Tema

diego pérez ordóñez

Janis mortal

Injustamente por cierto, Janis Joplin (1943-1970) suele entrar en el catálogo de sexo, drogas, rocanrol y no mucho más. Es que normalmente se la asocia con los desenfrenados años sesenta, con los excesos y con los vuelos psicotrópicos, con las eras más freáticas del rock, con el legendario festival de Woodstock, con la paz y con el amor.

El diablo y sus devotos

Hace unas pocas semanas una señora muy instruida y muy educada –incluso sumamente leída y escribida, hasta con títulos y diplomas de universidades europeas- me dijo que, en su opinión, vivimos en una situación de dudosa democracia, pero que haciendo sumas y restas no importa, porque por fin alguien “hace cosas”. Como soy algo tímido en persona, mejor voy a especular un poco por escrito, si no les molesta.

Siéntanse cómodos

Nos empezamos a acomodar al sistema. Y nuestra comodidad tiene rabo de paja y mala conciencia, porque a cadencia de susurro, con el ingrediente del miedo siempre rondándonos, sabemos que la estabilidad que vivimos es la estabilidad de la fuerza, de la prepotencia y de la perpetuación en el poder. Me refiero también a que nos amoldamos rápidamente a la plácida situación de vivir, de uno u otro modo, a expensas del Estado, de los altos precios del barril de petróleo (es decir, aunque no les guste, del mercado) y de las coyunturas favorables que trae llevar la sartén bien aferrado por el mango. El mejor Ministro de Finanzas en la espasmódica y ciclotímica historia política de la República del Ecuador ha sido el barril de petróleo, sin necesidad de que tenga despacho, ni de contar con una secretaria ejecutiva a la que dictar acuerdos y cartas.

Por qué amo el fútbol

​Porque, más allá de los lugares comunes sobre la pasión de multitudes y sobre la rivalidad, el fútbol destila adrenalina y algunas otras hormonas neurotransmisoras, nos permite gritar libremente y sin parecer idiotas, nos incita a cerrar los puños y a cantar victoria unos días, a comernos las uñas y a tragar saliva otros, a parecer y actuar como niños cuando el equipo gana y a volver a la realidad de ser unos adultos mal genios, amargados y preocupados cuando el equipo pierde. Porque el fútbol nos hace viajar con furia por las cumbres y por los valles (a veces en cuestión de minutos) porque nos convierte en más amigos de los amigos y porque aporta siempre encendidos temas de conversación, indistintamente y todos los días, en un cafetín de Buenos Aires con unas masitas, en una calle paulista con guaraná, en una mesa de café parisiense con un espresso, en las escarchas moscovitas a punta de vodka o caminando hacia la plaza Tiananmen.

Hitchens sí importa

Dicen aquellos que lo conocieron y trataron al final de sus días que Christopher Hitchens (1949-2011) se mantuvo lúcido y afilado hasta en los tiempos suplementarios y que estaba verdaderamente interesado en conocer –aunque sabía que el cáncer le estaba ganando en el mano a mano- las islas Galápagos. No es sorprendente, porque con Hitchens se ha ido quizá el último heredero de la Ilustración y del verdadero progresismo, uno de los pocos pensadores capaces de distinguir la razón de la fe, lo terreno de lo divino. Quizá Hitchens se haya sentido muy a gusto en los salones de madame Du Deffand, debatiendo a gritos y gesticulaciones con Voltaire o craneando con Diderot, en el París dieciochesco, tal o cual detalle sobre el próximo tomo de la Enciclopedia y de sus láminas. Y es seguro que estaba muy cómodo jugando su papel de intelectual público, del polemista por excelencia, de aquel con el que era aconsejable no discutir por ningún motivo, a medio camino entre Washington D.C., Londres y su

Método avestruz

Les propongo que nos aislemos absolutamente del mundo, que finjamos convenientemente que vivimos por nuestra cuenta en un universo separado, solamente para nosotros, habitado solamente por nuestros compatriotas y gobernado por nuestras particulares leyes. Tenemos que convertirnos –hay que tratar arduamente- en el hazmerreír del planeta entero, provocar risotadas, suscitar sospechas y comentarios jocosos. Hagamos como las avestruces, que entierran su cabeza para aparentar que no pasa nada, para suponer que no existe nada más, para soñar en que somos los únicos, los que más sabemos.

Proyecto testosterona

Aunque hemos avanzado mucho en muchos aspectos, la política no es uno de ellos.

Cool Faulkner

Al menos para mí, William Faulkner (1897-1962) ha trascendido su inimitable literatura – que no es poca cosa- y se ha transformado con el paso de los años en un personaje magnetizador, por sus propios y personales derechos. Es posible que la explicación esté en su perfil hondamente sureño, es decir en su perfecto discernimiento y disección de los sistemas de clases, de las castas y de las subcastas de la región, en los códigos rojos que suelen gobernar las sociedades más allá de las leyes escritas. O muy posiblemente, en esencial conexión territorial con lo anterior, este señor siempre resulta importante por su cordón umbilical con el Misisipi más negro, con el algodón, con el delta, con los imperios del blues.

La túnica y la espada

El delirio de los recientes acontecimientos ha terminado por convencerme de que en Ecuador el poder es mucho más una cuestión de fe y de tórridas pasiones que de razón. Por fin me he convencido -y muy pronto será tiempo de sacar la bandera blanca, supongo- que en estos parajes las cuestiones del poder están gobernadas por los ardores coyunturales, por el temperamento, por el carácter y por la mofa, en vez de por la lógica y por lo cerebral. La inteligencia viaja en el asiento de atrás, sin cinturón de seguridad.

Tres paradojas

Hasta hace muy poco en cómoda circulación a velocidad de crucero, con piloto automático incluido, la revolución ciudadana se cimienta en contradicciones profundas, en incompatibilidades y en contrasentidos. Aunque uno de sus mayores logros haya sido la estabilidad (una revolución que resulta en estabilidad, imagínense) esta inmovilidad revolucionaria ha sido alimentada por los factores del miedo, del silencio y por la falta de ideas alternativas. Sin embargo, la continuidad de la revolución ciudadana, su afán de duración y de permanencia, se asienta en tres factores que la política local no controla y que se oponen indiscutiblemente a la filosofía revolucionaria.

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