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El poder y la prensa

El debate sobre la relación entre el poder y la prensa es de antigua data y forma parte de la pugna entre la opresión y la libertad. Ha sido materia fecunda de la más trascendente literatura política. Un ejemplo es el poco conocido Diálogo en el Infierno, escrito por Maurice Joly, abogado y periodista francés, en 1864. Maquiavelo y Montesquieu conversan extensamente sobre la organización de los pueblos. El francés, que aboga por la libertad, la igualdad y la democracia, defiende la independencia de la prensa. El florentino, que representa la arbitrariedad y la pasión por el poder, pregunta y responde con cinismo: “Puesto que el periodismo es una fuerza tan poderosa, ¿sabéis qué hará mi gobierno? Se hará periodista, será la encarnación del periodismo”.

Maquiavelo, desde su postura autoritaria, tiene una concepción negativa y pesimista de la prensa: estorba y molesta. “Está siempre al servicio de pasiones violentas, egoístas y exclusivas, porque denigra por conveniencia, porque es venal e injusta. . .” Esos argumentos llevan a una conclusión: el poder político debe controlar y utilizar a la prensa y, si no logra su objetivo, neutralizarla. “Hoy en día -resume-, utilizar la prensa, utilizarla en todas sus formas, es ley para cualquier poder que pretenda subsistir”. Es el lenguaje falaz y perverso de los autoritarios de todas las épocas.

Montesquieu adopta una posición diferente: desde la orilla opuesta, la de la libertad y la democracia, reconociendo los errores de la prensa independiente, critica sin reticencias y con ácida ironía la intención de amordazarla y reprimirla. La defiende y justifica con sinceridad, sin subterfugios. “Impide, sencillamente, la arbitrariedad en el ejercicio del poder; obliga a gobernar de acuerdo con la Constitución; conmina a los depositarios de la autoridad pública a la honestidad y al pudor, al respeto de sí mismos y de los demás. En suma, para decirlo en una palabra, proporciona a quienquiera se encuentre oprimido el medio de presentar su queja y de ser oído”.

Concibo a la prensa como un contrapoder: una instancia libre para la crítica y el cuestionamiento al poder. Al abuso y la corrupción. A la mentira y la injusticia. A la manipulación y el engaño. A la demagogia irresponsable. La utilización de la prensa para servir a los intereses mezquinos del poder me parece un atentado contra la libertad. Me desagrada la sumisión palaciega, empalagosa y complaciente, que aspira al acomodo y la aceptación. No sirvo para la alabanza y la apología a los gobernantes y a las mediocridades de moda. Admiro y respeto a los contestatarios y rechazo instintivamente a los serviles e incondicionales. No busco el aplauso: pretendo hacer reflexionar. Creo que un periodista, mientras más cerca está del poder, más le pertenece y menos cumple su misión.