Fecha de publicación:
Fecha de modificación:
Un robot con forma de lorito juega con un niño en Quevedo, Los Ríos. Mientras juegan, una cámara graba la escena. Después, un programa de inteligencia artificial revisa ese video y calcula cuánta atención le prestó el niño al robot. Se llama Loly-MIDI y lo desarrolla la Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol).
La inteligencia artificial ya cumple tareas concretas dentro de los robots que desarrolla la Espol. Un programa revisa el video de un niño que juega con un robot, con autorización previa de su representante y de un terapeuta, y calcula cuánta atención le presta. Otro convierte una frase hablada en una orden, ubica el objeto pedido y se desplaza hacia él.
Ponerlos a trabajar en un entorno real es otra cosa. En el encuentro Innovared: Innovación sobre la mesa, que se realizó en Guayaquil el año pasado, un robot de servicio avanzó bajo control humano por motivos de seguridad. El proyecto de manipulación con un brazo industrial, en cambio, se desarrolló íntegramente en un simulador, y la potencia de cómputo disponible alcanzó para entrenar el modelo con un solo objeto. El Laboratorio de Robótica Industrial de esta escuela politécnica, por su parte, no ha transferido ningún proyecto a una empresa.
Trabaja con dos robots, un brazo robótico de desarrollo interno y un laboratorio de formación. Loly-MIDI arrancó en 2018 y ya está en fase de implementación. Es una plataforma robótica interactiva con la apariencia de un lorito del litoral ecuatoriano. Walter nació en 2022 y sigue en estado de prototipo. Es un robot móvil de servicio. El cuarto frente es el Laboratorio de Robótica Industrial, con nueve robots destinados a la formación de estudiantes y a proyectos de investigación.
Loly-MIDI es el proyecto que la Espol transfirió a gobiernos locales. Entregó el robot al Gobierno Municipal de San Jacinto de Buena Fe el 18 de diciembre de 2025. El 1 de septiembre de 2026 firmó un convenio a cinco años con el GAD de Valencia, que contempla llevar la iniciativa a los centros Valencia Somos Todos. Por ahora el robot opera en Buena Fe y Quevedo.
El alcance ya es medible. “El proyecto Loly-MIDI ha atendido aproximadamente a 150 niños en Quevedo y a alrededor de 40 en Buena Fe”, informa Dennys Paillacho, Ph.D., docente investigador de la Facultad de Ingeniería en Electricidad y Computación (FIEC) de la ESPOL y codirector del proyecto.
El robot busca estimular el lenguaje, la interacción social y las habilidades cognitivas, sobre todo en niños con trastorno del espectro autista (TEA). Lo hace mediante videojuegos y aplicaciones lúdicas enlazadas a dispositivos móviles.
Ahí entra la inteligencia artificial. “Los algoritmos de visión por computador que se utilizan para evaluar el nivel de atención del niño hacia el robot se basan en modelos de inteligencia artificial”, explica Paillacho.
El proceso parte de una grabación. “Con la autorización previa del representante del niño y de un terapeuta especializado, se graba la interacción entre el niño y el robot”, detalla el investigador. Después, “el video se utiliza como insumo para que un sistema de inteligencia artificial analice automáticamente los movimientos de la cabeza y las expresiones faciales del niño”.
El proyecto lo desarrollan la Facultad de Arte, Diseño y Comunicación Audiovisual (Fadcom) y el Centro de Investigación, Desarrollo e Innovación de Sistemas Computacionales (Cidis). Los investigadores responsables son Nayeth Solórzano, Ph.D., y Paillacho. La titularidad es de la Espol, con secreto empresarial, derecho de autor y registro de marca.
Walter, el otro robot aprendió a obedecer órdenes habladas en un proyecto de titulación de la Espol, elaborado por Melissa Cobos y Luigi Miranda. El punto de partida era un límite que el propio documento describe así: la necesidad de control humano continuo “anula su capacidad para servir como asistente autónomo”.
