
¿Qué más decir del género wéstern, después de la abundante bibliografía existente? El gran robo del tren de Edwin S. Porter es una película corta asumida como preludio de la saga del wéstern de oro. Cabrera Infante dice sobre este filme: “No hay ni una sola cinemateca que se respete que no haya exhibido El gran robo del tren”.
En esencia, la cinta hace honor a su título. Al final, un hombrecito de mostacho engominado apunta contra el público y dispara seis balazos con su Colt 45. La escena devino en el embrión del género que cautivó a generaciones.
El wéstern congregó multitudes. Cinematógrafos y salones de cine se abarrotaron para disfrutar de la nueva vertiente. Sin embargo, de a poco, fue eclipsándose. Repetitivo, invariablemente, mostraba la lucha del bien contra el mal. Blanco y negro, ningún matiz.
El wéstern clásico es uno de los mitos fundacionales del cine norteamericano. Grandes maestros como John Ford y Sam Peckinpah lo elevaron a poemas épicos, con la incursión en temáticas universales como la arremetida de la “civilización” contra la naturaleza y el surgimiento de pueblos y ciudades. En más de un siglo de vida el wéstern influenció en el apogeo del cine y su poderosa narrativa lo convirtió en género de alcance mundial.
Proliferaron entonces centenares de películas aquejadas de inaceptables falencias: argumentos simplistas; pueblos fantasmas, azotados por vientos huracanados y polvaredas; pistoleros que se batían a duelo, villanos y buscadores de oro; diligencias condenadas a previsibles asaltos; comisarios heroicos, cobardes o mendaces; prostitutas sometidas a la férula de rufianes en destartalados cabarets y, como telón de fondo, una imagen torva, estereotipada y siniestra de las culturas originarias…
Los espagueti wéstern de los 60 propusieron filmes en los cuales fusionaron violentismo y cinismo, crudeza no exenta de finura. Desmitificación. Realismo. Ambigüedad en la esencia de los personajes. El wéstern llegó al ocaso por los 70 del siglo XX. Fue el cineasta italiano Sergio Leone quien lo resucitó.
Un hombre llamado caballo, 1970, dirigido por Elliot Silverstein, fue el inicio de su renovación. Un sofisticado aristócrata inglés decide renunciar a su opulencia y fortuna para dedicarse a vagabundear por el mundo, dando rienda suelta a su afición por la cacería. Una vez instalado en Montana, junto a un grupo de guías, acechadores y tramperos, son emboscados por los originarios norteamericanos; solo él se salvó de la matanza.
El refinado aristócrata, encarnado por Richard Harris –uno de los actores más completos de la historia del cine–, es vendido a los sioux que lo tratan como a un caballo. El jefe lo ofrece a su madre como animal de carga y lo cubre con una manta para mitigar el frío: “No tiembles, deja de temblar”, le dice el guerrero, con la voz acerada con una pizca de indulgencia.
Antes de ser admitido como sioux, el inglés atraviesa pruebas indecibles. La escena cumbre es la del “culto al sol”: en la ceremonia inicial, los chamanes le atraviesan el pecho e incrustan garras de águila como soportes para suspenderlo desde el árbol sagrado y exponer su cuerpo por un día. Su dolor será la ofrenda al espíritu del sol, una de las divinidades de la tribu.
La secuencia dramática causó trastornos en críticos, escritores, científicos y público. A nuestra hora, el filme ocupa uno de los más altos sitiales de la filmografía transformadora del género.
Retrato fidedigno de los sioux, esta cinta contó con elenco de actores y actrices propios. Trasunta respeto a su idiosincrasia, tradiciones, usos y costumbres, al punto que empleó su propio idioma en una apreciable parte de su filmación.
Meses de estudio de la historia por parte del director y su equipo dieron lugar a este emblemático filme que trastocó noción y visión del pueblo nativo norteamericano en el cine. Por ello resultan vanas y vacuas críticas como “racista”, “exégesis del blanco” o “escenas pervertidas”.
Más aún la polémica ideológico-política que desató y que, según algunos estudiosos, obstruyó su ingreso en la Filmoteca del Congreso de Estados Unidos.
“Se trata –se dijo– de ejemplificar entonces y de forma esquemáticamente cruel una metáfora de lo que fue el idealizado (por Rousseau y Engels) ‘comunismo primitivo’”…
La controversia se fue diluyendo y el filme de Silverstein continuó, impertérrito, su ruta de éxito. Mientras, Harris quedó atrapado en los espejismos del alcohol, la droga y las conquistas amorosas, en la órbita de sus amigos Richard Burton, Peter O’Toole y Oliver Reed. Años después, al morir Burton, Harris resumió su amistad con una frase: “Ha muerto la tercera parte de mi alma”.
“En cada hoja y en cada roca./ Busco la fuerza no para ser más grande que mi hermano,/ Si no para luchar contra mi más grande enemigo:/ Yo mismo” (Líneas de la sabiduría sioux lakota).