Cuando volver a clases se siente como empezar de nuevo

Después de las vacaciones, algunos niños necesitan reconstruir la seguridad de volver.

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Hay escenas que se repiten cada vez que termina un período de vacaciones: niños que antes entraban al centro infantil con tranquilidad vuelven a llorar al momento de despedirse de sus familias.

Para algunos adultos, la reacción resulta desconcertante. “Pero si antes se quedaba feliz”, “ya estaba adaptado”, “¿por qué ahora llora?”. Incluso puede aparecer la preocupación de que algo haya cambiado o de que el niño haya perdido todo lo que había logrado.

Sin embargo, quizá necesitamos mirar ese llanto desde otro lugar.

Volver después de una pausa no siempre significa continuar exactamente donde dejamos las cosas. Para un niño pequeño, regresar implica volver a separarse de las personas con quienes pasó más tiempo, recuperar horarios, reencontrarse con espacios y personas, y volver a anticipar qué sucederá después de que mamá, papá o su cuidador se vaya.

No necesariamente estamos frente a un retroceso. Muchas veces estamos frente a una transición.

Las vacaciones también cambian las rutinas

Durante los períodos de descanso, la vida familiar suele adquirir otro ritmo. Se modifican horarios, tiempos de sueño, momentos de comida y actividades. También aumenta, en muchos casos, el tiempo compartido con los adultos significativos.

Las rutinas aportan estabilidad y conexión a los niños, y que los cambios en los horarios durante los recesos pueden hacer que el regreso a la escuela requiera nuevamente un período de ajuste.

Esto es especialmente relevante en la primera infancia, cuando la previsibilidad tiene un papel importante. Saber quién lo recibe, qué ocurre después de la despedida, cuándo llegará la merienda o quién vendrá a recogerlo son pequeñas certezas que ayudan al niño a organizar su experiencia.

Cuando esa estructura se interrumpe durante varias semanas, volver a construirla puede tomar tiempo.

Llorar no significa que haya dejado de estar adaptado

Existe una idea muy instalada de que, si un niño ya logró quedarse sin llorar, debería hacerlo para siempre.

Pero el desarrollo infantil no funciona como una línea recta.

Un niño puede haber adquirido seguridad en un determinado contexto y, después de un cambio, necesitar nuevamente acompañamiento. Esto puede suceder también ante cambios de aula, maestros, horarios, enfermedad, períodos prolongados en casa o simplemente después de una pausa.

La ansiedad ante la separación puede aparecer durante diferentes momentos de la infancia y no significa, por sí misma, que exista un problema. Estas reacciones pueden formar parte del desarrollo y recomienda transiciones breves, consistentes y predecibles.

Por eso, quizá la pregunta no debería ser: “¿Por qué volvió a llorar?”.

Podríamos preguntarnos: “¿Qué necesita para volver a sentirse seguro aquí?”.

No necesitamos convencerlo de que no llore

Cuando un niño llora en la puerta, la respuesta adulta suele estar cargada de buenas intenciones.

“Ya eres grande”.

“No llores, mamá vuelve enseguida”.

“Antes te quedabas solito”.

“Solo será un ratito”.

Pero intentar eliminar rápidamente el llanto no necesariamente ayuda al niño a atravesar la separación.

Necesita, sobre todo, encontrar un adulto que pueda reconocer lo que está sintiendo sin convertirlo en una amenaza.

“Sé que hoy te cuesta despedirte. Te voy a acompañar. Después de la merienda voy a venir por ti”.

La diferencia parece pequeña, pero es significativa. No estamos prometiendo que no sentirá tristeza. Le estamos transmitiendo que puede sentirla y, aun así, atravesar la experiencia.

La despedida también se educa

Las transiciones necesitan coherencia entre familia y centro infantil.

Un ritual breve puede ayudar: entrar, saludar, entregar al niño al adulto de referencia, expresar afecto y despedirse con claridad. Se recomienda despedidas breves y consistentes, así mismo, la importancia de mantener relaciones estables, objetos de transición y comunicación entre familias y educadores.

Esto no significa ignorar el llanto.

Significa acompañarlo sin prolongar indefinidamente una separación que puede hacerse más difícil cuando se repite una y otra vez.

También significa que el centro infantil o escuela tiene una responsabilidad. No basta con recibir al niño y esperar que deje de llorar. Hay que construir condiciones para que pueda reconectarse con el espacio: un adulto disponible, una actividad conocida, un compañero, una canción, un objeto significativo o una rutina que pueda anticipar.

La adaptación no ocurre únicamente en la puerta. Se construye durante todo el día.

Volver a confiar también es aprender

Quizá una de las ideas más importantes que podemos transmitir a las familias es que el llanto no borra lo aprendido.

Un niño que vuelve a llorar no necesariamente ha perdido su autonomía, su vínculo con la maestra o su capacidad de permanecer en el centro infantil.

Puede estar expresando algo mucho más sencillo: “Necesito volver a sentir que este lugar es seguro y que tú regresarás”.

Y esa seguridad no se recupera con presión, comparaciones o exigencias. Se reconstruye mediante experiencias repetidas y coherentes.

Cada día que el niño llega, se despide, permanece, juega, participa y finalmente se reencuentra con su familia, vuelve a comprobar algo fundamental: la separación termina y el reencuentro ocurre.

No estamos empezando de cero

Quizá por eso el regreso después de las vacaciones no debería entenderse como volver a empezar, sino como volver a conectar.

El niño no regresa siendo exactamente el mismo que se fue. Tampoco regresa necesariamente con las mismas necesidades. Las vacaciones fueron parte de su experiencia y ahora necesita integrar nuevamente dos mundos: el familiar y el educativo.

La tarea de los adultos no es conseguir que deje de llorar lo antes posible. Es ofrecerle suficientes experiencias de seguridad para que, poco a poco, vuelva a sentirse capaz de quedarse.

Porque educar también consiste en comprender que algunos aprendizajes necesitan ser retomados después de una pausa.

Y cuando un niño vuelve a llorar al separarse, quizá no nos está diciendo que olvidó cómo quedarse.

Quizá nos está pidiendo que le demos la oportunidad de recordar, con nosotros, que puede hacerlo.