Los autores montaron dos programas que funcionan dentro del robot. Vosk convierte la voz en texto; es un kit de reconocimiento de habla de código abierto, con modelos de unos 50 megabytes, que corre en equipos pequeños. TinyLlama interpreta la frase; es un modelo de lenguaje abierto de 1 100 millones de parámetros, creado en la U. de Tecnología y Diseño de Singapur para caber en dispositivos móviles.
Ninguno necesita la nube. La conclusión del proyecto es que una arquitectura sin conexión basta para que la inteligencia artificial conversacional y visual funcione dentro del robot.
Paillacho explica las ventajas y también el costo de esa decisión. “Una ventaja de los modelos locales es que evitan los costos asociados al uso de servicios externos y, si el equipo cuenta con los recursos necesarios, pueden responder con menor latencia”, dice. “Además, pueden seguir funcionando ante una pérdida de conexión a internet“. La contrapartida es la capacidad: “Sus capacidades de interacción pueden ser más limitadas“. Por eso el equipo también ensaya modelos basados en la nube.
El equipo midió tres cosas. La detección del objeto solicitado alcanzó una confianza promedio del 85%. La detección de personas superó 87%. Y el robot localizó y se aproximó al objeto pedido en 85% de pruebas.
Esas pruebas tienen un número y un lugar. El equipo hizo 40 ensayos experimentales en el Cidis de la Espol, precisa Paillacho. Walter también aprendió a frenar solo cuando alguien se le cruza. Con eso pasó de un sistema completamente teleoperado a uno semiautónomo.
Fuera del laboratorio, el robot todavía va acompañado. El 20 de agosto de 2025, Walter repartió postres en la segunda edición de InnovaRed, un encuentro sobre innovación abierta que organizó el i3lab de la Espol en el hotel Hilton Colón de Guayaquil. Ese día no se movió solo. “Por motivos de seguridad, el robot fue teleoperado”, informó Paillacho.
Dejar de ser prototipo exige otra cosa. “El siguiente paso es consolidar un servicio específico y demostrar que Walter puede ofrecerlo de manera segura, confiable y consistente, con menor necesidad de supervisión y con un equipo preparado para operarlo y mantenerlo”, señala Paillacho. Entre los usos posibles menciona ferias y eventos, universidades, museos y atención al cliente.
La diferencia está en el origen de los datos. “A diferencia de los modelos de lenguaje, que han podido entrenarse con enormes cantidades de información disponible en internet, como textos, imágenes, audio y videos, los robots necesitan aprender a partir de información relacionada con el mundo físico”, explica Paillacho. Esa información sale de sensores y de ensayos reales. “Obtener estos datos requiere realizar pruebas físicas y recopilar experiencias, lo que es mucho más costoso y complejo que obtener información digital”, añade.
🦾 ¿Qué falta para que un robot agarre objetos como una persona?
Un gesto simple para un humano resulta difícil para una máquina. “Dar la mano, por ejemplo, es un gesto cotidiano e intuitivo para nosotros, pero representa una tarea compleja para un robot, ya que requiere sincronizar los movimientos y regular las fuerzas durante la interacción“, dice Paillacho.
Para eso la Espol desarrolló un brazo robótico con cuatro articulaciones flexibles, que permite explorar gesticulaciones como parte de la comunicación no verbal. Ahora el equipo trabaja en aplicar inteligencia artificial física a un brazo con más grados de libertad, para que realice tareas de manipulación e interactúe con una mano robótica.
Agarrar un objeto es un problema distinto del de gesticular, y en la Espol lo aborda otro laboratorio. El proyecto integrador de Josué Cajamarca y Michael Quezada, dirigido por Edwin Valarezo Añazco, Ph.D., para el Laboratorio de Bioinformática y Aprendizaje Autónomo, entrenó un brazo industrial UR5 con visión de color y profundidad y aprendizaje por refuerzo. El objetivo declarado era desarrollar un agente inteligente simulado, así que todo el trabajo se hizo dentro de un simulador.
