorora con las otras feministas, pero también con las mujeres que dicen que no lo son. La sororidad es un concepto que debería ser más cotidiano. En el país hay una crítica perversa a los términos ligados al feminismo, porque hay una corriente de sectas religiosas y grupos conservadores que están enquistados en los espacios de toma de decisiones, como la Asamblea. Hay grupos a los que no les interesa que la mujer salga de los círculos de violencia, quieren que sigamos sumisas y aguantando.

¿Cómo lograr que la sororidad salga de los grupos de activistas feministas y sea practicado por el resto de mujeres?
La sororidad es un hermanamiento que no está solamente entre las activistas. Lo que sí hace falta es ampliar el discurso hacia espacios donde hay sororidad pero las mujeres no usan esta palabra. Esa solidaridad, empatía o ese ponerse en los zapatos de la otra mujer o de cualquier otro ser humano es sororidad. Creo que es importante hablar del papel que han tenido las mujeres en el éxodo venezolano que estamos viviendo. Recordemos el caso maravilloso y espectacular de una mujer (Carmen Carcelén), de Imbabura, que abrió su casa y recibió a cientos de migrantes venezolanos.

Todos los seres humanos convivimos en relaciones de desigualdad. En ese contexto, no es lo mismo la sororidad que puede existir entre las actrices de Hollywood que entre las mujeres de una parroquia rural de Quito. ¿Cómo influyen los contextos en la práctica de la sororidad?
No creo que haya una gran diferencia entre la sororidad de las actrices de Hollywood y las de una parroquia rural de acá. Los contextos y los problemas son otros y son los mismos. Las actrices de Hollywood se juntaron y tuvieron el valor para decir que estaban siendo acosadas. Construyeron un movimiento que es muy atacado, pero que ha dado sus frutos y ha encontrado justicia. No es gratuito que Plácido Domingo se haya declarado culpable de las acusaciones de acoso. Lo que les pasa a las mujeres de allá también les pasa a las de acá. Pasaría menos si tuvieran más acceso a la información, a alguien que les diga que lo que están viviendo no es natural y que pueden denunciar a
su agresor.

En el contexto nacional, ¿en dónde hay urgencia de sororidad?
En el país hay urgencia de sororidad en las víctimas de femicidio y de intento de femicidio, por eso la sororidad tiene que entrar en el Estado. ¿Cómo es posible que desde allí no haya una lectura de sororidad con el objetivo de disminuir el embarazo adolescente infantil? Debería haber un movimiento de sororidad entre las mujeres que están en el poder. La encuesta de relaciones de género que promovió este Gobierno está demostrando que seguimos boyantes en violencia. Las mujeres siguen siendo violentadas física y psicológicamente. En lo que va del año, ya son 18 las mujeres que han muerto por femicidio.

¿Qué pasa con la sororidad en tiempos donde la dicotomía entre hombres y mujeres se está borrando?
El movimiento Glbti y los movimientos de mujeres se caracterizan porque han hecho de la sororidad su bandera de lucha. Reconocer la diversidad es parte de la sororidad. No puedo pensar que soy sorora solamente con el heterosexual. Ser heterosexual no me hace diferente a la lesbiana o la mujer trans. ¿Cómo es posible que hayamos llegado al punto de pensar que la dicotomía hombre y mujer es lo bueno y la diversidad sexual es lo malo? Ahí vemos la antítesis de la sororidad expresada en la diversidad, y el odio en querer profundizar esta dicotomía entre hombre y mujer.

¿En qué medida la sororidad puede ayudar a que las mujeres, como sostienen los movimientos feministas, dejen de ser ciudadanos de segunda?
La sororidad invita a la organización, al empoderamiento y a la visibilización. Creo que hay un movimiento feminista joven maravilloso, con mujeres valientes y avezadas, en el buen sentido, pero generacionalmente tendríamos que juntarnos un poco más. Aprender de la historia siempre es bueno y eso también es sororidad. Los contextos son nuevos y obligan a tener nuevas estrategias de comunicación, pero hay que aprender de la historia, porque los problemas son viejos. La violencia es la misma. No es que recién nos están matando, antes también nos mataban pero no se llamaba femicidio. Todavía nos hace falta empoderarnos y ese empoderamiento empieza por respetar y valorar el trabajo que las mujeres hacemos en la casa. El trabajo de cuidado que hace la mujer sigue siendo infinitamente más grande del que hace el hombre.

¿Los hombres pueden ser sororos?

Los hombres pueden ser sororos y feministas. Lo que hace falta es un gran movimiento de hombres. Las feministas podemos ser sororas para impulsar que lo hagan, pero los que tienen que cambiar son los hombres. Se tienen que organizar en la sororidad para rever la identidad ligada a la violencia y a la promiscuidad que le ha asignado el sistema.

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