
Se pierden en la memoria aquellos días en que el saludo de menores a mayores, de hombres a mujeres, entre amigos o vecinos, llenaba el ambiente de paz y cordialidad. Vivimos un cambio abrupto, las facies llenas de amabilidad se han transformado en rostros amargados e iracundos.El abuso y la grosería caracterizan, en la actualidad, al diario vivir.
Utilizar un transporte público es arriesgarse a recibir malos tratos por parte de los choferes y del resto de pasajeros. Reclamar a un automovilista que ha cometido una infracción es exponerse a ser víctima de un insulto de alto calibre y de señales obscenas.
En muchos centros educativos, los profesores no pueden disciplinar a los estudiantes que rechazan las correcciones y responden con falta de respeto. Además, estos alumnos suelen ampararse en padres y familiares belicosos, quienes ultrajan a los docentes por cumplir su labor de enseñar y formar a niños y jóvenes.
Son innumerables los robos violentos de carteras, billeteras o celulares. Se ha difundido el uso de escopolamina para producir la pérdida de conciencia de las víctimas y someterles a las órdenes verbales de los delincuentes.
Ha desaparecido la oratoria que antes cautivaba en el poder legislativo; hoy ha sido reemplazada por lecturas preparadas por asesores, salpicadas de insultos e interjecciones que ofenden a los adversarios políticos. El plenario se ha convertido en un enorme circo romano: violencia y más violencia.
Abundan programas deportivos televisivos convertidos en un concurso de gritos, frases ofensivas y palabras soeces que lanzan unos contra otros. El descomunal ruido distorsiona la información, que pierde trascendencia ante la cascada de insultos que brotan de la televisión.
Este clima de violencia se propaga como una pandemia e invade incluso espacios tradicionalmente recreativos, como los campos deportivos, que antes servían para aliviar las preocupaciones y problemas cotidianos.
Toda la espectacularidad del Campeonato Mundial de Fútbol fue totalmente opacada por actos de violencia que sacudieron al universo deportivo.
El mundo del fútbol ya había sido sacudido por la violencia de los hooligans en Inglaterra, de las barras bravas en Argentina y de grupos similares en otros lugares. En nuestro país también se han registrado episodios censurables entre hinchas de equipos rivales. Sin embargo, rara vez esa violencia se dirige contra los jugadores o equipos que dicen apoyar, pues hacerlo equivale a atacar la propia casa o la propia familia. Estos actos repudiables nunca generan consecuencias positivas; al contrario, provocan daños irreparables y dejan heridas difíciles de sanar. Desconocen los sacrificios enormes y la entrega total de dirigentes que anhelan la excelencia, se sacrifican, trabajan, son víctimas de eventualidades, pero luchan, no se dan por vencidos, ni apocados por esos grupos malsanos.
El ejemplo que estos seres irresponsables dan a sus hijos es reprochable: fomentan una generación violenta, opuesta a la juventud de otros países que cultiva el respeto al prójimo y promueve la paz, la tranquilidad y el progreso.
Una frase resume esta triste situación: «Si un partido de fútbol te lleva a odiar a millones de personas que ni siquiera conoces, el problema nunca fue el fútbol».
Si, el problema clama por una solución; es necesario ampliar la escolaridad y la educación. El gobierno debe organizar una campaña permanente para llevar escuelas y colegios al campo, a las áreas rurales, a todos los pueblos y comunidades e impartir a más de ciencia, Ètica, Cívica y Moral. La gente madura debe entender que ningún dirigente, ni ningún entrenador o futbolista trabaja para perder. La violencia es semilla de la corrupción. Seamos conscientes, sumemos nuestras voluntades para combatir todo tipo de violencia y no ensuciemos la grandeza del deporte con actitudes primitivas y nocivas..