El modelo de visión alcanzó un valor F1 del 97% al identificar los tres objetos del experimento, según las métricas de entrenamiento y prueba que reporta el documento. El entrenamiento del movimiento encontró un límite distinto: el equipo solo logró entrenar el modelo con un objeto, una lata, porque el proceso exigía una potencia de cómputo muy alta. El texto reporta sobrecalentamiento de componentes. Llevar ese sistema a un entorno físico costaría desde 6 891,15 dólares, según el análisis de la tesis.
🏭 ¿Por qué los robots de la Espol no llegan a las empresas?
El Laboratorio de Robótica Industrial tiene nueve robots, según Ángel Sappa, docente investigador de la FIEC: un Kawasaki RS003N, cuatro Niryo One y cuatro Dobot Magician. El Kawasaki soporta hasta tres kilos de carga, de acuerdo con la ficha del fabricante. Los Niryo levantan hasta 300 gramos y los Dobot, hasta 500. Sus fabricantes los ofrecen para educación superior, formación técnica y laboratorios de investigación.
Sappa describe el estado del laboratorio. “Si bien hemos mantenido algunas colaboraciones con empresas locales, todavía no podemos señalar proyectos surgidos directamente del laboratorio que hayan sido transferidos y probados en entornos empresariales o institucionales”, dice. Para él los obstáculos se suman: “No existe una única barrera, sino una combinación de factores, entre ellos el acceso a la tecnología, los costos de adquisición e integración y la adaptación de los procesos productivos”.
Y añade una precisión: “No considero que la falta de personal capacitado o de datos sea necesariamente el principal obstáculo”.
🔮 ¿Qué necesita Ecuador para avanzar en robótica con IA?
“Actualmente, la infraestructura de GPU disponible en Espol permite entrenar modelos y apoyar la investigación sobre todo en temas de visión por computador, aunque su capacidad es limitada para proyectos que requieren un alto poder de cómputo, como es la robótica avanzada”, afirma Paillacho. Ampliar esa capacidad, agrega, “exigiría una inversión significativa en equipos e infraestructura”.
Sappa anticipa cómo será la adopción en la industria. “Es previsible que durante bastante tiempo coexistan procesos manuales o artesanales con otros altamente automatizados”, concluye.
La Espol desarrolla dos robots propios. Loly-MIDI, de 2018, es una plataforma interactiva con forma de lorito que trabaja con niños con autismo y está en implementación. Walter, de 2022, es un robot móvil de servicio y sigue en estado de prototipo. La universidad tiene además un Laboratorio de Robótica Industrial con nueve robots para estudiantes e investigación, y un brazo robótico propio con cuatro articulaciones flexibles.
La inteligencia artificial mide la atención del niño hacia el robot. Según la Espol, el equipo graba la interacción con autorización previa del representante del niño y de un terapeuta especializado. Luego, un sistema de inteligencia artificial analiza de forma automática los movimientos de la cabeza y las expresiones faciales. El robot, por su parte, estimula el lenguaje y las habilidades cognitivas con videojuegos y aplicaciones.
190 niños. La ESPOL informa que el proyecto ha atendido aproximadamente a 150 niños en Quevedo y alrededor de 40 en Buena Fe. La universidad entregó el robot al municipio de San Jacinto de Buena Fe el 18 de diciembre de 2025. El 1 de septiembre de 2026 firmó un convenio a cinco años con el GAD de Valencia para llevar la iniciativa a sus centros infantiles.
Sí. El robot Walter lo hace con dos programas que corren dentro del equipo: Vosk, que convierte la voz en texto, y TinyLlama, un modelo de lenguaje de 1 100 millones de parámetros. Esa arquitectura evita el costo de servicios externos y sigue funcionando sin conexión. La contrapartida, según la ESPOL, es que sus capacidades de interacción resultan más limitadas que las de los modelos en la nube.
Porque las barreras se acumulan. Ángel Sappa, de la Espol, menciona el acceso a la tecnología, los costos de adquisición e integración y la adaptación de los procesos productivos. El Laboratorio de Robótica Industrial de esa universidad todavía no ha transferido ningún proyecto a una empresa. A eso se suma la capacidad de cómputo: la infraestructura de GPU disponible resulta limitada para la robótica avanzada.