
Mucha gente desacredita a la Filosofía por considerarla inútil, teórica y, en ocasiones, sin sentido. Pregona a los cuatro vientos la panacea de la práctica sin mediaciones o con objetivos exclusivamente utilitarios.
Y no se trata de crear una “materia” o “asignatura”, sino algo más profundo porque la Filosofía está asociada inseparablemente al pensamiento -característica del homo sapiens-; es decir, a la capacidad que tenemos todos los seres humanos para pensar, discernir, abstraer, comparar, analizar, sintetizar y predecir. Estas categorías deben ser cultivadas mediante la Lógica -la ciencia de las ciencias-, la Ética -la ciencia de las normas del comportamiento-, y la Dialéctica -la ciencia del cambio-, para citar solo tres disciplinas que intentan explicar el mundo de las ideas.
No se podría concebir las ciencias sin ideas estructuradas; tampoco la política, la economía, la educación, la cultura, la ética, y por supuesto, las tecnologías que se reconocen como ciencias aplicadas. La tinta filosófica ha recorrido el territorio de la mente humana desde tiempos inmemoriales, y ha enriquecido a su paso a pueblos y naciones. Las cuestiones filosóficas, por lo tanto, constituyen hilos invisibles por donde viajan la cultura y las civilizaciones juntas.
El propósito de este micro ensayo es obvio: recuperar la vigencia de la Filosofía para pensar mejor, en función de la verdad; vivir sintonizados con el corazón; y actuar asociados a las experiencias mediante principios y no exclusivamente intereses.
Los griegos inventaron métodos para acercarnos a este propósito. El primero fue la pregunta socrática -fundamento de la metafísica-, que patentó la idea de responder con argumentos (lógica) y no falacias; el segundo, la búsqueda de finalidad o telos que, según Aristóteles, es sinónimo de felicidad; y el tercero, el principio de la razón suficiente, con la cual el universo no tendría “uni”…
Estas disquisiciones son necesarias porque es importante hallar sentido a lo que pensamos, sentimos o hacemos, y no dejarnos llevar por la casualidad o la improvisación. La verdadera filosofía es práctica por antonomasia, porque responde a valores superiores antes que, a la supremacía de los sentidos o instintos primarios, o al utilitarismo. Por eso, el pragmatismo bien entendido tiene raíces filosóficas, desde el manido éxito hasta las acechanzas del poder factual que entreteje operaciones para servir o servirse de él.
Es bueno que existan filosofías, aunque no todas son genuinas o espurias. De ahí la necesidad de discernir filosofías con argumentos -aceptar o rechazar por méritos conceptuales, empíricos o morales- para no sucumbir en simples beneficios o afinidades temperamentales.
La tinta filosófica nos permite conocer, actuar y conservar nuestra herencia común y aprender a convivir en un mundo complejo y contradictorio; nutrirlo con el pluralismo y no por los fanatismos, con razones y no proporciones; por los argumentos y no por haberes ocultos. En definitiva, asumir una filosofía por sus frutos, al servicio de la verdad y del bien común.