Grace Jaramillo

El fin de los tiempos

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Domingo 07 de agosto 2011
7 de August de 2011 00:03

Si Francis Fukuyama fuera un economista político, hubiese catalogado al 31 de julio del 2011 con su mote de “El fin de la historia”. Esa historia que empezó en agosto de 1945 cuando oficialmente Estados Unidos se convirtió en el país más poderoso del planeta y que se consolidó cuando en 1991 caía con estrépito la Unión Soviética como el país contendor del poder mundial junto con EE.UU. En ese entonces, internacionalistas y prestigiosos historiadores decían que la fortaleza de una superpotencia se mide por dos elementos fundamentales: una capacidad militar de alcance global y una riqueza económica que la equipare. La URSS llegó a equiparar a EE.UU. en lo primero, pero nunca pudo con lo segundo. Aun en sus mejores días, su producto nacional bruto fue apenas el 15 por ciento del de los Estados Unidos, y sus costos militares no tardaron en pasarle factura.

El 31 de julio puede ser profundamente simbólico. Simplemente, el poder militar de alcance global de los Estados Unidos fue opacado por las realidades económicas y políticas de un país que estuvo a un salto de no poder pagar sus deudas. Es increíble lo que la polarización política puede hacer con un país. Por un lado, un Partido Republicano obsesionado ideológicamente con menos gasto estatal y cero impuestos, dispuesto a todo –inclusive al chantaje y someter a su propio país a una crisis sin precedentes- con tal de imponer su visión del mundo. Por otro lado, un Presidente que perdió liderazgo en lo sustancial y visión de largo plazo. Se trata de un país que ya no puede ahora ponerse de acuerdo sobre lo importante. El acuerdo al que llegaron demócratas y republicanos el domingo no sólo no soluciona los problemas, los agrava.

¿Cómo va a sobrevivir Estados Unidos como potencia mundial si es que reduce tan dramáticamente su gasto fiscal, especialmente los servicios a los más pobres? Hasta diciembre y para solaz de los republicanos, el presupuesto de los EE.UU. volverá a la era de Einsenhower, es decir a 1953. Sin incentivos fiscales, la economía estadounidense caerá en una larga y temible recesión que arrastrará las esperanzas de recuperación de la mayoría de sus aliados, especialmente Japón y la Unión Europea, y por supuesto terminará castigando el crecimiento de China y América Latina.

Casa adentro, hay una sensación de pérdida, de desolación. La gente común sabe que los políticos en Washington acaban de jugar su futuro como en una partida de póker. Sabe también que lo único que tiene para cambiar las cosas es su voto en las próximas elecciones, pero ha aprendido que eso no garantiza nada. Con todo, hay esperanza. Mucha gente escribió a sus congresistas pidiendo mesura y siendo propositivos. Como siempre, la ciudadanía demostró más juicio que los políticos. Ciudadanos así pueden algún día revertir el daño hecho por los políticos.