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Hace varios años un querido amigo me regaló ‘Hombres buenos’, donde Arturo Pérez Reverte recrea la aventura de los miembros de la Real Academia Española del siglo XVIII para acceder a la ‘Encyclopédie’, cuando se encontraba en el Índice de libros prohibidos.
La novela muestra cómo hombres nobles arriesgaron la vida por el conocimiento, un objetivo que no se mide en términos monetarios. La obra ha venido a mi mente porque así, con esa nobleza de espíritu, recuerdo a Fabián Zurita.
Si bien varios medios recogieron la noticia de su muerte, quizás quien mejor explica la actividad de Zurita es Jeroen Derkideren, en su tesis ‘Ascensiones a los confines de lo imposible’, que lo presenta como parte de la historia del andinismo ecuatoriano.
Entre las muchas cosas que se pueden mencionar de la vida de Fabián Zurita, quizás la más importante es el sentido filosófico con que vivió el andinismo, al que no consideraba solo un deporte sino una práctica espiritual y sanadora.
Desde los años 60 organizó los campamentos vacacionales Aire Libre, que mantuvo de forma regular hasta su muerte. Más que un club, buscaba que fuera un movimiento vital en el que los jóvenes aprendieran sobre su capacidad de construir y colaborar con los demás.
Su visión sobre el andinismo enfatizaba los beneficios de esta actividad para todas las edades y clases sociales. En su concepción, en las montañas es posible experimentar las sensaciones de libertad y espontáneidad, lejos de diversiones alienantes y superficiales.
Zurita vivió en el convencimiento de que el montañismo educaba para la responsabilidad, con la filosofía del esfuerzo como la fuente de alegría interior, camino por el que llevó a miles de personas, en más de 60 años de práctica deportiva y filosófica.
Entre muchas otras actividades, fue el creador del ‘Te Deum de Cumbres’, oración que los montañistas ecuatorianos han repitido durante décadas, y realizó la proeza de subir una cruz de doce metros a la cima del Rucu Pichincha.
Aunque no deben olvidarse sus logros deportivos, como su ascensión al Monte Blanco en los Alpes, su impulso a la construcción de refugios y a la práctica del andinismo femenino, como sucedió con Margarita Arboleda, pionera de la ascensión en el país, su verdadero legado fue su profundo humanismo, basado en el amor a la naturaleza.