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Ellas aprendieron a enfrentar a la fibromialgia, con tratamiento

Alicia Raquel Santi, de 55 años, sufre dolores desde los 20. Sus compañeras de trabajo la visitaron en su hogar. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Desde los 20 años, Alicia Raquel Santi sintió dolores musculares intensos y algo de vértigo. Su malestar era insoportable, por eso visitó a varios médicos y se sometió a exámenes, cuyos resultados mostraban que su organismo funcionaba correctamente.

Las molestias no cesaban y aparecieron el insomnio, poco apetito y cansancio extremo. “Para mí, amarrarme los zapatos era un reto, porque me agachaba y sentía un malestar intenso en la cadera, incluso, no aguantaba el dolor en el cuerpo cuando alguien me abrazaba o me apretaba la mano”.

El 2015, y luego de casi tres décadas, Alicia -ahora de 55 años- sabe que su padecimiento se llama fibromialgia.

El trastorno reumatológico se caracteriza por dolores corporales intensos, fatiga, problemas de sueño y digestivos; además, provoca ansiedad y depresión. Afecta a entre el 2 y 3% de la población en el planeta, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El organismo lo reconoció como una patología en 1992 y cada 12 de mayo se conmemora su día. El objetivo es concienciar sobre ese dolor crónico. Generalmente lo sufren mujeres de 20 a 50 años; pero también hay hombres que lo padecen, según el reumatólogo Asdrúbal Granda.

“Si el malestar supera los tres meses, hablamos de una fibromialgia. No hay un examen de laboratorio que nos ayude a diagnosticar”.

El galeno además señala que aún no se conoce una razón exacta para su aparecimiento. Se vincula con situaciones de estrés o secuelas de otras enfermedades. “Muchas personas que han perdido el trabajo o a un ser querido o que han enfrentado violencia desarrollan esta patología”.

Antes de la pandemia, en su consulta privada veía a 10 pacientes, a la semana. Ahora son 30 en el mismo período.
“Aumentaron los casos por el fallecimientos de seres queridos, deudas o líos laborales que generan más estrés”, explica el galeno, quien labora en el Hospital Pablo Arturo Suárez, de Quito.

El problema de esta patología es que luego de su aparecimiento no tiene cura, alerta el intensivista Carlos Nieto, del Hospital Metropolitano, en donde ha tratado a 20 pacientes en los últimos cinco años.

“Una temporada están bien, pero sufren estrés o depresión y la fibromialgia vuelve, por lo que repiten el tratamiento”.
Este -señala Nieto- consiste en la prescripción de medicamentos, apoyo psicológico, dieta equilibrada y ejercicios.

Alicia se mantiene en ese régimen. Toma cerca de siete pastillas y cada mes acude a sesiones con su psicóloga. La terapia le ha ayudado a soportar los fuertes dolores y el estrés. Además, se apoya en su familia, en su nieto Dante, de 6.

Cuando la visita el pequeño, quien la llama ‘Abi’, es muy protector. Juega con cuidado, le acompaña a la habitación para que descanse, apaga la luz y le pregunta si necesita algo. “Me llena de amor”.

Luego de su divorcio, prefirió vivir sola para evitar que sus tres hijos, de 32, 30 y 26 años, atestigüen su dolor.

La historia de Maricela Soria, de 46 años, es un tanto diferente. Encara la fibromialgia desde una operación quirúrgica de columna, en el 2007.

Desde ahí, la mujer oriunda de Ambato que reside en Quito, sufre tres crisis semanales. Son paraparesias o amortiguamientos en las piernas que duran hasta tres horas. “Me aplican medicación intravenosa y parches de morfina para el malestar. Diez galenos me tratan”.

En su trabajo pasa muchas horas sentada y frente al computador. “Cada 45 minutos debo hacer pausas o ejercicios, estiramientos de piernas y brazos, para evitar el entumecimiento”. Aunque en ocasiones sus jefes no entienden.

“El dolor no es algo visible, muchos dudan de nuestro padecimiento. Me han reclamado porque no puedo hacer mi trabajo con facilidad”. Pero Maricela ha superado los obstáculos. Lo ha hecho junto a su familia: su esposo de 47 años y sus hijos de 25, 24 y 18 años. “Ellos me auxilian, me dan calma. He sido bendecida”.